Isabella
El edificio de cristal se alzaba frente a nosotros como siempre, imponente, frío, profesional. Pero esta vez no sentí el mismo nudo en el estómago al cruzar la entrada. Jonathan estaba a mi lado, no delante, no a unos pasos de distancia como antes. A mi lado.
Las puertas giratorias se abrieron y el murmullo habitual del vestíbulo nos envolvió: pasos apresurados, voces bajas, el sonido de los elevadores anunciando su llegada. Nada había cambiado… y, sin embargo, todo era distinto.
Jonathan entrelazó su mano con la mía.
Fue un gesto simple.
Pero no discreto.
Sentí varias miradas clavarse en nosotros de inmediato. No hostiles. Sorprendidas. Curiosas. Algunas incluso suaves, como si alguien finalmente entendiera algo que llevaba tiempo flotando en el aire.
—¿Estás bien? —preguntó él en voz baja.
—Sí —respondí, apretando su mano—. Más que bien.
Caminamos hacia los elevadores sin soltarnos. Nadie dijo nada, pero el silencio hablaba por todos. En el reflejo del acero pulido vi nuestras figuras juntas, seguras, alineadas. No como jefe y secretaria. Como dos personas que habían decidido no esconderse más.
Cuando las puertas se cerraron, Jonathan exhaló lentamente.
—Bueno… eso fue más fácil de lo que pensé.
—Aún no hemos llegado al piso veinte —sonreí.
Él rió suavemente.
—Pase lo que pase, lo enfrentamos juntos.
El elevador se detuvo y, al abrirse, el departamento entero pareció congelarse por un segundo. Conversaciones a medias. Teclados que dejaron de sonar. Alguien dejó escapar un “oh” casi imperceptible.
Jonathan no aceleró el paso. Tampoco yo.
Caminamos con naturalidad hasta su oficina.
Antes de entrar, él se detuvo y se giró hacia el área abierta.
—Buenos días a todos —dijo con calma—. Antes de empezar, quiero aclarar algo.
El silencio fue absoluto.
—Isabella y yo estamos juntos. No es un rumor, no es una distracción, y no afecta nuestro profesionalismo. Al contrario. Todo aquí seguirá funcionando como siempre… con respeto y transparencia.
No hubo discursos largos.
No hubo explicaciones innecesarias.
Solo verdad.
Alguien asintió. Otra persona sonrió. Y poco a poco, la oficina volvió a respirar.
Jonathan me miró.
—¿Vienes?
Asentí, y entramos a su oficina.
Jonathan
Cerrar la puerta detrás de nosotros fue como sellar una etapa. Isabella se apoyó contra ella unos segundos, soltando una risa nerviosa.
—Bueno… eso ya pasó.
—Sí —respondí—. Y estoy orgulloso de cómo lo manejaste.
Me acerqué, apoyando una mano a cada lado de su cuerpo, sin tocarla del todo.
—¿Te arrepientes?
—Ni un segundo —dijo con firmeza—. ¿Tú?
—Mucho menos.
Nos quedamos mirándonos un instante largo, silencioso, lleno de todo lo que no hacía falta decir. Luego, ella tomó aire y se separó un poco.
—Será mejor que empiece a trabajar antes de que alguien piense que estamos celebrando demasiado.
—Tienes razón —sonreí—. Pero ven esta noche a cenar conmigo. En casa. Sin prisas.
—Me encantaría.
Antes de salir, se detuvo y volvió hacia mí.
—Jonathan… gracias por no esconderme.
—Nunca más —respondí sin dudar.
Cuando se fue, me quedé mirando la puerta cerrada. No sentí miedo. Ni ansiedad. Solo una calma firme, como la de alguien que por fin está exactamente donde debe estar.
A través del cristal, la oficina seguía su curso. El mundo no se había acabado. No había escándalo. No había caos.
Solo dos personas que eligieron la verdad.
Y mientras abría mi computadora y comenzaba el día, supe algo con absoluta certeza:
esta vez, nada ni nadie iba a separarnos.