Entre el Cielo y el Caos

XVIII

SEBASTIÁN

La puerta de madera crujió y ella salió. Me quedé mudo.

Había visto a Dulce con el hábito gris, con el lino azul de "mujer de casa" y hasta en pijama, pero verla allí, bajo la luz cruda de la farola, con su ropa sencilla y esa mirada de "aquí estoy yo", me desarmó por completo. Era Dulce. Simplemente Dulce.

—He tardado trece minutos y doce segundos —dije, tratando de recuperar mi cinismo, aunque mi voz me traicionó con un hilo de ternura—. Tokio se va a poner muy celoso.

DULCE

Me detuve a unos pasos, apretando los puños en los bolsillos de mi rebeca de lana. No sabía qué hacer con mis manos, ni con mi cara, ni con ese "te quiero" que todavía me vibraba en los dientes.
—¿De verdad ha mandado a paseo a los japoneses por venir a un callejón que huele a fritura, señor Sebastián? —solté, y mi voz salió pequeña, pero con una nota de travesura que ni yo conocía.

SEBASTIÁN
—A la mierda Tokio, Dulce —dije, y mi voz sonó como un rugido que se deshace—. He venido porque has dicho que me quieres. Y porque ahora mismo este callejón es el único sitio del mundo donde siento que puedo respirar.
Di un paso hacia ella, rompiendo la distancia de seguridad que ella intentaba mantener. No la toqué, no todavía. Solo dejé que mi sombra la cubriera, sintiendo cómo el calor de su cuerpo empezaba a derretir el invierno que llevaba dentro desde que se fue del ático.

DULCE
Su cercanía era un incendio. Ya no había confesionarios, ni votos, ni sábanas de lino egipcio para escondernos. Solo estábamos nosotros, una farola que parpadeaba y el olor a pan recién horneado de la esquina.
—Sabe que no tengo nada que ofrecerle, ¿verdad? —susurré, obligándome a mirarlo a los ojos—. Solo mis manos que cosen botones y un cuarto arriba que es más pequeño que su vestidor.
Sebastián soltó una risa ronca, una que no era de triunfo, sino de alivio puro.
—Dulce... —me tomó de las manos, y sentí sus dedos largos y cálidos envolviendo mis nudillos ásperos—. Llevo toda la vida comprando cosas que no necesito. No he venido a buscar un activo para mi empresa. He venido a buscar mi casa. Y resulta que mi casa tiene una trenza despeinada y me acaba de confesar que ama mis besos.

El sonido de una ventana de madera chirriando sobre nuestras cabezas cortó el aire como un hachazo. Levanté la vista y vi a Marta, con su camisón de franela y los rulos puestos, asomada al vacío con una zapatilla en la mano.
—¡Eh, par de tortolitos con sobredosis de azúcar! —gritó Marta, y su voz de lija retumbó en todo el callejón—. ¡Aquí la gente trabaja mañana y no necesitamos que vuestras hormonas nos despierten a los gatos!
Sebastián no soltó mis manos.
—Lo siento, señora Marta —respondió él, y me miró con una chispa de diversión que me hizo querer desaparecer—. Solo estábamos... negociando un contrato.
—¡Pues negocien en otro lado! —replicó la anciana, señalando con la zapatilla hacia el Mercedes—. Caballero, tiene usted un coche que cuesta más que todo este barrio junto. ¿Por qué no usa esos asientos de cuero para algo más que lucirlos? ¡Llévesela a que le dé el aire, o métanse en un portal, pero dejen de dar el espectáculo bajo mi farola! ¡Dulce, que pareces una estatua de sal, hija! ¡Muévete antes de que te salgan raíces!
La ventana se cerró con un golpe seco, dejándonos de nuevo en el silencio, pero ahora cargado de una electricidad distinta.

Sentí que la sangre me subía a la cara con tanta fuerza que mis orejas debían de estar brillando en la oscuridad. Solté las manos de Sebastián y me cubrí el rostro, sintiendo el calor abrasador de mi propia vergüenza.
—¡Dios mío! —balbuceé tras mis dedos—. Marta nos ha visto... ha dicho... ¡No voy a poder mirarla a la cara mañana mientras desayunamos lentejas!
Sentía que el mundo se derretía bajo mis pies. "Asientos de cuero". La indirecta de Marta era tan grande como un camión que hasta yo pude entenderla y se me había clavado en el centro del orgullo.

SEBASTIÁN
No pude evitarlo. Solté una carcajada limpia, sonora, de esas que no usaba desde que era un niño. Ver a Dulce intentando esconderse tras sus propias manos mientras Marta nos echaba la caballería encima era la escena más surrealista y perfecta de mi vida.
Me acerqué a ella y, con suavidad, le retiré las manos de la cara. Estaba roja como un tomate, con los ojos brillantes de pura humillación.
—Tiene razón, Dulce —susurré, bajando el tono mientras le abría la puerta del copiloto—. Mi ética profesional me dice que los contratos importantes no se firman en la acera. Y mi paciencia... bueno, mi paciencia se ha quedado en el piso cuarenta de mi oficina. Sube. Vamos a un sitio donde el único testigo no sea una señora con rulos y una zapatilla.

El motor del Mercedes apenas emitía un susurro mientras ascendíamos por la carretera que serpenteaba hacia el cerro. A mi lado, Dulce iba pegada a la puerta, como si el cuero del asiento quemara. La luz de los túneles bañaba su rostro de forma intermitente, revelando sus manos entrelazadas con fuerza sobre el regazo.
Llegamos al mirador. La ciudad se extendía a nuestros pies como un manto de diamantes derramados sobre terciopelo negro. Apagué el motor y el silencio se volvió tan denso que podía escuchar el tictac de mi propio reloj.
—Aquí no hay rulos, ni zapatillas, ni conferencias con Tokio —dije, girándome hacia ella—. Solo estamos tú, yo y un montón de luces que no saben quiénes somos.

DULCE
Miré por la ventanilla, abrumada. Nunca había visto el mundo desde tan alto sin que hubiera una cruz de piedra de por medio. El aire aquí arriba era más puro, pero mi pecho seguía apretado. El roce de mi falda contra el asiento de cuero me recordaba las palabras de Marta y sentía que el calor me volvía a subir por el cuello.
—Es... es demasiado grande —susurré, refiriéndome a la ciudad, aunque en realidad hablaba de lo que sentía por el hombre que tenía a centímetros de distancia—. Me hace sentir pequeña otra vez, Sebastián. Como si fuera una mancha de humedad en una de sus paredes de mármol.




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