Entre el Cielo y el Caos

III

SEBASTIÁN

​El timbre a las ocho de la mañana suena como una sentencia. Solo hay una persona en el mundo capaz de irrumpir con esa puntualidad quirúrgica: mi madre. Y con ella, llega el juicio final.

​Me ajusto el reloj, sintiendo un nudo en el estómago que el café doble no ha podido disolver. Al abrir, me topo con la perfección antigua. Doña Sofía, en su silla de ruedas motorizada, está tan erguida que parece desafiar las leyes de la biología. Sus ojos oscuros barren mi salón en un segundo, detectando cada grieta en mi fachada.

​—Sebastián —dice, y su voz tiene ese peso de mando que nunca ha necesitado gritar—. Veo que el caos sigue siendo tu decorador de interiores favorito.

​—Hola, mamá. Pasa, por favor.

​La ayudo a entrar, aunque ella maneja la silla con la precisión de un piloto de combate. Detrás, su asistente carga bolsas que huelen a comida real, una ofensa directa a mi nevera casi siempre vacía.

​—¿Dónde está ella? —pregunta, y sé que refiere a la "intrusa" de hábito azul—. Y más importante, ¿dónde está mi nieta?

​Antes de que pueda inventar una excusa, Dulce aparece. El contraste es casi violento: la frialdad de mi apartamento contra esa luz suave que ella emana. Por un segundo, me quedo sin aire.

DULCE

​He pasado la noche orando, pidiendo paciencia para entender el laberinto de cristal en el que vive el señor Sebastián. Al ver a la mujer en la silla de ruedas, comprendo el origen de su rigidez. Doña Sofía emana una autoridad de vida, una que no necesita votos de obediencia para hacerse sentir.

​—Buenos días, señora —digo, inclinándome con respeto—. Soy Sor Dulce de María.

​Sofía se baja los anteojos, mirándome por encima del marco. Siento que me está pesando el alma, buscando una grieta por donde entrar. Sebastián está detrás, tenso como un arco a punto de dispararse.

​—Eres joven —sentencia ella—. Demasiado joven para cargar con los escombros de esta familia. Pero tienes los ojos limpios. Eso es algo que mi hijo perdió hace mucho tiempo entre contratos y aeropuertos.

​—Mamá, por favor... —murmura Sebastián, frotándose la nuca con frustración.

​—No me interrumpas. Es de mala educación —lo corta ella sin mirarlo. Luego vuelve a mí—. ¿Qué ha desayunado la niña? ¿O acaso también se alimenta de silencios?

​—Lulú ha tomado fruta y avena, señora. Estábamos hablando de los colores del cielo.

​Sofía esboza una sonrisa mínima, casi imperceptible, pero letal.

​—Colores del cielo. Qué romántico. Sebastián, deberías tomar notas. Quizás así aprenderías que la vida no es solo blanco o negro, como tus muebles gélidos.

SEBASTIÁN

​Me quedo apoyado en la encimera, sintiéndome un extraño en mi propio reino. Verlas interactuar es como ver el acero chocar contra la seda. Pero lo que me quema es que mi madre tiene razón: Dulce ha logrado en días lo que yo no pude en meses.

​—Voy a ver a Lucía —anuncia mi madre—. Sebastián, prepárate. He invitado a Valeria a cenar. Dice que quiere "apoyarte".

​El mundo se detiene. El nombre de Valeria suena como una declaración de guerra.

​—¿Valeria? ¿Hoy? Mamá, es lo último que necesito —protesto, pero ella ya ha desaparecido por el pasillo.

​Me giro hacia Dulce. Ella está ahí, con las manos entrelazadas, luciendo tan fuera de lugar en este nido de víboras que siento una punzada de culpa física.

​—Señor Sebastián... ¿quién es Valeria? ¿Es otra "misión" que debo atender?

​Su inocencia me golpea como un puñetazo. ¿Cómo le explico que Valeria es el tiburón más sofisticado de la ciudad? ¿Cómo le digo que, en cuanto vea su hábito, intentará despedazarla solo por deporte?

​—Valeria es... una complicación —respondo, aflojándome la corbata porque de pronto siento que me falta el oxígeno—. Una complicación muy ruidosa.

SEBASTIÁN

​El sonido de los tacones de Valeria contra el parqué es como una ráfaga de disparos. Conozco ese ritmo: es el paso de alguien que viene a tomar posesión de un territorio.

​—¡Sebastián, querido! —su voz inunda el salón—. No imaginas el tráfico, es una selva absoluta.

​Entra como un torbellino de seda roja y perfume caro. Se acerca y me deja un beso en la mejilla que huele a ambición y a Chanel. Sus ojos recorren la sala hasta detenerse en Dulce, que entra con una bandeja. El silencio se vuelve tan denso que casi se puede tocar. Valeria se queda estática, mirando el hábito azul como si fuera un error en la Matrix de su mundo perfecto.

DULCE

​He sentido su energía mucho antes de verla. Es un estallido de ruido. Valeria es hermosa de una manera afilada, brillante, pero sus ojos están llenos de una inquietud que me encoge el corazón.

​—Sebastián… —Valeria lo señala con una mano cargada de anillos—. ¿Me vas a explicar qué hace una monja en tu sala? ¿Es una nueva tendencia de decoración o finalmente te has vuelto místico?

​Noto cómo la mandíbula de Sebastián se tensa. Se coloca a mi lado. Su cercanía, el calor que desprende su cuerpo, me hace sentir extrañamente protegida.

​—Es Sor Dulce de María —dice él, y su voz suena más profunda, más firme—. Ella es la única que ha logrado traer algo de luz a esta casa. Así que guarda el sarcasmo para tus reuniones de negocios, Valeria.

​Valeria parpadea, herida por el tono de Sebastián. Luego me mira con un desprecio mal disfrazado de curiosidad.

​—Vaya. Una santa en casa —se acerca a mí, envolviéndome en su fragancia agresiva—. Debe ser difícil, ¿no? Estar aquí, rodeada de tanto lujo y… tentaciones. ¿No te da miedo que el mundo real te manche el hábito, querida?

SEBASTIÁN

​La pregunta de Valeria es un dardo impregnado en veneno. Miro a Dulce, esperando verla quebrarse, pero ella simplemente le sonríe. Es una sonrisa de una piedad absoluta que parece irritar a Valeria más que cualquier insulto.




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