Entre el Cielo y el Caos

XVI

El cristal de mi oficina en el piso cuarenta se sentía hoy como una vitrina de acuario: aislante, fría y absurdamente alta. Intenté concentrarme en las gráficas de velas japonesas que bailaban en mi monitor, pero solo veía el entrelazado de un lazo azul. El lazo que Dulce había hecho con sus propias manos.

Miré el reloj: 4:15 p.m. A esta hora, ella estaría cruzando el umbral de mi apartamento. Estaría abrazando a Lulú, oliendo a esa mezcla de libertad y cansancio que mi madre describió. Sabía su horario de memoria porque me había convertido en un experto en evitarlo. Llegar tarde se había vuelto mi nueva penitencia; un sacrificio de silencio para no romper el frágil capullo en el que ella estaba naciendo.

Pero hoy, la ciudad pesaba demasiado. La silla de cuero me quemaba y la duda de si seguía siendo real o solo un fantasma en mi memoria me desbordó.

—Cierra todo, Marcos. Me voy —le dije a mi jefe de seguridad por el intercomunicador.
—¿Al ático, señor? Todavía es temprano, ella...
—Lo sé. No voy a subir. Solo... necesito aire.

Conducir por el tráfico se sintió como una carrera contra mi propio pulso. Aparqué a una manzana de distancia, ocultando el Mercedes entre coches más modestos. Me bajé, me subí el cuello de la gabardina y me aposté en el soportal de una librería antigua, justo enfrente de la entrada de mi edificio.

