Entre el Cielo y el Caos

XII

DULCE

​Me desperté con una ligereza aterradora. Al estirar la mano, no encontré la lana pesada de mi hábito, sino la seda de la blusa color arena. Ponérmela se sintió como una segunda traición, pero Doña Sofía había sido clara: "Si vas a comportarte como una mujer, empieza por vestirte como una".

​Caminé hacia el comedor sintiéndome desnuda. Sin el velo, el aire en mi nuca era una caricia fría. Al entrar, Sebastián se congeló con la taza de café a medio camino. Me miró como si fuera la primera vez que veía a un ser humano.

SEBASTIÁN

​Casi derramo el café. Verla bajo la luz del sol, con esa blusa resaltando la curva de sus hombros y su cabello en una trenza floja, era una tortura de guante blanco. Mi mente no procesaba que la mujer que anoche suspiraba entre mis manos ahora sirviera cereales con una concentración digna de una neurocirujana.

​—Buenos días —dije, tratando de que mi voz no me traicionara.

​—Buenos días, señor Sebastián —respondió ella, sin levantar la vista de las tostadas.

​—Vaya, vaya —la voz de mi madre cortó el aire—. Veo que la "hermana pirata" ha decidido enterrar el tesoro. Dulce, ese color resalta tus ojos... y el hecho de que mi hijo no ha dejado de babear lo confirma.

DULCE

​—¡Doña Sofía! —exclamé, sintiendo mis mejillas arder.

​—Escúchenme bien, par de tortolitos —dijo la matriarca, volviéndose seria de golpe—. Me reí anoche, pero no olviden que Dulce todavía tiene un anillo de votos. Y tú, Sebastián, tienes una reputación que cuidar antes de que Valeria decida que tu niñera es un objetivo militar. El mundo no es una fortaleza de mantas. Afuera, las sábanas se ensucian rápido.

​Minutos después, en la terraza, Doña Sofía me entregó unas tijeras de podar y me miró fijamente.

​—Dime una cosa, Dulce ¿Te duele más el pecado, o el miedo a que se termine?

​—Me duele descubrir que me gusta más ser Dulce que ser Sor Dulce, señora.

​—Entonces ya has tomado una decisión. El problema es que Sebastián todavía no sabe que amar a una mujer como tú significa pelear contra Dios. ¿Estás lista para esa guerra?

SEBASTIÁN (En la oficina)

​El aire de mi despacho se enfrió diez grados cuando entró la Madre Superiora. No se sentó. Su hábito negro era una mancha de autoridad sobre mi alfombra de diseño.

​—Señor Sebastián —dijo, sin sentarse—. He venido porque el silencio de Sor Dulce ha empezado a ser... excesivamente ruidoso. El informe semanal que debía enviar al convento no ha llegado. Y los rumores sobre su "cambio de imagen" en el centro comercial han llegado a oídos que no deberían.

Sentí una punzada de adrenalina. Me eché hacia atrás en mi silla, tratando de recuperar mi máscara de tiburón financiero, pero la imagen de Dulce con el cabello suelto me quemaba la memoria.

—Sor Dulce está haciendo un trabajo excepcional con mi sobrina, Madre —respondí, con una calma que me costó sangre—. Si no ha escrito, es porque finalmente está viviendo una vida real, no una basada en protocolos de papel.

—La vida "real", como usted la llama, es una distracción para su alma —sentenció ella, acercándose al escritorio—. He venido a informarle que la misión de Sor Dulce termina este viernes. Volverá al convento para sus ejercicios espirituales. Necesita... purificarse.

—Ella no se va —solté, y mi voz sonó como un rugido contenido. Me puse de pie, sintiendo que la madurez se me escapaba para dar paso a un instinto territorial absoluto—. Ella no es una propiedad de su congregación. Es una mujer que por fin ha encontrado un hogar.

—Es una mujer que firmó votos eternos, señor Sebastián —replicó ella con una frialdad que me heló la sangre—. No confunda su deseo personal con la voluntad de Dios. El viernes vendré por ella. Prepare la despedida

DULCE (En el apartamento)

​Valeria entró como un huracán de veneno. Me miró de arriba abajo, deteniéndose en mi vestido azul y mi cabello suelto.

​—Vaya, la metamorfosis de la oruga —soltó una carcajada—. Te ves linda, sí. Como un juguete nuevo que Sebastián ha sacado de su caja. Pero él es un hombre de lujos, querida. Se divierte contigo porque eres un "fruto prohibido" que sabe a incienso. Pero cuando se aburra, buscará a alguien que sepa qué hacer en una cama, no a alguien que solo sepa arrodillarse para rezar. Nadie cambia su vida entera por una mujer que no puede ofrecerle un futuro.

​Sus palabras se clavaron como espinas. ¿Soy solo un experimento? ¿Una distracción religiosa?

—Sebastián no es el hombre que tú dices—susurré.

—Sebastián es un hombre maduro con necesidades reales —remató Valeria, mirándome con lástima—. Disfruta tus últimos días de disfraz de civil, monjita. Porque cuando el convento venga a reclamar lo que es suyo, él no moverá un dedo para detenerlos. Nadie cambia su vida entera por una mujer que no puede ofrecerle un futuro.

Se marchó dejándome en medio de la sala, temblando. Miré mi ropa nueva, mis manos sin el hábito y sentí que no pertenecía a ningún sitio. No era de Dios, pero el mundo de Sebastián parecía demasiado grande y cruel para mí.

SEBASTIÁN

​Entré al apartamento como un animal herido. La voz de la Madre Superiora seguía retumbando en mis oídos: "El viernes vendré por ella". El pánico de perderla se había transformado en una rabia sorda que me quemaba la garganta. Cuando vi a Dulce en la sala, todavía con esa ropa azul que la hacía ver tan real, tan mía, el corazón se me estrujó. Estaba pálida, con la mirada perdida en el ventanal.

—La Madre Superiora vino a verme, Dulce. Dice que te vas el viernes. Que tu tiempo se acabó.

​—Es lo mejor —susurró ella, y su voz sonó a cristal rompiéndose—. No pertenezco aquí. Debo irme antes de que el daño sea irreparable.

​—¡No voy a permitirlo! —la tomé por los hombros—. No eres una misión. Eres mi vida.




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