DULCE
El sol de la mañana en este piso es cegador, casi violento. No hay pájaros que anuncien el día, solo el zumbido metálico de la autopista que ruge allá abajo. Lulú se ha despertado con los ojos hinchados, pero hoy ha ocurrido un pequeño milagro: no se ha escondido bajo las sábanas cuando he entrado.
En la cocina, evito deliberadamente la "caja mágica" de Sebastián. Busco algo primario, algo que requiera usar las manos. Encuentro harina, huevos, leche.
Mientras bato la mezcla, siento su presencia en el umbral. No dice nada, pero el conejo "Copito" asoma por su brazo como un centinela silencioso.
—Mi abuela decía que el olor a vainilla asusta a las pesadillas —digo sin mirarla, dándole el espacio que su alma herida reclama—. ¿Crees que sea verdad?
Lulú duda. El silencio en la cocina es denso, pero no hostil. Finalmente, da un paso. Pongo una cuchara de madera en sus manos pequeñas. Es una invitación, un puente. Cuando empieza a remover la mezcla con un ritmo pausado, casi hipnótico, entiendo que no estamos haciendo panqueques; estamos reconstruyendo un mundo.
SEBASTIÁN
Me detengo antes de entrar, con el nudo de la corbata a medio hacer. El olor a mantequilla y vainilla ha invadido el apartamento, aniquilando ese aroma a limpieza industrial por el que pago una fortuna.
Lo que veo me deja paralizado.
Lulú tiene la punta de la nariz manchada de harina. No sonríe, pero está ahí. No es la estatua de mármol que me ha perseguido en sueños estas semanas. Dulce está a su lado, guiando su mano con una paciencia que me provoca una punzada de envidia... y algo más que no me atrevo a nombrar.
—Buenos días —digo, bajando la voz como si temiera romper un cristal valioso.
Lulú se tensa, pero no huye. Es un avance de un kilómetro en una guerra de centímetros.
—El señor Sebastián llega justo a tiempo —dice Dulce con una chispa de picardía en los ojos que me descoloca—. Lulú es la jefa de cocina hoy. Espero que le gusten un poco quemados.
DULCE
Él se sienta a la mesa, dejando sus dos teléfonos sobre el mármol como si fueran armas de las que no puede desprenderse. Parece un guerrero que ha olvidado cómo quitarse la armadura. Observa a su sobrina con una intensidad que casi duele; se nota que se muere por abrazarla, pero tiene pavor de que ella se rompa entre sus manos.
Le sirvo un café y un plato con los panqueques deformes.
—Gracias... Sor —dice él.
Su voz ya no suena a orden de oficina. Es profunda, vibrante. Lulú toma su plato y se sienta en la silla junto a él. No lo toca, pero está a menos de un metro. Sebastián me mira por encima de su taza y veo un brillo de triunfo en sus ojos oscuros.
—Están... buenos —miente tras el primer bocado.
Lulú lo mira fijamente y, por un milisegundo, las comisuras de su boca amagan con subir. Mi corazón da un vuelco. La misión no es solo con la niña; este hombre está igual de perdido, náufrago en su propio éxito.
SEBASTIÁN
Regresé temprano de la oficina, huyendo de una reunión de directorio que me estaba drenando la vida. Lo último que esperaba encontrar en mi terraza minimalista era un mercado de jardinería improvisado.
Me detuve tras el cristal, oculto por las sombras de la tarde.
Dulce tiene la cara manchada de tierra y el velo echado hacia atrás, revelando una línea de cuello que me obliga a apartar la vista. Está riendo bajito. Pero lo que me detiene el corazón es Lulú: tiene las manos enterradas en el sustrato, imitando cada movimiento de la religiosa.
Sentí una punzada de soledad atroz. Yo no sé darle esa paz. Yo solo sé comprarle cosas con ceros a la derecha.
—Vas a dejar la terraza hecha un desastre —digo, abriendo la puerta corredera. Mi tono no tiene filo; estoy desarmado.
—El desastre es parte del crecimiento, señor Sebastián —responde ella, desafiándome con esa calma que me irrita—. ¿Quiere ayudar o prefiere seguir mirando desde la barrera?
Me quito el saco de mil dólares, lo tiro sobre una silla y me siento en el suelo. Rompo la línea invisible.
—Enséñame —murmuro, mirando a mi sobrina—. Enséñame qué hay que hacer.
Lulú, en lugar de ignorarme, señala con su dedo manchado de tierra el lugar donde debo cavar. Es una orden. Es nuestra primera conexión real en meses.
DULCE
El cabello de Lulú es un nudo de recuerdos olvidados. Se ha negado a que nadie lo toque, dejando que esos rizos oscuros cubran su rostro como una cortina de protección.
Esta noche, después de la cena, me senté en la alfombra de su cuarto con un cepillo y aceite de azahar. Empecé a peinar al conejo, fingiendo que era lo más importante del universo. Lulú me observó desde la cama y, lentamente, se deslizó hacia el suelo, dándome la espalda.
Casi contuve la respiración.
—Cada nudo es una historia atrapada, Lulú —le susurro mientras empiezo por las puntas con una lentitud sagrada—. Vamos a soltarlas una por una, ¿vale?
SEBASTIÁN
Paso frente a la habitación y el silencio me obliga a detenerme. No es el vacío de antes; es un silencio habitado, cálido.
Me apoyo en la pared, oculto. Dulce está trenzando el cabello de mi sobrina. Sus dedos se mueven con una destreza hipnótica. Lulú tiene los ojos cerrados, entregada por completo al tacto de la mujer que ha puesto mi mundo del revés en menos de una semana.
—Esta trenza es para que tus sueños no se escapen —escucho que dice Dulce—. Y esta otra es para que recuerdes que nunca caminas sola.
Lulú hace algo que me rompe el alma: se echa hacia atrás y apoya la cabeza en el regazo de Dulce. Es un gesto de abandono y confianza absoluta. Dulce no se sorprende; simplemente sigue acariciando su frente, tarareando una melodía sin letra.
Sentir envidia de una monja es el punto más bajo de mi existencia, pero ahí estoy, deseando ser yo quien reciba ese consuelo.