DULCE
Caminar por este centro comercial es como intentar rezar en medio de una feria. Hay demasiadas luces, música que retumba y un olor a azúcar y perfume caro que me marea. Me aferré a mi bolso, sintiéndome pequeña, mientras Sebastián caminaba a mi lado con una seguridad que envidiaba.
—Solo es ropa, Dulce. No es una renuncia a tus votos —dijo él, deteniéndose ante una vitrina que parecía hecha de cristales y oro.
—Señor Sebastián, mi hábito es mi identidad —protesté, pero él me tomó suavemente del codo. Ese simple contacto, a través de la tela, me envió un chispazo directo a la base de la nuca.
LULÚ
¡Hoy es el mejor día! Tío Sebastián y Sor Dulce parecen una pareja de los cuentos. Una señora rubia se acercó y nos sonrió.
—¡Bienvenidos! Qué familia tan hermosa —dijo la mujer—. ¿Buscamos algo especial para su esposa, caballero?
Sentí que la mano de Sor Dulce se puso fría como un cubito de hielo. Yo iba a decir que era monja, pero el tío Sebastián no la corrigió. Solo sonrió de esa forma que hace que se le cierren un poquito los ojos.
—Buscamos algo que resalte su luz —dijo él—. Pero ella es... muy tímida.
SEBASTIÁN
Vi a Dulce palidecer ante la palabra "esposa", pero no aclaré el malentendido. Quería saborear cómo se sentía esa palabra en el aire. La dependiente la analizó como si fuera una pieza de porcelana fina.
—Ese tono de piel frío... el azul medianoche y el lino arena le quedarían increíbles —comentó la mujer—. ¿Cree que a su mujer le guste este corte? Es recatado, pero resalta la figura.
—Creo que ella se vería hermosa hasta con una bolsa de papel —respondí, y no era un cumplido vacío. Mis ojos se encontraron con los de Dulce en el espejo. Estaba roja, pero esta vez no huyó.
Cuando salió del probador con el conjunto de lino y seda, el aire se volvió pesado. La falda caía con una gracia que el hábito ocultaba, y la blusa de seda se movía con su respiración agitada. No era la sofisticación de las mujeres que conozco; era algo más peligroso. Era pureza despertando.
DULCE (Esa noche)
El insomnio tiene un sabor metálico. Bajé a la cocina buscando agua fría para apagar el incendio que sentía bajo el pecho. Pero él estaba allí. Sebastián no parecía un consultor; parecía un hombre derrotado por sus propios pensamientos. Estaba en la penumbra, con la camisa abierta, revelando el inicio de su pecho.
—¿La conciencia o el deseo, Dulce? —preguntó con una voz ronca que me golpeó el estómago—. ¿Qué es lo que no te deja dormir?
—Es el calor, señor Sebastián —mentí, serviendo el agua con manos temblorosas.
—Mientes muy mal para alguien que aspira a la santidad —dijo, levantándose.
Se acercó hasta que pude sentir el calor de su cuerpo irradiando hacia el mío. Me quitó el vaso y lo dejó en la encimera. El sonido del cristal contra el mármol pareció un disparo.
—Deja de llamarme así —susurró, acortando el último espacio—. La otra noche me llamaste Sebastián mientras tiraba de tu pelo. No vuelvas a poner esa pared entre nosotros.
Me tomó de la cintura con una firmeza que me hizo soltar un jadeo. No era una protesta; era un descubrimiento.
—Esto... esto me va a destruir —susurré, mirando su boca con una honestidad que me desarmó.
—Entonces destruyámonos juntos —respondió.
Me besó. Fue un beso hambriento, exigente. Mi repuesta no era la respuesta de una santa, sino la de una mujer que lleva años guardando una sed que no sabía que tenía. Hundió su mano en mi nuca, exponiendo mi cuello a sus labios. En ese instante, no quería ser salvada. Quería ser suya.
Él me apretaba contra su cuerpo y yo podía sentir la dureza de sus músculos, la realidad de su deseo. Era aterrador y, sin embargo, era lo más real que había sentido en mis veintitrés años de vida.
Él se separó apenas unos milímetros, jadeando, con los ojos inyectados de una pasión que me hizo temblar. Me miró como si fuera lo más valioso y, al mismo tiempo, lo más peligroso que había tenido nunca.
Mi mano subió a su mejilla, acariciando la barba incipiente que me raspaba las yemas.
—Sebastián —murmuré, saboreando su nombre como si fuera una oración nueva—. No te detengas.
—Si no me detengo ahora, Dulce —dijo con la voz rota—, no habrá vuelta atrás para ti.
Se alejó, dejándome apoyada contra la encimera, fría y vacía. Se pasó una mano por el pelo, frustrado, y salió de la cocina sin mirar atrás. Me quedé allí, en la penumbra, escuchando el latido de mi propio corazón, entendiendo que mi humanidad acababa de ganar su primera batalla y que la guerra apenas comenzaba.
SEBASTIÁN
Afuera, la tormenta rugía, pero adentro de la tienda de sábanas que armamos para Lulú, el mundo era pequeño y asfixiante. Mis rodillas rozaban las de Dulce. Lulú creía que jugábamos a los exploradores, pero yo me sentía como un prisionero en el paraíso.
Estiré un dedo y acaricié el dorso de su mano, oculto bajo la luz mortecina de la linterna. Ella dio un respingo, pero no se quitó. Sus dedos se entrelazaron con los míos. Era una rendición silenciosa.
DULCE
Su tacto me quemaba. Intenté concentrarme en el cuento de dragones, pero solo sentía su pulgar acariciando mi palma en un ritmo hipnótico. Me sentía dividida: una parte de mí quería huir al convento, y la otra deseaba que Lulú se durmiera pronto para perderme otra vez en sus brazos.
Cuando la niña finalmente se durmió, el silencio se volvió denso.
—Dime que esto es solo por el juego —susurró él, su aliento rozando mi mejilla—. Dime que mañana volverás a ser la estatua de hielo y te dejaré en paz.
—No puedo —respondí, y mis ojos se llenaron de una verdad que me desgarraba—. No puedo volver atrás, Sebastián.