Entre el Cielo y el Caos

XIII

DULCE

​El sonido de la pesada llave girando en la cerradura del portón principal no sonó a protección, como siempre lo había hecho. Sonó a sentencia. Crucé el patio de piedra siguiendo el paso rítmico de la Madre Superiora, y por primera vez en veintidós años, el olor a incienso y cera de abeja me revolvió el estómago. No era paz; era el olor de lo estático, de lo que no cambia, de lo que se detiene para morir.

​Al entrar en mi celda, la blancura de las paredes me cegó. Todo estaba exactamente como lo dejé: la cama estrecha, el crucifijo de madera, la pequeña mesa con mi Biblia. Pero yo ya no cabía allí. Me sentí como una extranjera en mi propia piel. Me senté en el borde del colchón y el silencio del convento empezó a zumbarme en los oídos como un enjambre de abejas.

​En casa de Sebastián, el silencio siempre estaba a punto de romperse por la risa de Lulú, el tecleo frenético de su computadora o el tintineo de una taza de café. Aquí, el silencio era una losa de mármol sobre el pecho. Me miré las manos, pálidas y vacías sobre el gris de mi hábito, y sentí una oleada de náuseas. No era tristeza; era la aterradora comprensión de que había nacido de nuevo en el lugar equivocado.

​—Señor, ayúdame a encontrar el camino —susurré, cerrando los ojos.

​Pero al intentar rezar, no vi la luz divina. Vi la curva de los hombros de Sebastián bajo su camisa desabrochada. Sentí el calor de su piel bajo mis dedos torpes y la quemadura de su rechazo. "No así", había dicho él. Y en este vacío blanco, sus palabras resonaban con una crueldad nueva. Él no me quería porque yo no era una mujer; era esto: una sombra gris que solo sabía pedir perdón por existir.

​Me asomé a la pequeña ventana con barrotes. Desde aquí no se veía el horizonte, solo el muro alto del jardín. Me sentí más sola que cuando era una huérfana recién llegada. Entonces, al menos, tenía la esperanza de que Dios fuera suficiente. Ahora sabía que Dios había hecho el mundo demasiado grande, demasiado hermoso y demasiado ruidoso como para que yo pudiera conformarme con este pedazo de cielo cuadrado.

MADRE SUPERIORA

​Observé a Sor Dulce desde el umbral. Estaba de pie frente a la ventana, pero su postura no era de contemplación, sino de cautiverio. Había una rigidez en su cuello que nunca antes había visto.

​—La disciplina ayuda a calmar el corazón agitado, hermana —dije, entrando en la celda.

​—Sí, Madre —respondió con una voz que sonaba como si viniera de otra habitación.

​—Mañana retomará sus labores. El trabajo es la mejor medicina para el mundo que ha dejado atrás. El señor Sebastián ha cumplido con su donación, pero su influencia termina en este umbral. Olvídese de los lujos y las confusiones, Dulce. Aquí nada ha cambiado.

​—Ese es el problema, Madre —dijo ella, y por un segundo, levantó la vista y me miró directamente—. Todo aquí sigue igual. Pero yo ya no.

​Se hizo un silencio gélido. No hubo castigos, solo la certeza de que la mujer que había regresado no era la niña que se fue.

SEBASTIÁN

​El despacho olía a una mezcla tóxica de café doble y desesperación. Llevaba tres noches sin dormir, con la luz de los monitores quemándome las retinas. Había movido mis hilos. Mis contactos en la banca ética habían diseccionado las finanzas del convento. Y lo que encontré era una mina de oro para un tiburón como yo: el orfanato anexo estaba en la quiebra técnica.

​—Tengo a Dios por las pelotas —susurré, frotándome la cara.

​Si yo compraba esa deuda, me convertía en el dueño de los techos bajo los cuales Dulce dormía. Quería que la Madre Superiora tuviera que pedirme permiso hasta para encender una vela.

​—Estás cazando, Sebastián. No te confundas —sentenció mi madre, entrando en su silla de ruedas—. He visto a Valeria merodeando por la casa. Es patético verla intentar llenar un océano con un gotero. Pero tú... tú estás intentando comprar una puerta que Dulce cerró por vergüenza.

​—¡Ella no la cerró! —rugí—. Ese lugar es una cárcel disfrazada de santidad.

​—Se fue porque tú no supiste decirle que su torpeza era la música más hermosa que habías escuchado. Ahora quieres ser el héroe del orfanato. Pero recuerda: a una mujer que cree en lo eterno no se la recupera con un cheque.

LULÚ

​Me acerqué al tío Sebastián y le tiré de la manga. Sus ojos daban miedo, estaban rojos y tristes.

​—Tío, ¿si tú compras el orfanato, puedes hacer que Dulce vuelva? —susurré—. Ella dijo que Dios la necesitaba allí. Pero nosotros la necesitamos más. Dile a Dios que comparta un poquito.

​Sebastián se arrodilló frente a mí. Sus dedos temblaban sobre mi hombro.

​—Voy a hacer un trato, princesa —me prometió con una voz que sonaba a cristal roto—. Voy a salvar su casa, para que ella no tenga que preocuparse por nada. Y cuando firme los papeles, te llevaré conmigo.

DULCE (La hora del Catecismo)

​El despertador de las cuatro y media sonó con la misma frialdad de siempre. Me lavé la cara con agua helada y me ajusté el hábito. Cada pliegue de la tela se sentía como una cadena.

​En la capilla, mis labios se movían con los salmos, pero mi mente estaba en una terraza de cristal, sintiendo la mirada de un hombre que me quemaba la espalda. A las diez, me dirigí al orfanato.

​—Sor Dulce, ¿por qué está tan pálida? —preguntó Pedrito—. ¿Es porque ya no usa el vestido azul? Las hermanas dicen que ese vestido era una prueba del demonio.

​Sentí que el aire se me escapaba. Todos sabían que la "hermana pura" había vuelto manchada por el mundo. Intenté hablar de las bienaventuranzas, pero las palabras eran arena en mi boca. No podía hablar de "limpios de corazón" cuando mi mente estaba llena de imágenes de Sebastián desabrochándose la camisa.

​Al terminar, me refugié en la lavandería. Necesitaba el vapor y el ruido de las máquinas para ahogar mis pensamientos. Restregaba una sábana con violencia cuando entró la Superiora.




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