Entre El Cielo Y El Abismo

La Sombra De Los Celos

En las profundidades abismales del inframundo, donde el silencio pesaba más que la piedra y las sombras se enroscaban como serpientes alrededor de pilares olvidados de roca ennegrecida, Belial aguardaba. Sus ojos, ardiendo con un hambre más antigua que la memoria, estaban fijos en Luzbel.

Durante incontables siglos, su amor había sido un fuego sin llama, un deseo que devoraba pero jamás otorgaba calor. Había adorado a Luzbel desde el alba de la rebelión, desde el instante mismo en que el más brillante de los hijos del Cielo cayó en los brazos de la oscuridad. Luzbel—magnífico, intocable—había sido su sueño, su tormento, su condenación. Y sin embargo, aquel amor, prohibido y retorcido, jamás fue correspondido.

Ahora, desde las sombras más hondas, Belial contemplaba lo que más temía: el vínculo de Luzbel con Gabriel. No era la pureza de las alas doradas del arcángel lo que lo enfurecía, ni el fuego sagrado de sus ojos—sino la manera en que Luzbel se suavizaba en su presencia. En la luz de Gabriel, el antaño orgulloso demonio revelaba los vestigios del ángel que había sido. El corazón de Belial, negro y ardiente, se agrietaba de envidia.

¿Por qué Gabriel? ¿Por qué no yo?

Cada mirada, cada susurro, cada abrazo robado entre ellos era una daga hundiéndose más y más en el pecho de Belial. La pureza de Gabriel era un espejo despiadado, reflejando todo lo que Belial carecía y todo lo que jamás tendría. Donde Belial era sombra, Gabriel era resplandor. Donde el amor de Belial consumía, el de Gabriel redimía.

Y así la envidia se convirtió en su evangelio, la obsesión en su liturgia. Su corazón, hambriento de esperanza, destilaba veneno en su lugar.

El Susurro de la Serpiente

Belial comenzó a tejer su red de engaños con la paciencia de una araña. Cubrió sus palabras con seda, cada una delicada, casi tierna, pero impregnada de veneno. Siempre que Luzbel vagaba solo por los corredores de su dominio—oscuras cavernas donde el silencio respiraba como un ser vivo—Belial estaba allí. No visto, pero sí oído.

Su voz se deslizaba por las sombras como un eco distante:

—¿Puedes confiar realmente en él, Luzbel? Él es luz, y tú eres oscuridad. ¿Crees que el Cielo bendecirá jamás tal unión?

Al principio, Luzbel desechaba aquellos susurros, con sus ojos violetas endurecidos por la rebeldía. Pero Belial era implacable. Su voz era paciente como la marea, persistente como la podredumbre. Insistía más y más con cada palabra, dejando manchas de sospecha en los pensamientos de Luzbel.

—¿Y si el toque de Gabriel no es más que lástima? ¿Y si su devoción no es sino una prueba, una cruel burla de los cielos para quebrarte aún más?

Las palabras se adherían como telarañas. Luzbel intentaba librarse de ellas, pero cuando la soledad se volvía atronadora, regresaban. Se agitaban como serpientes en su pecho. Su confianza en Gabriel era fuerte, pero el veneno de Belial se filtraba lentamente, gota a gota, en las grietas de su corazón.

El Tormento de la Duda

Las noches se volvieron su martirio. Luzbel, otrora inquebrantable en su resolución, ahora deambulaba por sus salas de sombra. Los suelos de mármol, fríos e interminables, resonaban con el ritmo de sus pasos inquietos. Sus alas se desplegaban y plegaban de nuevo, plumas negras como obsidiana temblando con desasosiego.

Cuando cerraba los ojos, veía la mirada de Gabriel, luminosa como un amanecer eterno. Pero entonces los ecos de Belial silbaban en su memoria: ¿Y si te engaña? ¿Y si los ángeles nunca cambian?

Era una tortura más cruel que las cadenas, pues era invisible e íntima, desgarrándolo desde dentro. Su amor era llama, pero la duda era humo, sofocándola.

A veces presionaba sus palmas contra el pecho como si así pudiera evitar que su corazón se partiera. A veces susurraba el nombre de Gabriel en la oscuridad, esperando que el eco regresara con consuelo. Pero siempre el silencio le respondía con sombras.

Belial, oculto en el vacío, sonreía. Para él, aquello era más dulce que cualquier abrazo. Su venganza era delicada, precisa. Corromper la confianza de Luzbel era envenenar la esencia misma de su amor prohibido.

La Confrontación

Incapaz de soportar más el peso de la duda, Luzbel buscó a Gabriel. Su lugar de encuentro antes secreto, antes sagrado solo para ellos era un claro en el límite del inframundo, donde la luz de Gabriel se atenuaba pero nunca moría, y la sombra de Luzbel se profundizaba pero nunca lo devoraba por completo.

Cuando Gabriel llegó, sus alas doradas brillaban tenuemente, como faroles atravesando la noche. Su sola presencia portaba serenidad, la clase que podía calmar tormentas y silenciar guerras. Sonrió con dulzura a Luzbel, pero la expresión del caído era una máscara de angustia.

—Gabriel —empezó Luzbel, con la voz quebrada, pesada de desesperación—, debo preguntarte algo.

El ceño de Gabriel se frunció, la preocupación ensombreciendo sus rasgos radiantes. Dio un paso adelante, alzando la mano en un gesto instintivo de consuelo.

—¿Qué te atormenta, amado mío?

Luzbel apartó la mirada. No podía soportar la pureza abrasadora de los ojos dorados de Gabriel. Su voz fue un susurro, desgarrado entre la vergüenza y la necesidad:

—He oído… susurros. Belial ha llenado mis oídos con veneno. Dice que los ángeles buscan solo destruirnos. Dice que quizás… quizás tú solo juegas conmigo.

El silencio tras aquellas palabras fue vasto, casi insoportable. El bosque mismo pareció contener la respiración.

Gabriel, sin embargo, no vaciló. Dio un paso más, cerrando el espacio entre ellos. Con una ternura que parecía imposible frente a tales acusaciones, alzó su mano y sostuvo el rostro de Luzbel. Su toque era cálido, radiante, y se expandió como un bálsamo sobre las heridas de la duda.

—Luzbel —murmuró Gabriel, con voz suave como un himno—, sabes que mi amor por ti no es mentira. Belial busca solo destrozar lo que no puede tener. Nos envidia, porque jamás ha conocido un amor como el nuestro. No permitas que sus sombras oscurezcan lo que arde entre nosotros.




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