Entre el Cielo y el Caos

V

DULCE

​Llevo cuatro semanas en esta "misión" y el mundo exterior sigue pareciéndome un lugar hostil, lleno de ruidos innecesarios. Sin embargo, por Lulú, estoy dispuesta a caminar sobre fuego.

​El hábito es mi armadura. Cuando me lo pongo, sé exactamente quién soy. Pero en este apartamento de cristal, mi toca azul parece gritar. Ayer, en el pasillo, una vecina nos miró con morbo, como si fuéramos un circo ambulante. Lulú se escondió tras mis faldas, temblando.

​Hoy es el día. Lulú ha aceptado ir al parque. Pero no quiero que sea "la niña de la monja".

​La Madre Superiora me entregó un bolso con "ropa de servicio exterior": prendas civiles y neutras para no ser una barrera en ciertas misiones. Me encierro en el baño y, con las manos temblando, empiezo a desabotonar mi identidad.

​Al quitarme la toca, el aire frío golpea mi nuca. Me miro al espejo y me invade el vértigo. Mi cabello, castaño y largo, cae en cascada sobre mis hombros. Hace años que no sentía su peso. Siento que estoy cometiendo una falta grave, una traición a mis votos, pero luego recuerdo los ojos aterrados de Lulú. La verdadera caridad a veces exige despojarse de uno mismo.

​Me recojo el pelo en una trenza gruesa. Al ponerme la ropa civil, el espejo me devuelve a una extraña. Una falda de lino color arena hasta los tobillos y una blusa de algodón celeste, de cuello alto. Es modesta, sin adornos, pero ya no soy Sor Dulce; soy una mujer joven que respira, que existe en el mundo de los hombres.

​—Es por ella, Señor —susurro, apretando el dije de plata de Lulú—. Que yo desaparezca para que ella pueda salir a la luz.

​Salgo del baño con el corazón desbocado.

​—¿Así está mejor, pequeña? —le pregunto a Lulú, dando una tímida vuelta.

​Ella no dice nada, pero sus ojos se iluminan con una aprobación silenciosa.

SEBASTIÁN

​El silencio de la cocina se rompe con unos pasos diferentes. No es el roce pesado del hábito. Levanto la vista del iPad, esperando ver a Lulú, pero me quedo con el café a medio camino de la boca.

​El aire se me escapa de los pulmones como si me hubieran pateado el pecho.

​Ya no hay velo. Su cabello es de un castaño brillante, salpicado de destellos cobrizos bajo el sol de la mañana. Lo lleva en una trenza gruesa que descansa sobre su hombro. La blusa celeste se ciñe suavemente a su figura, revelando curvas que el hábito ocultaba por completo. Sus manos están entrelazadas al frente, en ese gesto de oración perpetua, pero todo lo demás... Dios mío. Su rostro, libre del marco rígido, es asombroso. Tiene una belleza serena, antigua, desarmante.

​Sin el hábito, no es una santa intocable. Es una mujer. Una mujer que me hace hervir la sangre con solo respirar.

​—¿Señor Sebastián? —pregunta ella, evitando mirarme a los ojos—. He decidido que para ir al parque es mejor no llamar la atención. No quiero que señalen a Lulú.

​Siento una presión salvaje en la garganta.

​—Es... una buena idea —logro decir. Mi voz suena ronca, rasposa. Carraspeo y miro mi reloj para no mirarle la boca—. Sí. Vamos. El tráfico empeorará.

SEBASTIÁN

​El centro comercial hacia el parque es un infierno. Ella camina con una gracia etérea, observando los escaparates con la curiosidad de quien visita otro planeta. Y me doy cuenta, con una furia irracional, de que no soy el único que la mira.

​Varios hombres giran la cabeza al pasar. Un imbécil de traje la recorre de arriba abajo mientras esperamos un café, desnudándola con los ojos. Siento una oleada de calor asesino subirme por el cuello. Sin pensarlo, doy un paso y me coloco frente a ella, bloqueando al tipo con mi espalda y fulminándolo con la mirada hasta que baja la vista.

​—¿Pasa algo? —pregunta Dulce, sobresaltada por mi movimiento.

​—Nada. Solo que la gente es imbécil y no sabe mirar al frente —gruño.

​Pongo una mano en su espalda baja para guiarla. Es un roce apenas a través del lino, pero la calidez de su cuerpo me quema la palma y retiro la mano como si hubiera tocado lava.

DULCE

​Sebastián está actuando como un animal enjaulado. Sus hombros están rígidos y escanea a cada persona que se nos cruza. Si alguien me mira un segundo de más, él acorta la distancia entre nosotros, casi rozando mi brazo con el suyo en una advertencia muda.

​—No tiene que protegerme de las miradas, señor —le digo en voz baja al llegar al césped del parque—. He pasado años frente al Santísimo; estoy acostumbrada a que me observen.

​Él se detiene en seco. Sus ojos, que suelen ser témpanos de hielo, ahora arden con una irritación oscura.

​—No es lo mismo, Dulce —dice. Es la primera vez que usa mi nombre a secas, y el sonido me estremece—. El Santísimo te mira con amor y devoción. Esta gente... —aprieta la mandíbula—. Olvídalo. Quédate cerca de Lulú.

​Lulú corre hacia los patos y yo la sigo, dejando que la brisa juegue con los cabellos sueltos de mi nuca. Pero cuando me giro, lo veo sentado en un banco. Finge mirar su teléfono, pero sus ojos están clavados en mí. Es una mirada intensa, devoradora, llena de un desconcierto absoluto. Como si estuviera viendo a un fantasma.

​Y para mi sorpresa, sentir el peso de sus ojos no me da ganas de esconderme. Me da ganas de saber qué es exactamente lo que ve.

SEBASTIÁN

​El trayecto de vuelta fue una tortura. El silencio del coche solo hizo que el aroma a lavanda y sol que emanaba de ella me asfixiara. Cada vez que frenaba, mis ojos viajaban al retrovisor, buscando la curva de su cuello, la línea de su mandíbula. Me sentía como un depravado codiciando algo sagrado, pero mi cuerpo no respondía a la lógica.

​Al llegar al apartamento, Lulú corrió al sofá. Dulce se quedó de pie en el centro del salón, bañada por la luz naranja del atardecer.

​Me apoyé en la isla de la cocina, apretando un vaso de cristal vacío. No podía dejar de mirarla. Estaba hipnotizado.




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