Me sentí ridículo. Yo, el hombre que cerraba fusiones millonarias, estaba escondido tras una columna, con el corazón martilleando como el de un adolescente que se salta las clases. Experimenté esa mezcla punzante de adrenalina y vergüenza que siente alguien que sabe que está invadiendo una frontera, pero que es incapaz de retroceder. Mis manos, dentro de los bolsillos, sudaban. Cada vez que la puerta de cristal del edificio se abría, sentía un vuelco eléctrico en el estómago que me dejaba sin aire.
Entonces, la vi salir.
El mundo pareció recuperar el color de golpe. Dulce no caminaba, flotaba con una determinación que nunca tuvo con el hábito gris. Llevaba un vestido de punto sencillo y una chaqueta que le quedaba un poco grande, pero su rostro... Dios, su rostro era una revelación. No miraba al suelo buscando perdón; miraba al cielo, a los coches, a la gente, con una curiosidad voraz. Llevaba la trenza un poco desecha y una mancha de hilo rojo pegada a la manga. Se veía viva. Se veía libre de mí.
Y eso fue lo que más me dolió y me fascinó a la vez: ver que ella podía ser feliz sin mi protección. Sentí una punzada de soledad física, un vacío en el pecho al entender que ella ya no era mi "misión", sino una mujer que no me necesitaba para respirar.
Ella empezó a caminar hacia la estación del metro, con paso ligero. "Déjala ir", me gritó la voz de mi madre en mi cabeza. "Respeta el silencio".
Pero mi cuerpo no obedeció. Antes de que pudiera procesar la lógica, mis pies ya se estaban moviendo. La seguí a una distancia prudente, fundiéndome entre la multitud. Me sentía como un intruso en su nueva vida, un ladrón de momentos. Quería saber dónde descansaba su cabeza por la noche, si el lugar era digno de ella, si pasaba frío.
No era control, o al menos eso intentaba decirme. Era una necesidad animal de asegurar que el mundo no la lastimara ahora que finalmente se había atrevido a abrir los ojos. La seguí por calles que nunca había pisado, sintiendo que cada paso nos alejaba del consultor y la monja, y nos acercaba a algo mucho más real y definitivo.
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La seguí a través de calles que mi GPS probablemente ni siquiera reconocía. El aire aquí no olía a oficina climatizada, sino a fritura, a escape de autobús y, a medida que nos adentramos en el barrio antiguo, a pan recién horneado. Dulce caminaba con una ligereza que me resultaba ajena; esquivaba charcos y saludaba a un vendedor de periódicos con una inclinación de cabeza que ya no era sumisión, sino cortesía entre iguales.
Se detuvo ante una fachada estrecha con un cartel de madera desconchada: "El Botón de Oro".
Me oculté tras el quiosco de la esquina, sintiendo el frío del metal en mi espalda. Mi corazón latía con una mezcla de alivio y angustia. Verla entrar allí, bajo esa luz cálida y amarillenta, fue como ver a un pájaro regresar a un nido que yo no había construido.
Me acerqué al escaparate, manteniéndome en las sombras de los edificios colindantes. A través del cristal empañado, la vi.
Dulce se había quitado la chaqueta y ahora llevaba un delantal de lino con hilos colgando. Estaba frente a una mujer mayor, de rostro severo y manos nudosas que supuse sería Marta. No había rastro de la "hermana pirata" asustada. Vi a Dulce reír —una risa auténtica, sin filtros— mientras le enseñaba a la anciana un bordado.
Observé cómo interactuaban. La mujer le dio un palmetazo cariñoso en el hombro y le alcanzó una taza de café en una loza desconchada. Dulce la aceptó con ambas manos, cerrando los ojos al aspirar el vapor. Sentí una envidia física, punzante. Esa mujer le estaba dando algo que yo, con todo mi patrimonio, no había logrado: un espacio donde no tenía que ser perfecta, ni santa, ni una misión. Solo una muchacha que sabe coser.
Verla tan integrada en esa precariedad luminosa me hizo sentir pequeño. Mi traje de sastre y mis zapatos de lujo me pesaban como una armadura ridícula en esa calle de trabajadores. Experimenté la humildad del observador que entiende que ha estado intentando comprar un océano con un vaso de agua. Ella no necesitaba mi ático; necesitaba ese rincón lleno de cajas de cremalleras y olor a polvo antiguo.
Cuando el reloj de la torre cercana dio las ocho, vi a Dulce darle un beso en la mejilla a la mujer y subir por una escalera de madera que crujió incluso hasta donde yo estaba. Una luz se encendió en la ventana de arriba. Un cuadrado de luz pequeña, humilde. Su refugio.
Esperé a que la silueta de Dulce se proyectara un momento en la cortina y luego desapareciera. El silencio cayó sobre la calle, solo interrumpido por el sonido de Marta recogiendo los últimos encajes del mostrador.
Fue entonces cuando mis pies decidieron por mí. Crucé la calle y empujé la puerta. El timbre anunció mi entrada con un tintineo que sonó a traición.
La mujer no levantó la vista de inmediato.
—Ya estamos cerrando, caballero. Si busca botones para ese traje, vuelva mañana. Aquí no tenemos nada que esté a su altura —dijo con una voz de lija, sin dejar de doblar una pieza de seda.
Me quedé parado en medio del local, rodeado de hilos de colores que parecían venas expuestas.
—No busco botones —dije, y mi voz sonó ronca, cargada de una verdad que ya no podía esconder—. Busco a la mujer que acaba de subir esas escaleras.
Ella se detuvo en seco. Se ajustó las gafas y me miró con unos ojos que habían visto pasar demasiados inviernos. Me escaneó de arriba abajo, deteniéndose en mi reloj y luego en mis ojos rojos de insomnio.
—Así que tú eres el "Sr. Sebastián" —sentenció, dejando la seda sobre el mostrador—. Dulce dice que tiene ojos brillantes, pero yo solo veo a un hombre que tiene mucha sed y está parado frente a un pozo que no sabe cómo usar.
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SEBASTIÁN
No recuerdo haber tomado la decisión de subir. Solo recuerdo el sonido de mis propios pasos, pesados y rítmicos, contra la madera vieja de la escalera. Abajo, Marta se había quedado en silencio, observándome con una mezcla de advertencia y una sabiduría cansada. Me había dicho que la puerta no tenía llave, porque "en esta casa, quien entra es porque ha sido invitado por el destino".
Me detuve frente a la puerta de madera clara. Podía oír el zumbido de un pequeño calefactor y el goteo de una tubería. Mi respiración era un desastre. Me ajusté la chaqueta, tratando de recuperar al hombre que tiene el control, pero mis dedos temblaban.
Llamé dos veces. Suave. Casi esperando que no contestara.
—¿Marta? ¿Te olvidaste las llaves otra vez? —su voz llegó desde el otro lado, amortiguada por la madera.
La puerta se abrió.
El aire se me escapó de los pulmones. Dulce estaba allí, pero no era Sor Dulce, ni la mujer elegante del centro comercial. Llevaba una camiseta de algodón blanco, demasiado grande, y unos pantalones de pijama sencillos. Tenía el cabello húmedo, suelto, cayendo en mechones oscuros sobre sus hombros; el olor a jabón neutro y agua caliente me golpeó con la fuerza de un huracán. Tenía la piel rosada por el vapor y los ojos limpios, desprevenidos.
—Sebastián… —susurró. Su voz no fue una protesta, fue un reconocimiento que me partió el alma.
Me quedé congelado en el umbral. La habitación era minúscula: una cama estrecha, una mesa con hilos y una ventana que daba al vacío. Me sentí un gigante torpe invadiendo un santuario.
—Me prometí que te daría espacio —dije, y mi voz salió rota, como si tuviera cristales en la garganta—. Me juré a mí mismo que respetaría tu silencio, que dejaría que fueras libre de mí. Pero no puedo, Dulce. No puedo seguir despertando en una casa que tiene tu olor pero no tu voz. No puedo seguir fingiendo que no me estoy muriendo por dentro.
Ella dio un paso atrás, abrumada por la descarga de mis palabras. Sus labios se entreabrieron, intentando formular una defensa, una excusa de manual de novicia, pero no le di tiempo.
Acorralé el espacio que nos separaba. No fue un movimiento elegante de película; fue una necesidad física, urgente. La tomé por la nuca, con mis dedos enredándose en su pelo húmedo, y la otra mano buscó su cintura con una firmeza que rozaba la desesperación.
La besé.
No fue un beso casto. Fue un beso que sabía a las noches de insomnio, al hambre de días de búsqueda, a la espera y a la rabia de haberla perdido. Fue un contacto crudo y real. Sentí su cuerpo tensarse por la sorpresa y luego, tras un segundo que pareció un siglo, sentí cómo sus manos se aferraban a las solapas de mi gabardina, arrugando el tejido caro con una fuerza que me dijo que ella también estaba al límite.
La atraje hacia mí hasta que no quedó aire entre nosotros, saboreando el calor de su piel recién duchada. En ese rincón miserable sobre una mercería, rodeado de hilos y pobreza, sentí que finalmente había dejado de ser un náufrago para convertirme, simplemente, en un hombre que ha encontrado su hogar.
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