SEBASTIÁN
Son las siete de la mañana y mi cabeza es una procesión de cifras de ventas y correos sin contestar. Me muevo por la cocina como un zombi, buscando cafeína para sobrevivir a la junta de las nueve.
Pero me quedo paralizado en el umbral.
Sor Dulce está frente a la encimera, mirando la freidora de aire con la misma intensidad con la que imagino que estudia las escrituras sagradas. Tiene el manual en una mano y una bolsa de patatas en la otra.
—Señor Sebastián —dice sin quitarle la vista al aparato—, he estado analizando este objeto. Dice que cocina con "aire", pero no veo por dónde entra el viento. ¿Es un milagro moderno o solo una caja ruidosa?
Me froto las sienes, sintiendo que la corbata ya me asfixia.
—Es tecnología, Dulce. Una resistencia y un ventilador. Solo ponga el tiempo.
—Entiendo...
Ella pulsa un botón al azar. El aparato emite un pitido agudo y comienza a vibrar con un rugido que hace temblar el mármol. Dulce da un salto hacia atrás, cruzándose de brazos sobre el pecho.
—¡Virgen del Carmen! ¡Parece que va a despegar!
DULCE
El aparato ruge como un dragón enjaulado. Lulú aparece en el pasillo, con su conejo Copito apretado contra el pecho, con los ojos muy abiertos.
Sebastián suelta un suspiro que parece cargar con todo el peso del mundo. Se ve desaliñado, con la camisa mal abotonada y el cabello castaño revuelto, como si hubiera peleado con sus demonios toda la noche.
—No, no. Lo ha puesto a máxima potencia por una hora —dice él, lanzándose sobre la máquina. Sus manos grandes se mueven rápido—. Vamos a desayunar carbón de importación.
Intenta cancelar el proceso, pero el botón se traba. El ruido aumenta y un hilo de humo oscuro empieza a salir.
—¡Santo Dios, se va a quemar la casa! —exclamo, buscando agua instintivamente.
—¡No le eche agua, es eléctrico! —grita él.
En su afán por arrancar el cable de la pared, Sebastián retrocede, tropieza con la alfombra y patea con fuerza brutal la pata de mármol de la mesa.
—¡¡Me cago en la p... uta madre!! —brama.
El grito hace eco en las paredes de cristal. Salta en un solo pie, agarrándose el dedo herido. El aparato finalmente se apaga. El silencio que sigue es tan absoluto que puedo escuchar el latido desbocado de mi propio corazón. Su palabrota sigue flotando en el aire como una mancha de tinta en un altar blanco.
SEBASTIÁN
El dolor en mi pie es un incendio, pero la vergüenza me está calcinando vivo. Me quedo congelado, apoyado en la isla de la cocina. Acabo de soltar la peor de las blasfemias frente a una religiosa y una niña traumatizada.
Miro a Lulú. Tiene la boca abierta.
Miro a Dulce. Ha pasado del susto a una seriedad de mármol.
Se acerca a mí con paso lento. Estoy listo para el sermón, para que me condene al fuego eterno o me eche agua bendita en la cara.
—Lo siento mucho, Dulce. De verdad. El estrés... no quería... —balbuceo como un idiota.
Ella mira mi pie, luego levanta esos ojos que parecen ver a través de mi traje caro.
—Es un dolor agudo, lo entiendo —dice en un susurro—. Pero si vuelve a mencionar a la madre de alguien de esa forma, tendré que pedirle que le pida perdón a la Virgen personalmente.
Hace una pausa. Y entonces, para mi absoluta perdición, una sonrisa traviesa asoma en sus labios.
—Aunque admito que su técnica para desenchufar la máquina ha sido... creativa. Casi un acto de fe extremo.
Escucho un sonido pequeño. Un hipido. Me giro. Lulú se está tapando la boca con la mano, pero sus hombros tiemblan. ¿Se está riendo? Es una risa sin sonido, apenas una vibración, pero es el espectáculo más hermoso que he visto en meses.
El cinismo se me escurre por las grietas del alma. Miro a Dulce y veo diversión, y algo más, me asombro porque no me ha juzgado.
—Gracias —murmuro. Y no es cortesía. Es mi vida entera en una palabra—. Gracias por no mandarme al infierno.
DULCE
La tarde cae con una luz dorada y perezosa. Sebastián está en un rincón, iluminado por una lámpara, revisando contratos con el ceño fruncido. Lulú y yo estamos en la alfombra, rodeadas de lápices.
Tarareo una melodía vieja mientras dibujo. De pronto, un lápiz verde rueda por la madera y se esconde bajo el sofá. Lulú se estira, pero no alcanza. Mira a su tío, sumergido en sus papeles, y luego a mí. Sus labios tiemblan. No es miedo; es el esfuerzo titánico de una maquinaria oxidada por la pena.
—Du... —el sonido es apenas un soplo.
Me quedo petrificada. Dejo de respirar.
—Dul... ce —dice ella.
Es una palabra rota. Pero mi nombre en su boca suena como el milagro por el que llevo semanas rezando.
SEBASTIÁN
El bolígrafo de plata se me resbala de los dedos y golpea el cristal. No me importa. Levanto la vista lentamente.
Dulce está inmóvil, con los ojos llenos de lágrimas contenidas. Mi sobrina tiene la cara roja por el esfuerzo, pero me sostiene la mirada.
—¿Qué pasa, pequeña? —pregunto. Mi voz es un hilo rasposo. Tengo pánico de asustarla.
Lulú señala el mueble. Hay una chispa de voluntad salvaje en sus pupilas.
—Ver... de —susurra.
Siento que me arrancan el corazón y me lo vuelven a poner en el pecho, latiendo a mil por hora. Me arrodillo en la alfombra, meto la mano y saco el lápiz. Mis dedos tiemblan al entregárselo.
—Aquí tienes, Lulú. Verde.
Lulú toma el color. Luego me señala.
—Tío —dice, casi sin sonido.
Exhalo un suspiro que he estado conteniendo desde el cementerio. Me cubro la cara con las manos, sintiendo cómo la máscara de acero que uso para dominar la ciudad se hace pedazos. Cuando vuelvo a mirarlas, no hay contratos ni miedos. Solo hay luz.
SEBASTIÁN (MADRUGADA)