DULCE
Habían pasado dos meses desde mi llegada. La casa de Sebastián seguía pareciéndome un laberinto de espejos y superficies frías, pero Lulú y yo nos habíamos propuesto darle un poco de "alma". Mi misión ese día era simple: poner música de ángeles para que la niña terminara su dibujo.
Sebastián me había explicado que en la sala había una pequeña caja negra llamada "Alexa" que obedecía órdenes. Yo, sinceramente, prefería pedirle las cosas a San Antonio, que es más confiable, pero decidí intentarlo.
—Señorita Alexa… —susurré con respeto, acercándome al aparato—. ¿Podría poner un poco de música tranquila para Lulú?
Nada. La caja permanecía en un silencio obstinado.
—Tal vez hay que pedirlo con más autoridad, Sor Dulce —sugirió Lulú, asomando sus ojos grandes por encima de su cuaderno.
—Está bien… ¡Señorita Alexa, por favor, música! —insistí, elevando la voz y, sin querer, presionando un botón rojo que parpadeaba en la pared, pensando que era el interruptor del sonido.
De repente, el apartamento se transformó en una sucursal del infierno. Luces rojas girando y un aullido ensordecedor que parecía el trompetazo del Juicio Final. Era la alarma de seguridad. Lulú se tapó los oídos y yo, presa del pánico, empecé a pedirle perdón a la caja negra.
—¡Lo siento mucho, señorita! ¡No quise gritarle! ¡Detenga este estrépito! —exclamaba, mientras intentaba cubrir la caja con mi chal, como si eso fuera a callar a la "pobre ofendida".
La puerta principal se abrió de golpe. Sebastián entró con el maletín en una mano y el teléfono en la otra, con el rostro pálido. Parecía que venía de una guerra.
—¡Lulú! ¡Dulce! ¿Qué pasó? —gritó por encima del estruendo.
Me encontró de rodillas frente al mueble, con las manos juntas en oración.
—¡Señor Sebastián, lo rompí! —exclamé con angustia—. Le pedí música a la señora de la caja y creo que se ofendió. ¡He activado el fuego del cielo en su sala!
Sebastián se quedó petrificado. Miró la alarma, me miró a mí —despeinada y con el velo torcido— y luego a Lulú. La niña estaba roja de tanto aguantar, hasta que finalmente soltó una carcajada limpia y sonora.
Sebastián tecleó un código y el silencio regresó de golpe. Soltó un suspiro largo y se pasó una mano por el cabello. Por primera vez, no vi al consultor, sino a un hombre rindiéndose ante la ternura.
—Dulce… eso era la alerta de pánico conectada a la policía —dijo con una diversión contenida—. Y la "señora de la caja" no tiene sentimientos. No necesita que le pidas perdón.
—Pero me sentí muy mal gritándole, señor Sebastián —respondí, ajustándome el hábito con dignidad—. La cortesía no debe perderse, aunque el prójimo sea de plástico.
Él me miró fijamente. Sus ojos bajaron a mi rostro y se detuvieron más tiempo de lo necesario.
—No importa —murmuró, y juraría que sus ojos brillaron—. Hacía años que no escuchaba a Lulú reír así. Si para eso tenemos que pedirle perdón a todos los electrodomésticos de la casa, estoy dispuesto a hacerlo.
SEBASTIÁN
La vi desde el pasillo. Parecía un pajarillo gris tratando de pelear contra un gigante de cristal. La "claraboya motorizada" se había atascado y el viento silbaba con violencia. Dulce es pequeña, pero tiene una determinación que me deja sin palabras. Me acerqué impulsado por el instinto de ayudarla... o quizás, por la necesidad de estar cerca.
Me puse detrás de ella. Al estirar mis brazos para cerrar la ventana, ella quedó enmarcada entre mi cuerpo y el cristal. No la tocaba, pero el calor que emanaba de su hábito me golpeó como una ola. Y entonces, me invadió su olor.
No era el perfume de Valeria, ese que huele a estatus y ambición. Dulce olía a jabón de barra, a ropa secada al sol y a una lavanda tan suave que me obligó a cerrar los ojos. Era el olor de la paz. El olor de algo que yo nunca he tenido el derecho de poseer.
DULCE
De pronto, el oxígeno desapareció de la habitación. Sebastián estaba tan cerca que podía sentir su respiración en mi coronilla. Mis manos empezaron a temblar.
No era miedo. Era una sensación eléctrica. Un eco en mi pecho que temí que él pudiera escuchar a través de mi espalda. Era como si mi sangre se hubiera convertido en agua con gas, burbujeante y peligrosa.
Él cerró la ventana con un golpe seco. El silencio que quedó era mucho más inquietante que el viento. Sebastián no se movió. Se quedó allí, como una torre protegiéndome... o atrapándome.
—Ya está —dijo él. Su voz fue una vibración grave que sentí en mis propios huesos.
SEBASTIÁN
Debí alejarme. Pero no pude. Por un instante eterno, me dejé embriagar por esa cercanía prohibida. Miré su nuca y sentí una urgencia irracional de protegerla de todo, incluso de mí mismo. Mi autocontrol no servía de nada contra una mujer que solo sabe rezar y sonreír.
Supe que si ella se giraba en ese momento, yo no sería capaz de mantener la distancia. Habría cometido el sacrilegio más dulce de mi vida.
—Gracias, señor Sebastián —alcanzó a decir ella, con la voz quebrada.
Se escabulló por debajo de mi brazo como un pez. No me miró. Corrió por el pasillo y yo me quedé allí, con los puños cerrados, odiando la libertad que ella tenía y yo no.
SEBASTIÁN
Sentado en la alfombra, con los pantalones del traje pero sin zapatos, me sentía ridículo y, extrañamente, en casa. Lulú celebraba el cumpleaños de "Copito" con té imaginario.
—¿Por qué miras a Sor Dulce como miras a los cuadros bonitos del museo? —preguntó Lulú de pronto.
El silencio fue un muro. Me quedé con la tacita de plástico a medio camino de la boca, sintiéndome el hombre más expuesto del planeta. Miré a Dulce. La luz de la tarde iluminaba su rostro y, por un segundo, olvidé los votos, el convento y mi cinismo. Solo vi a una mujer cuya sonrisa era el único refugio que quería conocer.