Entre el Cielo y el Caos

VI

DULCE

​El eco de las palabras de Lulú sobre el "postre de chocolate" sigue vibrando en mi pecho como una campana que no deja de doblar. He pasado la mañana intentando refugiarme en mis oraciones, pero mi mente traicionera es una fugitiva que vuelve, una y otra vez, a la imagen de Sebastián en la cocina: con el rostro encendido, la respiración trunca y esa mirada que no pedía permiso para entrar en mi alma.

​Para huir de mis propios pensamientos, me he instalado en el solárium con Doña Sofía y Lulú. Es un espacio de cristal y luz, el único rincón de este edificio que no se siente como una jaula de oro.

​Doña Sofía me observa desde su silla. Hoy no tiene un libro; solo tiene su mirada, que pesa mucho más que cualquier tomo de filosofía.

​—Estás muy callada hoy, Dulce —dice ella, rompiendo el silencio con esa voz que suena a pergamino antiguo y mando—. Y tus dedos no dejan de jugar con ese rosario, pero no veo que tus labios se muevan. Eso no es oración, niña. Eso es nerviosismo puro.

​Siento que mis mejillas se calientan bajo el sol. Doña Sofía tiene la habilidad aterradora de leer lo que hay bajo la superficie, como si mi hábito fuera transparente para ella.

​—Es un día extraño, señora —respondo, tratando de concentrarme en Lulú, que está en el suelo intentando peinar a su conejo con una delicadeza que me encoge el corazón.

​—Los días no son extraños, las personas lo son —sentencia Sofía. Hace un gesto con su mano cargada de anillos para que me acerque—. Dime, ¿qué te parece mi hijo ahora que le has visto la cara sin el disfraz de "señor importante"?

​Miro a Lulú, esperando que no esté escuchando, pero la niña parece sumergida en su propio universo de felpa.

​—El señor Sebastián es... un hombre de contrastes —digo con cuidado, midiendo cada palabra—. He visto su dolor por la pérdida de su hermano, y también su pavor a no ser suficiente para su sobrina. Creo que tiene un corazón inmenso, pero lo ha encerrado bajo siete llaves.

​—Bajo siete llaves de ego y decepciones —apunta Sofía con un humor seco—. Sebastián siempre ha creído que puede controlar el caos con facturas y horarios. Pero tú, Dulce... tú eres un tipo de caos que él no sabe cómo archivar. Eres la única variable que su dinero no puede comprar.

​Me quedo en silencio. No sé si es un cumplido o una advertencia. En ese momento, Lulú se levanta y camina hacia su abuela. Con una solemnidad que me humedece los ojos, le entrega a Copito.

​—Abuela, Copito tiene frío en las orejas —dice Lulú. Es la frase más larga y clara que le ha dirigido en meses.

​Doña Sofía recibe al peluche descolorido como si fuera una reliquia sagrada. Sus ojos se suavizan de una manera que nunca permite que Sebastián vea.

​—Entonces habrá que buscarle una manta de seda, pequeña —responde Sofía, acariciando con su mano temblorosa la cabeza de la niña—. Dulce, tráeme ese chal de lana. Vamos a enseñarle a Lucía que hasta los conejos más valientes necesitan un refugio.

​Pasamos la tarde así, en una burbuja de paz que desafía el ruido de la ciudad allá abajo. Ayudo a Lulú a envolver al conejo mientras Sofía desgrana recuerdos. Me habla de un Sebastián que ya no existe: un niño que rescataba pájaros heridos en el jardín y que lloraba si un juguete se rompía, no por el objeto, sino por la pérdida.

​—Él no siempre fue este bloque de hielo —me susurra Sofía cuando Lulú se aleja por agua—. La vida se encargó de endurecerlo, y esa mujer, Valeria, terminó por sellar las grietas con cinismo. Pero ahora que estás aquí... veo que las grietas están volviendo a su lugar.

​—Yo solo soy una servidora de Dios, señora —le digo, bajando la vista al suelo de mármol.

​Sofía me toma de la mano. Su piel es fría y delgada, pero su agarre tiene una fuerza que me estremece.

​—Dios trabaja de formas muy curiosas, Dulce. A veces envía un hábito para recordar lo que es sagrado, y otras veces envía un rostro hermoso para recordarle a un hombre que todavía está vivo. No tengas miedo de lo que sientes en el pecho.

​Me mira fijo, directo a las dudas que me quitan el sueño.

​—La fe no es una cárcel, es un camino. Y a veces, ese camino pasa por el corazón de un hombre que necesita ser salvado de sí mismo. No luches contra lo que ya está escrito en tus ojos.

​Sus palabras me dejan sin aliento. ¿Cómo puede saber lo que siento cuando ni yo misma me atrevo a nombrarlo? Miro a Lulú, que vuelve sonriendo, y luego a Sofía, que me dedica una mirada de complicidad que me asusta y me reconforta al mismo tiempo.

​Me doy cuenta de algo aterrador: Doña Sofía no quiere que cuide a su nieta. Ella quiere que yo sea el martillo que termine de romper el hielo de su hijo.




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