Isabella
Despertar en casa de Jonathan dejó de sentirse extraño más rápido de lo que imaginé. No hubo sobresaltos ni esa sensación incómoda de estar “de visita”. Solo la luz entrando por las cortinas, el olor del café filtrándose desde la cocina y el sonido lejano de la ciudad comenzando su día.
Me quedé unos minutos más en la cama, observando el techo, escuchando sus pasos. No tenía prisa. Por primera vez en mucho tiempo, no sentía que debía correr hacia nada.
Jonathan apareció en la puerta con dos tazas en la mano.
—Buenos días —dijo en voz baja, como si el día pudiera romperse si hablábamos muy fuerte.
—Buenos días —respondí, incorporándome—. ¿Siempre te despiertas tan temprano?
—Solo cuando no quiero perderme la mañana.
Me entregó la taza y se sentó a mi lado. Bebimos en silencio unos segundos, compartiendo ese espacio sin necesidad de llenar cada instante con palabras.
—Hoy será un día largo —comenté—. Reuniones, correos, decisiones.
—Lo sé —asintió—. Pero esta noche volveremos aquí.
Esa frase, tan simple, me atravesó con una calma inesperada. Volveremos aquí. No “yo”, no “tú”. Nosotros.
Después de ducharnos y prepararnos, coincidimos en el pasillo, ajustándonos la ropa frente al espejo. Jonathan se detuvo para acomodarme el cuello de la blusa, con un gesto cuidadoso, casi doméstico.
—Te ves hermosa —dijo.
—Tú también —respondí—. Aunque deberías dormir un poco más.
Sonrió.
—Dormiré mejor sabiendo que estás conmigo.
Salimos juntos, bajamos al estacionamiento y manejamos hacia la oficina como si lleváramos haciéndolo años. La radio sonaba bajo, el tráfico era el de siempre, pero todo parecía distinto. No más pesado. No más tenso. Solo real.
Jonathan
Verla caminar por el edificio con esa seguridad tranquila me hizo pensar en cuánto habíamos cambiado. Ya no había miradas esquivas ni silencios cargados. Isabella saludaba a los demás con naturalidad, y yo sentía una serenidad firme al saber que no necesitábamos explicarnos a cada paso.
Durante la mañana, nuestras agendas se separaron. Reuniones distintas, pisos distintos. Aun así, cada tanto aparecía un mensaje corto en mi teléfono.
¿Todo bien?
Sí. ¿Tú?
Pensando en cenar algo sencillo hoy.
Sonreí en medio de una junta.
Al mediodía coincidimos en la cafetería del edificio. No fue planeado. Simplemente ocurrió. Nos miramos desde lejos, y ella levantó una ceja, divertida.
—¿Nos sentamos juntos o fingimos que no nos conocemos? —preguntó.
—Creo que ya superamos esa etapa —respondí, apartando una silla.
Comimos hablando de cosas pequeñas: un proyecto nuevo, un viaje pendiente, una película que ella quería ver. No hubo tensión. Nadie nos observó más de la cuenta. El mundo siguió girando.
—Esto se siente… normal —dijo de pronto.
—Ese era el objetivo —contesté—. Que no doliera.
La tarde pasó rápido. Cuando terminé de trabajar, la encontré esperándome en el ascensor. Llevaba el cabello suelto y una expresión cansada, pero satisfecha.
—¿Casa? —pregunté.
—Casa —repitió.
Isabella
Esa noche cocinamos juntos otra vez. No como una cita, sino como algo que simplemente se hace. Jonathan picaba verduras mientras yo revisaba una receta en el teléfono. Nos movíamos por la cocina con una coordinación silenciosa.
—¿Te das cuenta? —le dije—. No estamos tratando de impresionar a nadie.
—Eso es lo mejor —respondió—. Ya no estamos actuando.
Cenamos en la barra, hablando de planes sin urgencia. Tal vez un viaje corto. Tal vez redecorar el estudio. Tal vez nada aún.
Después, nos sentamos en el sofá, cada uno con un libro, compartiendo el mismo silencio. Jonathan apoyó los pies en la mesa baja, yo me acomodé contra su costado.
—¿Te sientes cómoda quedándote aquí más seguido? —preguntó sin mirarme.
—Sí —respondí—. Pero quiero que sea porque lo elegimos, no porque sea lo lógico.
—Siempre elección —asintió.
Apagué la lámpara más cercana y dejamos solo la luz tenue del pasillo. La ciudad brillaba afuera, distante.
—No necesito grandes promesas —dije—. Solo constancia.
—Eso sí puedo darte —respondió—. Todos los días.
Nos quedamos así, respirando al mismo ritmo. Sin prisa. Sin miedo.
Jonathan
Antes de dormir, la observé acomodar sus cosas en el baño, dejando un cepillo de dientes junto al mío. No lo dijo en voz alta, pero el gesto lo dijo todo.
—Buenas noches —murmuró, metiéndose en la cama.
—Buenas noches —respondí, apagando la luz.
La abracé con naturalidad, como si ese lugar hubiera sido suyo desde siempre. Y mientras el sueño llegaba, pensé que el amor no siempre llega con ruido.
A veces llega así:
despacio,
constante,
y se queda.