Entre el Cielo y el Caos

X

DULCE

​Me desperté con una sola palabra martilleando mi mente: Pecado. O quizás eran dos: Sebastián y Pecado, entrelazadas como hiedra venenosa.

​Para sobrevivir al desayuno, decidí aplicar una técnica que aprendí en mi primer año de noviciado para ignorar las tentaciones: la "Invisibilidad del Prójimo". Si no lo miraba, él no existía. Si no existía, el beso de anoche era solo un sueño provocado por una mala digestión de emociones.

​—¿Dulce, me pasas la mermelada? —su voz me llegó desde el otro lado de la mesa. Era una voz cargada de intenciones, un barítono que me recordaba demasiado la calidez de su aliento.

​Sentí un escalofrío, pero me mantuve firme. Con la mirada fija en el frutero, tomé el frasco de fresa y lo deslicé por la mesa con la precisión de un jugador de bolos. El frasco se detuvo justo frente a su mano. No subí la vista más allá de sus nudillos.

​—Gracias… supongo —murmuró él.

​Seguí leyendo mi breviario. Las letras bailaban, pero yo fingía una concentración mística. "Señor, dame fuerzas para no mirar esos labios. Señor, haz que se distraiga con el pan para que deje de hablar".

SEBASTIÁN

​Me sentía como un fantasma en mi propia casa. O peor, como un mueble invisible al que Dulce esquivaba con una agilidad impresionante. Intenté buscar su mirada, pero ella estaba fascinada con su libro de oraciones. Estaba tan tensa que, si la tocaba, probablemente vibraría como una cuerda de violín. Me encantaba y me desesperaba a partes iguales.

​—Vaya, el café hoy está... —hice una pausa dramática—. Un poco fuerte, ¿no crees?

​Nada. Dulce se levantó, tomó la cafetera con una calma glacial y le sirvió más leche a mi madre. A mí ni siquiera me ofreció agua. Volvió a su sitio y pasó una página del libro con un sonido que pareció un latigazo en el silencio de la sala.

​—Creo que mi hijo está tratando de decir "buenos días", Dulce —intervino mi madre, que estaba disfrutando mi humillación—. Pero parece que hoy ha perdido el don de la palabra o tú has ganado el de la sordera selectiva.

​—El silencio es una virtud muy recomendada en el convento, Doña Sofía —respondió Dulce. Su voz era dulce, pero el tono era el de una sentencia judicial—. Ayuda a evitar... distracciones innecesarias.

​Esa pulla me dio justo en el orgullo.

​—Tío, ¿por qué tienes esa cara de perro regañado? —soltó Lulú de pronto—. Y Sor Dulce, ¿por qué mueves los labios como si estuvieras rezando para que un rayo le caiga en la silla al tío?

​Casi me atraganto. Vi cómo el cuello de Dulce se teñía de un rojo intenso que llegaba hasta sus orejas.

​—No estoy pidiendo rayos, Lulú —murmuró ella—. Solo estoy pidiendo paciencia. Mucha paciencia.

​Me incliné hacia ella, desafiando su muro de hielo.

—Yo también estoy pidiendo algo, Dulce. Estoy pidiendo que me devuelvas el saludo. Es de buena educación, incluso para las santas.

DULCE

​Sentí su cercanía y mi corazón empezó a galopar. ¡Maldita sea mi debilidad! Me puse de pie de un salto, recogiendo los platos.

​—La educación empieza por respetar el espacio de los demás, señor Sebastián —solté, mirándolo apenas un milisegundo—. Con su permiso, tengo que ir a... a revisar si la freidora de aire necesita que la limpien.

​Salí corriendo. En la cocina, me apoyé contra el mármol frío. ¿La freidora? ¿En serio, Dulce? El silencio no me estaba ayudando; solo hacía que el recuerdo del beso sonara más fuerte.

SEBASTIÁN (Noche)

​Llevaba catorce horas siendo ignorado. He contado cada una de ellas. La encontré en la cocina, organizando especias por orden alfabético.

​—¿Ahora vas a ignorarme también en la oscuridad, Dulce?

​Mantuvo la vista fija en un frasco de orégano.

—El día ya terminó, señor Sebastián. Es hora de descansar.

​—Me has pasado la sal como si fuera veneno —dije, apoyándome a su lado—. ¿No crees que ya es suficiente castigo? Mírame. Si me dices que no sientes nada, te dejo en paz con tu orégano.

​Se giró despacio. Sus ojos estaban empañados, brillantes.

—Esto no está bien —susurró—. Usted es un hombre de mundo y yo... yo no pertenezco aquí.

​—Tú perteneces donde tu corazón lata así de fuerte —dije.

​Puse mi mano en su mejilla. Cuando nuestras miradas se anclaron, el humor desapareció. Bajé la cabeza lentamente y ella no se movió. Sus labios se entreabrieron en un suspiro que fue mi invitación.

DULCE

​Cuando sus labios tocaron los míos por segunda vez, sentí que mis defensas se desmoronaban como muros de arena. Ya no era la sorpresa; era un reconocimiento. El beso fue lento, una caricia húmeda que me hizo soltar el frasco de orégano.

​Sus dedos subieron hacia el borde de mi manto. Sentí un escalofrío de puro deseo cuando noté que buscaba los alfileres que sostenían mi velo.

​—Sebastián… —gemí, pero no era una protesta.

​—Shh… solo quiero verte a ti —susurró él.

​Sentí el peso del tejido caer. Mi manto, la prenda que simbolizaba mi entrega a Dios, se deslizó por mis hombros. Mi cabello quedó libre, cayendo en una cascada que yo misma había olvidado cómo se sentía.

SEBASTIÁN

​El velo cayó y sentí que la tenía de verdad. Su cabello era como seda oscura, fresca, con aroma a jabón. Hundí mis dedos en él. Ella soltó un suspiro profundo que me atravesó. La besé con una firmeza nueva, enredando mis dedos en sus mechones, reclamando lo que siempre había estado oculto. En ese momento, no había votos ni miedos. Solo estaba ella, libre de su armadura.

DULCE

​Me separé con la respiración entrecortada. Al mirar al suelo, vi mi manto azul sobre la madera como una bandera derrotada. Me sentí desnuda de alma.

​—¿Sor Dulce? ¿Tío? ¿Por qué están a oscuras? —la voz de Lulú nos congeló la sangre.




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