Entre el Cielo y el Caos

Epilogo

DULCE

El lino color arena no pesaba en mis hombros; flotaba. Me miré en el espejo de cuerpo entero del apartamento, el mismo donde una vez me vi como una "hermana pirata". Hoy, el reflejo era de una mujer que no huía. Llevaba un vestido sencillo, sin encajes ni artificios, solo una tela suave que sabía a libertad y el lazo azul que bordé para Lulú, ahora delicadamente cosido en el velo corto que sujetaba mi cabello, una marea oscura que caía libre por mi espalda.

Doña Sofía, impecable en un vestido de seda gris, se acercó a mi lado con su bastón de plata, sus ojos brillantes y una sonrisa que me recordaba al sol de la terraza.

—Parece que la "misión" ha terminado, Dulce —murmuró, y su voz estaba cargada de una ternura que nunca había oído.

—Ha terminado, señora —respondí, sintiendo el calor de mis propias mejillas—. Pero no de la forma que todos esperábamos.

—No, no lo creo —dijo, y me tendió un pequeño ramo de orquídeas blancas y lavanda, las mismas flores que había aprendido a podar—. Sebastián te espera.
Salí al pasillo. Lulú, vestida con un vestido blanco con detalles en azul, me esperaba con los ojos muy abiertos. Parecía una princesa de cuento, pero su mirada era la de la niña que ya no tenía miedo de los truenos.
—Estás hermosa, Dulce —susurró, y me tomó de la mano con fuerza, como si temiera que me desvaneciera.
Bajamos en el ascensor, que por una vez no se sintió como una jaula, sino como un túnel hacia la luz. Cuando las puertas se abrieron en la planta baja, la música de un violín y un piano llenó el aire. No era una iglesia, no. Era la mercería de Marta, pero transformada.
Las estanterías de hilos y botones habían desaparecido, sustituidas por mesas llenas de flores frescas y velas. El olor a incienso había sido reemplazado por el aroma a pan recién horneado y café. Marta estaba al fondo, llorando en silencio mientras su esposo la abrazaba. Todo el mundo del "Botón de Oro" estaba allí, mezclado con los tiburones de las finanzas y los abogados de Sebastián.
SEBASTIÁN
Me quedé clavado en el centro del local. No me importaban mis contactos de Tokio ni el mercado de valores. Solo existía ella. Venía del brazo de Lulú, con el cabello suelto y esa mirada de horizonte que me había enamorado desde el primer día. Llevaba un vestido de lino que compré en una tarde de locura, pero que ahora se sentía como su verdadera piel.
Mi madre tenía razón: mi dinero no podía comprar esto. Este olor a lavanda y libertad que desprendía cada paso que daba hacia mí.
Cuando llegó a mi lado, soltó la mano de Lulú, que corrió a los brazos de mi madre. La tomé de las manos. Sus dedos, que antes temblaban por el miedo, ahora eran firmes y cálidos.
—Pensé que no vendrías —le susurré, mi voz rota por la emoción, ignorando al juez que nos esperaba con su libro abierto.
—Prefiero perderme en el mundo contigo, Sebastián —respondió, y sus ojos se empañaron de una verdad que valía más que todo mi patrimonio—, que salvarme sola.
La besé. No fue un beso robado en la cocina ni desesperado en una pensión. Fue el primer beso de nuestro epílogo, el que selló la paz entre el cielo y la tierra.
—Entonces que Dios nos perdone a los dos, porque no pienso soltarte jamás —dije contra sus labios, y escuché la risa de mi madre y los aplausos.
En ese rincón del mundo, entre hilos de colores y el perfume de la lavanda, la monja y el tiburón se convirtieron, por fin, en un solo mar en calma.
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DULCE
El jardín de la casa de campo olía a lavanda y a tierra mojada tras la tormenta de la tarde. Me ajusté el cárdigan de lana fina —tejido por mis propias manos en el taller que ahora dirigía con Marta— y miré hacia el castaño frente al porche.
Allí estaba ella. Lulú, a sus dieciséis años, era una fuerza de la naturaleza. Tenía la elegancia afilada de los Sebastián, pero en sus ojos brillaba esa luz curiosa que yo misma descubrí al salir del convento. Llevaba unos auriculares puestos y dibujaba frenéticamente en su tableta digital, ajena al mundo.
—¿Sigue intentando rediseñar el logo de la empresa de su tío? —la voz de Sebastián me rodeó por la cintura, cálida y conocida.
Me apoyé en su pecho, cerrando los ojos un segundo. Él ya no olía solo a café y poder; olía a hogar, a los años de calma que habíamos construido lejos de los "tiburones". Su barba, ahora con hilos de plata, me raspaba la mejilla con una familiaridad que todavía me hacía vibrar.
—Dice que el azul corporativo es "demasiado gélido" —reí bajito, girándome en sus brazos—. Que necesita algo de "luz de tarde". Creo que nos ha salido una artista, Sebastián.

SEBASTIÁN
—Nos ha salido una mujer libre, Dulce. Y eso es culpa tuya —le devolví la sonrisa, besando su frente.
Observé a Lulú. Recordaba la noche de la fortaleza de sábanas, cuando ella era solo una niña asustada y nosotros dos náufragos buscando tierra firme. Ahora, verla así, dueña de su espacio, me recordaba que la mejor inversión de mi vida no fue ninguna fusión bancaria, sino comprar aquel orfanato solo para ver a Dulce caminar hacia mí.
De pronto, Lulú levantó la vista y nos pilló mirándola. Se quitó los auriculares y nos dedicó esa sonrisa traviesa que siempre guardaba para las ocasiones especiales.
—¡Si van a empezar con sus escenas de película, avísenme para entrar por mi cámara! —gritó desde el árbol, aunque sus ojos brillaban con un cariño profundo—. Por cierto, Dulce, ¿dónde dejaste el ángel de plata? Quiero usarlo de modelo para mi próxima ilustración.

DULCE
—Está en mi costurero, el de madera clara —le respondí, sintiendo un nudo de gratitud en la garganta.
Aquel dije, que Lulú me dio para "no perderme en el cielo", seguía siendo mi brújula. Ella entró en la casa corriendo, con la misma energía de cuando perseguía a Copito, y nos quedamos solos en el porche bajo la luz anaranjada del ocaso.
—¿Te arrepientes de algo? —le pregunté a Sebastián, rozando con mi pulgar la cicatriz de su mano, la que se hizo cerrando tratos antes de conocerme.
Él me tomó la cara con ambas manos, obligándome a mirarlo con la misma intensidad que aquella noche en el mirador, cuando el mundo era pequeño y el Mercedes era nuestro único refugio.
—Solo de no haberme atragantado con aquel café el primer día para que me miraras antes —respondió él, antes de besarme con la calma de quien sabe que ya no tiene que cazar nada, porque el tesoro ya está en casa.




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