Entre el Cielo y el Caos

I

SEBASTIÁN

El zumbido de la cafetera es lo único que me mantiene anclado a la realidad. Si se detiene, me hundo. El silencio de este apartamento ha pasado de ser un lujo de soltero codiciado a un recordatorio constante de que mi hermano y mi cuñada ya no van a volver.
Han pasado dos meses. Dos meses esperando que la puerta se abra, que él suelte las llaves y ella me regañe por tener la nevera vacía.
Pero lo único que escucho es el eco de mis propios pasos sobre el mármol frío.
Me detengo frente al espejo del pasillo. El traje de sastre me queda impecable, como siempre, pero mis ojos... maldita sea, mis ojos son el mapa de un naufragio. Estoy acabado. No es solo el insomnio; es el peso de una niña de siete años que duerme en la habitación de invitados y que no ha soltado una sola palabra desde que la tierra cubrió los ataúdes de sus padres.
No sé qué hacer con Lulú. Cada vez que me mira, veo los ojos de mi hermano y siento que me quemo por dentro.
He llamado a tres agencias de niñeras. En cuanto menciono "shock postraumático", todas huyen. Mi última bala es una recomendación de mi madre: un convento. Dice que allí hay "almas que saben sanar".
Yo no creo en las almas. Solo necesito a alguien que no me mire con lástima y que logre que Lulú desayune sin temblar.
Cruzo la ciudad en un estado de trance agresivo. El ruido del tráfico me irrita la piel. Llego al convento de la Inmaculada y el cambio de atmósfera es violento. Aquí el tiempo no tiene jurisdicción; aquí todo se mueve con una calma que me provoca urticaria.
—El señor Sebastián, supongo —dice una mujer con un hábito oscuro. La Madre Superiora.
Asiento, tensando la mandíbula para que no vea que mis manos tiemblan de puro estrés.
—Mi madre les explicó la situación. Mi sobrina... ella lo perdió todo. Yo no tengo ni idea de cómo cuidar a una niña. Trabajo doce horas al día. Necesito a alguien de confianza, no una santa.
—Necesita a alguien que entienda que el silencio no siempre es falta de palabras, sino exceso de dolor —responde ella con una paz que me exaspera—. La Hermana Dulce de María irá con usted.
Siento un alivio amargo. No sé si una monja es la solución, pero es lo único que me separa de la locura.

DULCE
He pasado la mañana entre los rosales, sintiendo la tierra en mis uñas. Hay algo en la creación que me conecta con la paz, pero cuando la Madre Superiora me llamó a su oficina, esa paz se fragmentó.
—Es una misión de obediencia, Dulce —sentenció—. Una familia rota te necesita. No vas allí como empleada, vas como un puente.
Ajusto mi velo con manos temblorosas. He vivido en estos muros desde que tengo memoria. Salir al "mundo" es como lanzarme a un océano cuyas corrientes no conozco. Pero si hay una niña sufriendo, ahí es donde Dios me quiere.
Al entrar al locutorio, lo veo.
El señor Sebastián no camina, irradia una energía inquieta que parece querer derribar las paredes. Está de pie, vestido con una ropa tan oscura y rígida como su expresión. Se nota que carga con un muro que está a punto de aplastarlo.
Cuando me ve, su mirada es rápida, evaluadora. No hay calidez, solo una necesidad práctica y un rastro de escepticismo que me recorre la piel.
—¿Usted es la Hermana? —pregunta. Su voz es profunda, pero suena áspera, como si no hubiera bebido agua en siglos.
—Soy Sor Dulce de María —respondo con una pequeña inclinación—. Estoy aquí para servir.
Él exhala un suspiro pesado y se pasa una mano por el cabello, deshaciendo su peinado perfecto. Se ve... sobrepasado. Vulnerable, aunque intente ocultarlo tras ese traje de miles de dólares.
—Mire, no le voy a mentir. Mi casa es un desastre emocional. Lulú no habla. Yo no sé tratar con niños, y mucho menos con religiosas. Solo necesito que ella esté segura. El protocolo me da igual, solo... ayúdela.
Su honestidad brutal me conmueve. No es un hombre rudo, es un hombre herido. Para él, soy un recurso; para mí, él es la primera tarea de mi misión.
—No se preocupe por el protocolo, señor —digo con suavidad—. Los niños no necesitan protocolos, necesitan presencia. Y usted también.
Él me mira por un segundo más de lo necesario. Sus ojos oscuros chocan con los míos en un silencio que se siente extrañamente pesado. Luego, asiente con brusquedad.
—Bien. Vamos. El coche espera.
Recojo mi pequeña maleta de lona. Al salir, el ruido de la ciudad me golpea los sentidos. Este hombre es puro caos, y yo acabo de aceptar entrar en su tormenta.

SEBASTIÁN
Conduzco con una agresividad contenida, como si cada semáforo fuera un enemigo. No hablamos. Atiendo tres llamadas de la oficina usando términos financieros que, para ella, deben sonar a blasfemia. Al llegar a mi rascacielos de cristal y acero, noto que Dulce se queda pequeña.
—Es aquí —digo al entrar al apartamento.
El lugar es gélido. No hay fotos, ni flores, ni rastro de vida. Solo gris, blanco y negro.
—Lulú no ha querido salir de su cuarto —digo, dejando las llaves sobre el mármol con un golpe seco—. Su maleta la dejaré en el cuarto de servicio. No es grande, pero...
—Es más que suficiente, señor Sebastián —me interrumpe. Su voz tiene una cadencia que me irrita y me calma al mismo tiempo—. No he venido por el espacio, sino por quien lo habita.
Suelto un suspiro de frustración.
—No espero milagros, Hermana. Solo manténgala a salvo mientras intento que mi empresa no se hunda. Mañana vendrá mi madre a supervisar. Suerte con eso, doña Sofía es... complicada.
Me encierro en mi despacho y me apoyo contra la puerta, cerrando los ojos. El perfume a jabón neutro y jardín que esa mujer traía consigo se ha quedado pegado en el pasillo, desafiando el olor a cuero de mi casa. El corazón me late con una fuerza que no entiendo.
¿Una monja en mi casa? Es la decisión más bizarra de mi vida. Pero verla allí, con su hábito azul celeste y esa calma imperturbable, ha hecho que este lugar se sienta extrañamente... expuesto.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.