VALERIA
Entré en el apartamento de Sebastián pisando fuerte, con mis tacones de aguja resonando sobre el mármol como una declaración de guerra.
Llevaba una bolsa de Le Bon Marché con un vestido para Lulú y una selección de quesos franceses para Doña Sofía. Era el momento de ocupar el vacío que la "hermanita" había dejado. El campo estaba libre.
Pero al cruzar la estancia, me detuve. El aire seguía oliendo a lavanda y jabón neutro. Ese olor humilde, casi infantil, que Dulce desprendía y que parecía haberse filtrado en las cortinas. Me irritó profundamente.
—¿Sebastián? —llamé, dejando las bolsas sobre la mesa de cristal.
—Mi hijo no está, Valeria. Ha ido a librar una batalla de la que probablemente regrese con el escudo roto —la voz de Doña Sofía vino desde el rincón de la biblioteca.
Estaba allí, sentada en su silla de ruedas, envuelta en una pashmina de seda gris, con un libro de poemas de Santa Teresa en el regazo. Me miró por encima de sus gafas de cadena con una intensidad que me hizo sentir como si mi maquillaje fuera una máscara de carnaval.
—Oh, Doña Sofía. He traído algunas cosas para animar la casa. Lulú debe estar muy triste, y Sebastián necesita a alguien que sepa organizar su agenda social ahora que... bueno, ahora que la distracción se ha ido.
DOÑA SOFÍA
Observé a Valeria. Es una mujer hermosa, no cabe duda. Una belleza afilada, construida a base de gimnasio, clínicas de estética y una voluntad de hierro.
Pero es una belleza que no tiene donde descansar. Se mueve con una ansiedad que delata su miedo: el miedo a ser irrelevante.
—Siéntate, Valeria —le dije, señalando el sofá frente a mí—. Deja los quesos. A mi edad, el colesterol es el menor de mis enemigos. Hablemos de lo que realmente te ha traído aquí.
—Solo quiero ayudar, Sofía. Sabes que siempre he estado para Sebastián.
—Has estado orbitando, que es distinto —respondí, cerrando el libro con un golpe seco—. Quieres llenar el lugar de Dulce, pero estás cometiendo un error de cálculo empresarial, y tú eres buena en los negocios. Intentas competir con ella usando las armas que conoces: estatus, sofisticación y esa seguridad agresiva.
Valeria se tensó, cruzando sus piernas perfectas.
—Dulce es una monja, Sofía. No tiene nada que
ofrecerrle a un hombre como Sebastián a largo plazo. Fue una curiosidad. Un "pecado" con hábito.
—Te equivocas —le dije, suavizando el tono pero endureciendo la mirada—. Dulce no es su pecado, es su espejo. Ella le devolvió la capacidad de sentir algo que tú nunca has podido darle: paz. Sebastián no busca una socia para sus eventos; busca un hogar donde pueda dejar de ser el "tiburón". Y tú, querida, eres demasiado parecida al mar en el que él ya está cansado de nadar.
VALERIA
Sentí que sus palabras me quemaban. Me puse en pie, incapaz de quedarme quieta. La frustración me subía por la garganta.
—¡Ella ni siquiera sabe cómo ser mujer! —exclamé, y mi voz sonó más aguda de lo que pretendía—. Fui a verla. Le dije la verdad. Le dije que Sebastián se aburriría de su ignorancia, de su falta de mundo. Y ella me creyó, Sofía. Se fue porque sabe que no puede competir conmigo en una cama o en una cena de gala.
Doña Sofía me miró con una lástima que me dolió más que un insulto.
—Entonces has ganado, Valeria —dijo ella, con una sonrisa triste—. Has logrado que se vaya. Pero dime una cosa: ahora que la casa está vacía de ella, ¿por qué siento que Sebastián está más lejos de ti que nunca? ¿Por qué cada vez que él entra por esa puerta, busca en el aire el olor a lavanda y no el tuyo?
Me quedé sin palabras. Miré el pasillo que llevaba a la habitación de Lulú. Sabía que la niña me odiaba. Sabía que Sebastián apenas me dirigía la palabra. Había sacado a la rival del tablero, pero el fantasma de su pureza se había convertido en un muro infranqueable. Me sentía pequeña, envidiosa y terriblemente sola, a pesar de mis zapatos de mil dólares.
LULÚ
Salí de mi cuarto cuando escuché que la puerta se cerraba. Esa señora Valeria siempre olía demasiado fuerte, como si quisiera tapar algo feo. Fui hacia mi abuela y me senté a sus pies.
—Abuela, ¿el tío Sebastián va a traer a Dulce? —pregunté.
—Lo está intentando, pequeña. Pero a veces, para rescatar a alguien, primero tienes que convencerla de que quiere ser rescatada.
—Ella quiere —dije, apretando a Copito contra mi pecho—. Ella lloraba cuando se ponía el vestido gris. Yo la vi. Lloraba como si se estuviera despidiendo de sí misma.
Doña Sofía me acarició el pelo. Sus manos estaban frías, pero su mirada era como el fuego.
—Entonces tendremos que esperar a que el dolor sea más grande que el miedo, Lulú. Y cuando eso pase, necesitaremos que tu tío sea un hombre, no un consultor.
DULCE
La Madre Superiora me había entregado el formulario de "Renovación de Votos Temporales". El papel, blanco y frío, descansaba sobre mi pequeña mesa. Solo faltaba mi firma para sellar mi destino un año más.
Pero mi mano se negaba a sostener la pluma.
Me puse a organizar mi pequeño baúl, buscando un pañuelo, cuando mis dedos rozaron algo metálico en el fondo, envuelto en un trozo de papel de seda.
Lo saqué con cuidado. Era el pequeño dije de un ángel de plata que Lulú me había dado mi última noche en la casa, cuando ella creía que yo solo iba a dormir y volvería al desayuno.
"Es para que no te pierdas en el cielo, Dulce", me había dicho con su voz de cristal.
Al sostenerlo, el peso de la plata pareció pesar más que todo el convento. Recordé sus rizos despeinados, su olor a galletas y esa forma en que se aferraba a mi pierna cuando tenía miedo.
Me di cuenta de que no estaba pecando por amar a Sebastián; estaba pecando por negar que mi corazón ya no le pertenecía a este altar, sino a una niña que necesitaba una madre y a un hombre que, a su manera torpe y caótica, me había enseñado que yo era real.