Entre el Cielo y el Caos

VII

SEBASTIÁN

​Llegué a casa pasadas las once. La ciudad seguía rugiendo allá abajo, un monstruo de metal y neón que nunca duerme, pero dentro del apartamento el silencio era absoluto, denso como el plomo. Tiré el saco sobre el sofá, sintiendo que los hombros me pesaban una tonelada después de un día de cifras vacías y rostros falsos.

​Tenía la garganta seca, quemada por el café frío de la oficina. Fui a la cocina a oscuras, guiado solo por el resplandor de los rascacielos que se filtraba por los ventanales. No encendí la luz; no quería romper esa calma sepulcral.

​Pero me detuve en seco. El corazón me dio un vuelco.

​Dulce estaba allí.

​Estaba de espaldas a mí, apoyada en la encimera, mirando hacia el horizonte iluminado. Llevaba su hábito azul, pero se había quitado el velo; su trenza caía por su espalda como una soga de seda oscura. Se veía tan inmóvil, tan etérea, que por un segundo pensé que era una aparición de mi propia mente cansada.

​—¿No puedes dormir? —pregunté. Mi voz salió más baja de lo que pretendía, una vibración ronca que rompió el aire.

DULCE

​El susto me recorrió la columna como una descarga eléctrica. Me giré con violencia, apretando las manos contra el pecho, justo sobre el crucifijo de madera.

​Sebastián estaba allí, una sombra imponente en la penumbra. Tenía la camisa blanca desabrochada en el cuello y las mangas remangadas, revelando unos antebrazos fuertes que irradiaban un calor que casi podía tocar desde mi lugar.

​—Señor Sebastián... me ha asustado —dije, intentando que mi voz no temblara—. El silencio de esta ciudad es... ruidoso. Me cuesta conciliar el sueño. Estaba mirando las estrellas, pero parece que las luces de los hombres las han extinguido todas.

​Él dio unos pasos hacia mí. Se detuvo a una distancia que debería ser segura, pero que se sentía peligrosamente íntima. Podía olerlo: café amargo, madera y ese aroma a hombre que trabaja hasta el agotamiento.

​—En esta ciudad no miramos al cielo, Dulce. Miramos a los edificios —dijo él. Su tono era amargo, cargado de un cinismo que me dolió.

​Lo miré fijo. En la oscuridad, sus ojos eran dos pozos profundos, cansados, hambrientos de algo que el dinero no compra. Sentí una punzada extraña en el estómago, un nudo que se apretaba con cada una de sus respiraciones.

​—Es una pena —murmuré—. Dios puso las estrellas para recordarnos que somos pequeños, pero importantes. Si usted no las ve, es normal que se sienta tan... cargado.

SEBASTIÁN

​Me miraba con esa curiosidad desarmante, con una pureza que me hacía sentir como un pecador frente a un altar. No había coqueteo en ella, solo una compasión infinita que me estaba destruyendo las defensas.

​El aire en la cocina se volvió irrespirable. Estaba demasiado consciente de la curva de sus labios, de la luz de la luna en sus pupilas claras, de lo frágil que se veía sin el velo. Sabía exactamente qué era esa presión en mi pecho: era el deseo salvaje de acortar la distancia, de atraparla entre mis brazos y descubrir si sabía a la paz que tanto me prometía.

​—¿Por qué me mira así? —preguntó ella de pronto. Su voz era un susurro de inocencia, pero la pregunta me golpeó como un rayo.

​—¿Cómo "así"? —logré decir, aunque mi pulso era un caos.

​—Como si estuviera diciendo algo en un idioma que no entiende. Me hace sentir... inquieta. Como si estuviera cometiendo una falta y no supiera cuál es.

​Se llevó una mano al cuello, acariciando la piel desnuda con nerviosismo. Ese gesto, tan humano, tan vulnerable, estuvo a punto de hacerme perder el control.

​—Mañana será un día largo —corté, mi voz volviéndose rígida mientras levantaba de nuevo mi muro de acero—. Deberías ir a descansar. Lulú te necesitará.

​—Sí... tiene razón. Mañana es domingo. Me gustaría llevarla a misa, si usted lo permite.

​Asentí, apartando la mirada antes de cometer una locura.

​—Haz lo que creas mejor. Buenas noches, Dulce.

​—Buenas noches, señor Sebastián. Que Dios le dé el descanso que su alma busca.

​La vi alejarse, el roce de su hábito contra el suelo siendo el único sonido en la estancia. Me quedé solo en la oscuridad, con las manos apoyadas en el mármol frío, preguntándome en qué momento mi casa había dejado de ser mi refugio para convertirse en el escenario de mi propia tentación.

DULCE

​El domingo, la luz entró por el ventanal como una bendición. Me puse el hábito, recuperando mi armadura. Al salir, vi a Sebastián en el sofá, sepultado bajo carpetas y su ordenador. Su mirada se ancló en mí un segundo de más, un recordatorio silencioso de nuestro encuentro nocturno.

​—No tarden —dijo, intentando sonar frío, pero su voz falló, dejando ver una grieta de preocupación.

​En la iglesia, el incienso envolvió a Lulú. La llevé ante la Virgen y encendí una vela.

​—Es para que siempre haya luz en tu camino, pequeña —susurré—. Ella escucha hasta los pensamientos que no se atreven a salir.

​Lulú miró la llama. Sus dedos soltaron a "Copito" por un instante. El silencio del templo era un bálsamo, un vacío que no dolía.

LULÚ

​Dulce huele a flores y a seguridad. La iglesia es grande y tiene ecos, pero su mano está calentita y no me suelta.

​Miro la vela. Pienso en mamá y papá. A veces se me olvida cómo sonaba la risa de papá y eso me da mucho miedo, como si se estuvieran borrando. Aprieto a Copito y cierro los ojos muy fuerte.

​—Los extraño —susurro. El nudo en mi garganta se siente un poquito más flojo. Los ángeles me escuchan.

DULCE

​Al regresar, Sebastián abrió la puerta antes de que sacáramos la llave. Estaba despeinado, con la camisa abierta, el retrato de un hombre que ha estado contando los minutos.

​Lulú hizo algo que nos detuvo el tiempo: caminó hacia él y, de forma espontánea, apoyó su cabeza un segundo contra su cuerpo antes de seguir hacia su cuarto.




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