Entre el Cielo y el Caos

VIII

DULCE

​Habían pasado dos meses desde mi llegada. La casa de Sebastián seguía pareciéndome un laberinto de espejos y superficies frías, pero Lulú y yo nos habíamos propuesto darle un poco de "alma". Mi misión ese día era simple: poner música de ángeles para que la niña terminara su dibujo.

​Sebastián me había explicado que en la sala había una pequeña caja negra llamada "Alexa" que obedecía órdenes. Yo, sinceramente, prefería pedirle las cosas a San Antonio, que es más confiable, pero decidí intentarlo.

​—Señorita Alexa… —susurré con respeto, acercándome al aparato—. ¿Podría poner un poco de música tranquila para Lulú?

​Nada. La caja permanecía en un silencio obstinado.

​—Tal vez hay que pedirlo con más autoridad, Sor Dulce —sugirió Lulú, asomando sus ojos grandes por encima de su cuaderno.

​—Está bien… ¡Señorita Alexa, por favor, música! —insistí, elevando la voz y, sin querer, presionando un botón rojo que parpadeaba en la pared, pensando que era el interruptor del sonido.

​De repente, el apartamento se transformó en una sucursal del infierno. Luces rojas girando y un aullido ensordecedor que parecía el trompetazo del Juicio Final. Era la alarma de seguridad. Lulú se tapó los oídos y yo, presa del pánico, empecé a pedirle perdón a la caja negra.

​—¡Lo siento mucho, señorita! ¡No quise gritarle! ¡Detenga este estrépito! —exclamaba, mientras intentaba cubrir la caja con mi chal, como si eso fuera a callar a la "pobre ofendida".

​La puerta principal se abrió de golpe. Sebastián entró con el maletín en una mano y el teléfono en la otra, con el rostro pálido. Parecía que venía de una guerra.

​—¡Lulú! ¡Dulce! ¿Qué pasó? —gritó por encima del estruendo.

​Me encontró de rodillas frente al mueble, con las manos juntas en oración.

​—¡Señor Sebastián, lo rompí! —exclamé con angustia—. Le pedí música a la señora de la caja y creo que se ofendió. ¡He activado el fuego del cielo en su sala!

​Sebastián se quedó petrificado. Miró la alarma, me miró a mí —despeinada y con el velo torcido— y luego a Lulú. La niña estaba roja de tanto aguantar, hasta que finalmente soltó una carcajada limpia y sonora.

​Sebastián tecleó un código y el silencio regresó de golpe. Soltó un suspiro largo y se pasó una mano por el cabello. Por primera vez, no vi al consultor, sino a un hombre rindiéndose ante la ternura.

​—Dulce… eso era la alerta de pánico conectada a la policía —dijo con una diversión contenida—. Y la "señora de la caja" no tiene sentimientos. No necesita que le pidas perdón.

​—Pero me sentí muy mal gritándole, señor Sebastián —respondí, ajustándome el hábito con dignidad—. La cortesía no debe perderse, aunque el prójimo sea de plástico.

​Él me miró fijamente. Sus ojos bajaron a mi rostro y se detuvieron más tiempo de lo necesario.

​—No importa —murmuró, y juraría que sus ojos brillaron—. Hacía años que no escuchaba a Lulú reír así. Si para eso tenemos que pedirle perdón a todos los electrodomésticos de la casa, estoy dispuesto a hacerlo.

SEBASTIÁN

​La vi desde el pasillo. Parecía un pajarillo gris tratando de pelear contra un gigante de cristal. La "claraboya motorizada" se había atascado y el viento silbaba con violencia. Dulce es pequeña, pero tiene una determinación que me deja sin palabras. Me acerqué impulsado por el instinto de ayudarla... o quizás, por la necesidad de estar cerca.

​Me puse detrás de ella. Al estirar mis brazos para cerrar la ventana, ella quedó enmarcada entre mi cuerpo y el cristal. No la tocaba, pero el calor que emanaba de su hábito me golpeó como una ola. Y entonces, me invadió su olor.

​No era el perfume de Valeria, ese que huele a estatus y ambición. Dulce olía a jabón de barra, a ropa secada al sol y a una lavanda tan suave que me obligó a cerrar los ojos. Era el olor de la paz. El olor de algo que yo nunca he tenido el derecho de poseer.

DULCE

​De pronto, el oxígeno desapareció de la habitación. Sebastián estaba tan cerca que podía sentir su respiración en mi coronilla. Mis manos empezaron a temblar.

​No era miedo. Era una sensación eléctrica. Un eco en mi pecho que temí que él pudiera escuchar a través de mi espalda. Era como si mi sangre se hubiera convertido en agua con gas, burbujeante y peligrosa.

​Él cerró la ventana con un golpe seco. El silencio que quedó era mucho más inquietante que el viento. Sebastián no se movió. Se quedó allí, como una torre protegiéndome... o atrapándome.

​—Ya está —dijo él. Su voz fue una vibración grave que sentí en mis propios huesos.

SEBASTIÁN

​Debí alejarme. Pero no pude. Por un instante eterno, me dejé embriagar por esa cercanía prohibida. Miré su nuca y sentí una urgencia irracional de protegerla de todo, incluso de mí mismo. Mi autocontrol no servía de nada contra una mujer que solo sabe rezar y sonreír.

​Supe que si ella se giraba en ese momento, yo no sería capaz de mantener la distancia. Habría cometido el sacrilegio más dulce de mi vida.

​—Gracias, señor Sebastián —alcanzó a decir ella, con la voz quebrada.

​Se escabulló por debajo de mi brazo como un pez. No me miró. Corrió por el pasillo y yo me quedé allí, con los puños cerrados, odiando la libertad que ella tenía y yo no.

SEBASTIÁN

​Sentado en la alfombra, con los pantalones del traje pero sin zapatos, me sentía ridículo y, extrañamente, en casa. Lulú celebraba el cumpleaños de "Copito" con té imaginario.

​—¿Por qué miras a Sor Dulce como miras a los cuadros bonitos del museo? —preguntó Lulú de pronto.

​El silencio fue un muro. Me quedé con la tacita de plástico a medio camino de la boca, sintiéndome el hombre más expuesto del planeta. Miré a Dulce. La luz de la tarde iluminaba su rostro y, por un segundo, olvidé los votos, el convento y mi cinismo. Solo vi a una mujer cuya sonrisa era el único refugio que quería conocer.




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