Entre el Cielo y el Caos

IX

DULCE

​Esta mañana sucedió algo que no figura en ningún manual de noviciado. Estaba en el balcón cuando vi a Sebastián en la alfombra. Lulú le ponía pinzas de colores en el cabello mientras fingían ser exploradores. Él, el hombre de los trajes de mil dólares y la mirada de acero, estaba despeinado, riendo con una pureza que me detuvo el aliento.

​En ese momento, sentí un aleteo brusco en el estómago. Un revoloteo frenético, como si hubiera tragado un puñado de gorriones asustados. Tuve que apoyarme en la pared porque las piernas me temblaron.

​—Señor, ¿será que el desayuno estaba en mal estado? —susurré, aterrada.

​Corrí a la biblioteca. Busqué en el Tratado de las Penas Espirituales. Leí sobre la "sequedad del alma", pero esto era lo contrario; me sentía demasiado viva, demasiado despierta. Según el libro, los movimientos desordenados del ánimo eran una "tentación sutil".

​—Es una prueba —concluí, cerrando el libro con fuerza—. El enemigo quiere distraerme con este malestar estomacal.

​—No es indigestión, pequeña —dijo una voz pausada.

​Doña Sofía me observaba desde su silla, con una sonrisa que me hizo querer desaparecer.

​—Doña Sofía... creo que el café estaba muy fuerte —balbuceé—. Siento... mariposas.

​—Las mariposas no son un virus, Dulce. Son el eco de un corazón que se ha dado cuenta de que no está solo —sentenció ella—. No busques en libros de santos lo que solo se entiende mirando a los ojos de un hombre que ha empezado a cambiar por ti.

SEBASTIÁN

​Me levanté de la alfombra con una pinza rosa en la oreja y vi a Dulce huir con el rostro encendido.

​—¿Le pasa algo a Sor Dulce? —le pregunté a mi madre.

​—Le pasa que es humana, Sebastián. Y a ti te pasa que estás dejando de ser un iceberg. Ten cuidado, hijo. No puedes pedirle a un ángel que camine por el barro sin que se le ensucien las alas.

​Me quedé en silencio. El "revoloteo" que Dulce sentía, yo también lo tenía, pero en mí era un terremoto derribando mis estructuras. No sabía qué era más peligroso: que ella empezara a sentir algo, o que yo estuviera dispuesto a todo para que no dejara de hacerlo.

DULCE

​Lulú insiste en que debo aprender a usar la "tabla de cristal" (la tablet) para estar comunicadas. Me mostró una aplicación con globos verdes y dibujitos llamados emojis.

​—Sirven para decir lo que sientes sin usar palabras —explicó Lulú.

​Vi uno rojo, vibrante, con forma de corazón. En el convento, el corazón lo es todo: el Sagrado Corazón de Jesús. Pensé que era un detalle precioso para bendecir el día de Sebastián.

​—¿Si aprieto este, le llega a tu tío? —pregunté.

—Sí. Dale a la flecha.

​Lo hice. Sentí una pequeña satisfacción. "Que el Sagrado Corazón lo acompañe en sus juntas", pedí. No sabía que acababa de lanzar una granada en su oficina.

SEBASTIÁN

​Estaba en una reunión tensa. Los socios discutían, el ambiente era tóxico. De pronto, mi teléfono vibró. Era un mensaje de la tablet de casa.

Sor Dulce: ❤️

​Me quedé helado. El aire se escapó de mis pulmones. Un corazón rojo, solitario y palpitante, brillaba en la pantalla. Miré a mis socios, pero el mundo se quedó en silencio. ¿Qué significaba esto? ¿Era una declaración?

​Esa noche no dormí. Me sentía como un adolescente idiota. "Es una monja, Sebastián. Es caridad cristiana", me decía. Pero mi corazón de carne no aceptaba esa explicación. Un simple dibujo me había desarmado más que cualquier crisis financiera.

(A la mañana siguiente)

​—Señor Sebastián, ¿recibió mi bendición de ayer? —le pregunté con una sonrisa mientras servía la leche.

​Él casi se atraganta con el café.

​—¿Tu... bendición? —preguntó ronco.

​—Sí, el Sagrado Corazón que le envié. Para que lo protegiera.

​Vi cómo sus hombros se relajaban con un suspiro que pareció vaciarle el alma. Soltó una risa seca, casi nerviosa.

​—Ah... el Sagrado Corazón. Claro. Gracias, Dulce. Realmente... me hizo efecto. No he dejado de pensar en él.

​Me alejé satisfecha. "Qué hombre tan devoto", pensé.

SEBASTIÁN

​Era mi cumpleaños. Valeria llegó con catering y una caja para Dulce.

​—Para una cena de este nivel, no puedes estar vestida de... servicio —le dijo Valeria con malicia—. Ponte esto.

​Era un vestido de seda azul profundo. Valeria pensaba que, sin el hábito, Dulce se vería común. Se equivocó de forma épica.

​Cuando Dulce entró al salón, el silencio fue absoluto. Ya no había gris, ni velo. La seda resaltaba la blancura de su piel como porcelana fina. Su cabello castaño caía en ondas y sus ojos brillaban con una timidez que me atravesó el pecho.

​Ella no necesitaba ser mirada; ella iluminaba.

​—Estás... —la palabra se me trabó. Dejé el vaso y caminé hacia ella, ignorando a Valeria—. Estás hermosa, Dulce.

​—Solo es tela, señor —respondió ella, pero sus mejillas se tiñeron de un rosa que ningún maquillaje podría imitar.

DULCE

​La fiesta terminó. Doña Sofía y Lulú dormían. Yo seguía con aquel vestido que se sentía como una piel ajena. Encontré a Sebastián en el balcón, mirando la ciudad. Se había quitado la corbata; se veía cansado y hermoso.

​Noté una mancha de chocolate cerca de su mandíbula. Sin pensar, movida por una ternura impulsiva, alcé la mano.

​—Señor Sebastián... tiene algo aquí —susurré.

​Rozé su piel con la yema de mis dedos. Estaba tibio. Al sentir mi contacto, él dejó de respirar.

SEBASTIÁN

​Sentí sus dedos frescos. Atrapé su mano con la mía, deteniéndola contra mi mejilla.

​—Dulce... —pronuncié su nombre, y sonó a ruego.

​Bajé la mirada a sus labios. Estaban entreabiertos. Me incliné centímetro a centímetro, dándole tiempo para huir. Pero ella no se movió. Sus pestañas aletearon y cerró los ojos, entregándose con una confianza que me partió el alma.




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