SEBASTIÁN
Regresé al convento con un fajo de documentos legales bajo el brazo y una presión en el pecho que apenas me dejaba respirar. Mi abogado me había advertido que la "donación condicionada" era un terreno pantanoso, pero no me importaba. Necesitaba una excusa, cualquier pretexto burocrático para cruzar ese portón y confirmar que ella seguía allí, que no la habían enviado a una misión en el fin del mundo para castigarnos a ambos.
La reunión con la Madre Superiora fue un ejercicio de hipocresía mutua. Ella firmó los anexos de la auditoría con una calma gélida, mientras yo mantenía la vista fija en la puerta de su oficina, esperando que el azar —o mi desesperación— hiciera aparecer la silueta gris de Dulce.
—¿Busca algo más, señor Sebastián? —preguntó la Superiora, cerrando la pluma estilográfica con un clic que sonó a sentencia.
—Solo me aseguraba de que el personal asignado al orfanato esté recibiendo los recursos adecuados —mentí, con la garganta seca—. Especialmente Sor Dulce. Ella conoce las necesidades de los niños mejor que nadie.
—La organización interna del convento ya no es un asunto que le competa, caballero —respondió ella, poniéndose de pie—. Hermana Clara lo acompañará a la salida. Que tenga un buen día.
SEBASTIÁN
Salí de la oficina sintiendo que el aire se espesaba. Recorrí el pasillo de piedra, el mismo donde días atrás nuestras miradas se habían chocado como dos trenes en marcha. Busqué en cada sombra, en cada puerta entreabierta, en cada figura encapuchada que se cruzaba en mi camino. Nada. Solo el eco de mis propios pasos y el olor a cera vieja.
La Hermana Clara, una mujer mayor de rostro amable que apenas me llegaba al hombro, caminaba a mi lado en un silencio absoluto. Al llegar al portón de hierro que daba a la calle, se detuvo. Miró hacia atrás, asegurándose de que el patio estuviera desierto, y luego me miró a mí con una mezcla de lástima y urgencia.
—Señor... —susurró, apenas moviendo los labios—. No la busque más aquí.
El corazón me dio un vuelco violento. La tomé del brazo, quizá con demasiada fuerza.
—¿Dónde está? ¿A dónde se la han llevado? Si la han castigado por mi culpa, juro que...
—Nadie se la ha llevado —me interrumpió ella, bajando la voz aún más—. Sor Dulce ya no pertenece a esta casa. Ha solicitado el Indulto de Salida. Ha renunciado a sus votos, caballero. Se fue hace dos días.
El mundo se tambaleó bajo mis pies. Solté su brazo, sintiendo un vacío repentino en el estómago. ¿Renunciado? ¿Dulce, la mujer que creía que el convento era el centro del universo, se había marchado voluntariamente?
—¿A dónde ha ido? —pregunté, con la voz rota—. Dígame una dirección, un teléfono... ¡Algo! Ella no tiene a nadie fuera de estos muros. No sabe cómo funciona el mundo, no tiene dinero, no...
—No sabemos nada, señor —respondió la hermana Clara, abriendo la pesada puerta de hierro—. Salió con una maleta pequeña y el viático de subsistencia que marca la ley. Dijo que necesitaba encontrarse a sí misma antes de encontrar a cualquier otra persona. No dejó rastro.
—¡No puede ser! —rugí, ganándome una mirada de reproche de la religiosa—. Está sola ahí fuera. ¿Cómo han podido dejarla ir así, sin más?
—Ella ya no es una niña, señor Sebastián. Es una mujer libre. Una libertad que ella misma eligió. Que Dios lo ilumine para encontrarla, si es que ella desea ser encontrada.
La puerta se cerró con un estruendo metálico que resonó en toda la calle. Me quedé allí parado, en medio de la acera, rodeado de gente que caminaba deprisa hacia sus oficinas. Miré el tráfico, los edificios altos, el caos de la ciudad. Dulce estaba en algún lugar de ese laberinto, vestida de civil, asustada, sin un techo seguro y, lo peor de todo, sin haberme llamado.
—¿Por qué no me buscaste, Dulce? —murmuré, golpeando el muro de piedra con el puño—. ¿Por qué te escondes de mí ahora que eres libre?
Entendí entonces que mi dinero y mi poder no servían para nada. Ella no quería ser rescatada por un millonario; quería sobrevivir como una persona real. Y yo, el hombre que supuestamente lo sabía todo, no tenía ni la menor idea de por dónde empezar a buscar a una mujer que no quería que la encontraran.
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SEBASTIÁN
—Quiero cámaras, registros de cajeros, terminales de autobuses y listas de pensiones de baja estofa —le ladré a Marcos, mi jefe de seguridad, mientras caminaba de un lado a otro en mi despacho—. No me importa el presupuesto.
—Señor, con todo respeto... si ella no ha usado su identificación ni ha contactado a nadie del entorno, es como buscar un fantasma en una tormenta de nieve. Una mujer con su perfil se funde con la ciudad. No tiene redes sociales, no tiene teléfono móvil... es invisible para el sistema moderno.
Golpeé el escritorio con el puño. La frustración me estaba devorando. Yo era un hombre que movía mercados financieros con un clic, pero no podía encontrar a una mujer que probablemente estaba a menos de diez kilómetros de mí.
—Entonces busquen a la antigua. Pregunten en comedores sociales, en refugios, en iglesias. Alguien tiene que haber visto esa cara en esta ciudad de locos.
Me dejé caer en la silla, mirando el mapa de la ciudad en mi monitor. Estaba usando la fuerza bruta del dinero para forzar un encuentro que ella claramente no quería. Me sentía un depredador, y lo odiaba, pero la idea de Dulce pasando frío o hambre me impedía cerrar los ojos.
DULCE
Hacia el cuarto día, la duda intentó colarse en mi habitación junto con el frío que entraba por la rendija de la ventana. Mis ahorros se terminaban y la ciudad me gritaba que yo no era bienvenida. Pero esa noche, en lugar de llorar, me arrodillé sobre el suelo de madera crujiente y simplemente di las gracias. Gracias por el silencio que no era impuesto, sino elegido.
Al quinto día, el milagro ocurrió.
No fue una multinacional, ni un puesto de oficina. Fue una pequeña mercería llamada "El Botón de Oro", en una calle estrecha que olía a pan recién horneado. La dueña, la señora Marta, una mujer de manos artríticas y ojos cansados, me miró mientras yo examinaba un encaje en el escaparate.
—¿Sabes coser, niña? —me preguntó desde la puerta.
—He cosido hábitos y remendado sábanas durante quince años, señora —respondí con una sonrisa honesta.
Me puso una aguja y un trozo de seda en las manos. Mis dedos, entrenados en la precisión del bordado litúrgico, se movieron con una gracia que la dejó muda.
—Empiezas mañana. El sueldo es poco, pero tengo una habitación arriba que está vacía. Es pequeña, pero tiene luz de sol.