Entre el deber y el deseo

70. Donde todo se vuelve real

Isabella

Nunca pensé que una comida familiar pudiera ponerme tan nerviosa. No era miedo, exactamente. Era esa sensación de estar a punto de cruzar una frontera invisible. Conocer a la familia de Jonathan no era solo un gesto social; era una confirmación silenciosa de que lo nuestro tenía raíces.

—Si quieres, todavía podemos dar la vuelta —dijo Jonathan mientras conducía por las calles tranquilas del vecindario—. No pasa nada.
—No —respondí enseguida—. Quiero hacerlo. Solo… dame un segundo para respirar.

Sonrió, y estiró la mano para tocar la mía.
—No tienes que demostrar nada. Solo sé tú.

La casa de su hermana era cálida, con un jardín cuidado y luces encendidas desde temprano. Desde afuera se escuchaban risas. Eso me tranquilizó un poco.

La puerta se abrió antes de que pudiéramos tocar.

—¡Por fin! —exclamó una mujer de ojos claros y sonrisa amplia—. Así que tú eres Isabella.

—Ella es Anna —dijo Jonathan—. Mi hermana mayor.

Anna me abrazó sin dudar, con una naturalidad que me tomó por sorpresa.
—Bienvenida. Pasa, estás en tu casa.

Dentro, el ambiente era acogedor. El olor a comida recién hecha, una mesa larga preparada con cuidado, fotos familiares en las paredes. Me sentí observada, pero no juzgada.

—Jonathan no deja entrar a cualquiera aquí —comentó Anna mientras nos guiaba al comedor—. Así que puedes imaginar lo curiosa que estaba.

—Siempre exageras —respondió él, aunque sonreía.

Conocí a su cuñado, Mark, amable y tranquilo, y a su madre, Helen, una mujer serena, de mirada profunda. Cuando me tomó las manos, lo hizo con cuidado.

—He escuchado mucho sobre ti —dijo—. Y no solo por Jonathan.

Eso me sorprendió.
—Espero que cosas buenas.
—Suficientes para saber que mi hijo está en paz —respondió.

Durante la comida, la conversación fluyó sin rigidez. Hablaron de recuerdos de infancia, de errores, de viajes. Jonathan escuchaba más de lo que hablaba, y yo descubrí otra faceta suya: el hijo, el hermano, el niño que había sido antes del ejecutivo impecable.

En un momento, Anna me miró directamente.
—¿Te sientes cómoda con él? —preguntó sin rodeos.

Jonathan tensó un poco la mandíbula, pero yo respondí con calma.
—Sí. Me siento segura. Y elegida.

Anna asintió, satisfecha.
—Eso era lo que quería escuchar.

Jonathan

Ver a Isabella sentada en esa mesa, hablando con mi madre, riendo con Anna, me dio una certeza que nunca había tenido antes. No estaba mezclando mundos; estaba uniendo partes de mí que habían estado separadas demasiado tiempo.

Después de la cena, salimos al jardín. El aire era fresco, y las luces colgantes iluminaban el espacio con suavidad. Isabella se quedó hablando con mi madre, y Anna se acercó a mí.

—Es distinta —dijo—. Te hace bien.
—Lo sé.
—No la pierdas por miedo —añadió, sin dureza—. Ya lo hiciste una vez con alguien importante.

Asentí.
—No va a pasar.

Mi madre se acercó después, cuando Isabella entró un momento a la cocina.
—Jonathan —dijo—, cuando amas, se nota. Y tú… hace tiempo que no te veía así.

No supe qué responder. Solo asentí.

Cuando Isabella regresó, la abracé por la cintura.
—¿Todo bien? —pregunté.
—Muy bien —respondió—. Tu familia es… hogar.

Esa palabra se me quedó grabada.

Antes de irnos, Anna me tomó del brazo.
—Cuídala —dijo—. Y déjate cuidar también.

En el coche, Isabella apoyó la cabeza en el respaldo y suspiró.
—Gracias por hoy.
—Gracias a ti por quedarte —respondí—. Sé que no fue fácil.

Ella me miró, con esa calma firme que había aprendido a reconocer.
—Lo fue. Porque sentí que pertenecía.

Tomé su mano mientras conducía de regreso a la ciudad. Las luces pasaban rápidas, pero dentro del coche todo era lento, seguro.

No era solo amor.
Era elección.
Y esta vez, no iba a soltarla.



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En el texto hay: jefe, secretaria, amor dificil

Editado: 10.01.2026

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