DULCE
Escuché el crujido del último escalón y, luego, el tintineo de la campana de la tienda abajo. El silencio que regresó a mi habitación no era paz; era un vacío ensordecedor que me oprimía los pulmones. Me dejé caer en la silla de costura, con las piernas temblando tanto que temí que el suelo se hundiera.
Me toqué los labios. Todavía estaban calientes, todavía sabían a él. Miré mis manos, las mismas que hace un minuto desabrochaban su camisa con una urgencia que me avergonzaba y me fascinaba a partes iguales. "Mujer incompleta", me susurró una voz oscura en mi mente. ¿Qué podía ofrecerle yo a un hombre que lo ha tenido todo? Valeria tenía razón en algo: yo no sé ser la mujer de los eventos, ni la de las cenas de gala, ni... ni la que sabe qué hacer en una cama sin sentir que está robando un fuego que no le pertenece.
Me levanté y me miré en el pequeño espejo gastado sobre la cómoda. Mi reflejo era un desastre de cabello suelto y ojos empañados.
—Lo estoy alejando —susurré al vidrio.
Me di cuenta, con una punzada de pánico, de que mis silencios y mis huidas no le estaban diciendo "tengo miedo"; le estaban diciendo "no te quiero". Le estaba enviando el mensaje de que su amor era una carga, cuando en realidad es el único motor que me mantiene en pie en esta ciudad gris. Sebastián, el hombre que derriba murallas, estaba interpretando mi necesidad de encontrarme como un deseo de librarme de él.
"Espérame", quería gritar hacia la ventana. "Espérame hasta que aprenda que mi valor no depende de un hábito ni de la seguridad que puedes ofrecerme. Espérame hasta que esta Dulce que cose botones aprenda a mirar a los ojos a la mujer que desea ser tuya sin pedir perdón".
Pero no bajé. Me quedé allí, apretando el dije del ángel de Lulú contra mi pecho, entendiendo que mi mayor pecado no había sido el beso, sino mi cobardía de no decirle la verdad: que lo amo tanto que necesito ser alguien antes de entregárselo todo.
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SEBASTIÁN
Escuché la puerta principal. Escuché su voz, esa melodía suave que me había desarmado la noche anterior. Mi primer instinto fue salir, tomarla de los hombros y exigirle que me explicara por qué me besa como si fuera el fin del mundo para luego echarme de su vida en nombre del respeto a una mercera.
Pero no me moví. Me quedé sentado frente a los monitores apagados, con la cabeza entre las manos. Si salía ahora, volvería a ser el "tiburón" que intenta comprar su voluntad. Si ella no abría esa puerta y entraba por su propio pie, yo no iba a forzar la entrada. Me dolía el orgullo, sí, pero me dolía más la incertidumbre. "Espérame", me había parecido leer en sus ojos, pero mis oídos solo habían escuchado "vete".
Escuché sus risas con Lulú en el salón. El sonido de las tazas, el murmullo de un cuento. Cada minuto era una tortura de deseo y contención. Quería que abriera mi puerta. Quería que irrumpiera en mi despacho y me dijera que me equivocaba. Pero el silencio de su lado del pasillo fue mi sentencia.
DULCE
Pasaron dos horas. Miré el reloj de la pared una y otra vez, esperando que la puerta del despacho se abriera, que él saliera aunque fuera por un vaso de agua, para poder decirle con la mirada lo que mi boca no se atrevía: No te vayas de mi lado mientras me encuentro.
Pero la puerta no se movió. Entendí que él también estaba herido, que mi mensaje de anoche había sido el incorrecto. Me levanté del sofá, sintiendo que el lino de mi falda me pesaba como el plomo.
—Tengo que irme, Lulú. Marta me espera.
Caminé hacia la entrada, pero antes de salir, me detuve frente a Doña Sofía, que me observaba desde la biblioteca con una sabiduría que me daba escalofríos.
—Señora… —empecé, bajando la voz—. ¿Podría darme el número de teléfono del señor Sebastián?
Ella levantó una ceja, con una pequeña sonrisa de complicidad asomando en sus labios.
—¿El personal o el de la oficina, Dulce?
—El suyo —susurré—. El que contesta él mismo.
SEBASTIÁN
Escuché el clic definitivo de la puerta principal. Solo entonces me levanté y caminé hacia el ventanal del salón. La vi salir del edificio, pequeña y decidida, fundiéndose con la multitud de la calle. Me sentí vacío, como si se hubiera llevado el aire de la estancia con ella.
—Se ha ido, hijo —dijo mi madre desde la sombra—. Se ha llevado tu número privado. Prepárate, porque creo que la "hermana pirata" está a punto de aprender a usar la tecnología para decirte lo que no se atreve a decirte a la cara.
Miré mi teléfono sobre la mesa de cristal. Estaba en silencio, pero por primera vez, sentí que la espera tenía un propósito.
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SEBASTIÁN
Llevaba tres horas con el teléfono pegado al muslo, tanto que sentía que la vibración me había perforado el fémur. Cada vez que la pantalla se iluminaba con un correo de la oficina, soltaba una maldición.
Entonces ocurrió. Un número desconocido. Un número que no figuraba en mi agenda de contactos de alto nivel, pero que mi corazón reconoció antes que mi cerebro.
Inspiré hondo. Me coloqué la máscara de "tiburón de las finanzas", esa que uso para cerrar tratos de ocho cifras sin pestañear. Mi madre me había dicho que le diera silencio, y yo iba a darle un desierto entero.
—¿Diga? —solté. Mi voz sonó tan seca que podría haber encendido una cerilla con ella.
DULCE
Estaba escondida en el almacén de la mercería, rodeada de cajas de botones de nácar que parecían juzgarme. Tenía el auricular apretado contra la oreja con tanta fuerza que me dolía el cartílago. Al escuchar su voz, el "hola" que había practicado frente al espejo del baño se me quedó atascado en la garganta.
—¿Señor... Sebastián? —balbuceé.
—Él habla. ¿Quién es? —respondió él. El tono era tan gélido que me hizo revisar si no me había metido por error en la cámara frigorífica de una carnicería.
—Es... soy yo. Dulce.
—Ah. La señorita de la mercería —hubo un silencio pesado, cortante—. ¿Pasa algo con el lazo de Lulú? ¿Viene defectuoso?