Isabella
La casa de Jonathan tenía otra energía esa noche.
No era diferente en apariencia —los mismos ventanales amplios, la cocina ordenada, las luces cálidas—, pero algo se había asentado en el aire, como si el espacio hubiera entendido que ya no estaba habitado por una sola persona.
Me quité el abrigo y lo dejé sobre una silla mientras él terminaba de servir el vino.
—¿Siempre cocinas así de concentrado? —pregunté, apoyándome en la encimera.
—Solo cuando quiero que todo salga bien —respondió sin mirarme—. O cuando estoy un poco nervioso.
—¿Nervioso? —sonreí—. Pensé que eso ya no te pasaba conmigo.
Jonathan levantó la vista y me sostuvo la mirada unos segundos.
—No es nerviosismo… es cuidado. No quiero dar nada por sentado.
Ese comentario se me quedó en el pecho, tibio.
La cena fue sencilla: pasta, pan caliente, una ensalada improvisada. Nada extraordinario. Y, sin embargo, todo se sentía especial. Nos sentamos frente a frente, sin teléfonos, sin distracciones. Solo nosotros y el sonido lejano de la ciudad filtrándose por las ventanas.
—Hoy en la oficina fue… extraño —admití—. No incómodo. Solo distinto.
—Lo noté —asintió—. Pero también vi algo bueno. Nadie parecía sorprendido de verdad.
—Tal vez todos lo sabían antes que nosotros —reí suavemente.
Jonathan apoyó los codos sobre la mesa.
—¿Te sientes bien con cómo lo hicimos público?
—Sí —respondí sin dudar—. Me sentí… elegida. No escondida.
Él bajó la mirada un instante y luego volvió a buscar la mía.
—Eso era importante para mí.
Después de cenar, llevamos los platos al fregadero juntos. Yo lavaba, él secaba. Nuestros movimientos se coordinaban sin hablar, como si ya hubiéramos hecho eso mil veces antes.
—Quédate —dijo de pronto, sin mirarme.
—¿Esta noche?
—Y las que quieras —respondió con naturalidad—. No como obligación. Como decisión.
Apagué el grifo y lo miré.
—Entonces me quedo.
No hubo celebración ni euforia. Solo una sonrisa compartida y un beso lento, tranquilo.
Más tarde nos sentamos en el sofá, con una manta sobre las piernas. Jonathan apoyó su brazo alrededor de mis hombros y yo acomodé la cabeza contra su pecho. El televisor estaba encendido, pero ninguno prestaba atención.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de esto? —murmuré.
—Dime.
—Que no siento que tenga que demostrar nada. Puedo simplemente estar.
Él besó mi cabello.
—Eso es exactamente lo que quiero contigo.
Jonathan
Tenerla allí, en mi casa, sin prisas ni excusas, me dio una paz que no recordaba haber sentido antes. No era la intensidad de los primeros momentos, ni la adrenalina de lo prohibido. Era algo más firme. Más real.
—¿Te imaginas esto dentro de unos meses? —pregunté—. Rutina, días largos, domingos tranquilos.
—Me lo imagino —respondió—. Y no me asusta.
Sonreí.
—A mí tampoco.
Apagué la luz del salón y dejamos que la ciudad brillara afuera. El silencio entre nosotros no era vacío; estaba lleno de confianza.
Antes de dormir, Isabella se volvió hacia mí.
—Gracias por hoy. Por hacerlo fácil.
—Gracias a ti por quedarte —respondí—. Por elegir esto conmigo.
Nos acomodamos juntos, sin más palabras. Y mientras la noche avanzaba, supe que no necesitábamos grandes gestos para saber que estábamos bien.
A veces, lo simple también es hogar.