Entre el deber y el deseo

71. Elegir sin miedo

Isabella

La noche había quedado atrás, pero la sensación de haber cruzado algo importante seguía conmigo. Jonathan conducía en silencio, con una mano firme en el volante y la otra descansando cerca de la mía, como si supiera que en cualquier momento iba a buscarla.

—Tu madre es increíble —dije finalmente—. Y tu hermana… tiene una forma muy directa de decir las cosas.
Jonathan sonrió.
—Anna siempre ha sido así. Si te aceptó, es porque te vio de verdad.

Miré por la ventana un instante antes de responder.
—Eso fue lo que sentí. Que no tenía que demostrar nada.

El auto se detuvo frente a su edificio. No nos movimos enseguida. A veces, el silencio no pide ser llenado; pide ser escuchado.

—Isabella —dijo él, con un tono más serio—. He estado pensando en algo desde que salimos de casa de mi madre.

Lo miré.
—Yo también.

Jonathan respiró hondo.
—No quiero que sigamos viviendo a medias. No quiero que tengas que decidir cada noche si te quedas o te vas. Quiero… construir algo que tenga continuidad.

Mi corazón empezó a latir más fuerte, pero no por miedo.

—¿Qué estás proponiendo? —pregunté con suavidad.

—Que vivamos juntos.

No fue impulsivo. No fue dramático. Fue claro.

—No mañana, no por presión —continuó—. Sino porque lo elegimos. Porque queremos despertar y saber que estamos en el mismo lugar, incluso cuando el día sea difícil.

Me quedé callada unos segundos. No porque dudara, sino porque quería responder desde un lugar honesto.

—Nunca pensé que querría compartir mi espacio así —admití—. Siempre me dio miedo perderme en alguien más.

Jonathan no interrumpió. Solo escuchó.

—Pero contigo… —seguí— no siento que desaparezca. Siento que me expando.

Su expresión cambió. Se suavizó.

—Entonces no lo hagamos por comodidad —dije—. Hagámoslo porque nos hace crecer.

Jonathan tomó mi mano.
—Eso es un sí, ¿verdad?

Sonreí.
—Es un sí consciente.

No nos abrazamos de inmediato. Nos quedamos ahí, sonriendo como dos personas que acababan de tomar una decisión que cambiaría todo… y que, por primera vez, no les daba vértigo.

Jonathan

Subimos al departamento sin prisa. Isabella dejó su bolso sobre la mesa y caminó por el espacio como si ya le perteneciera un poco más que antes.

—Tendremos que reorganizar cosas —dijo—. Hacer espacio.
—Me gusta cómo suena eso —respondí—. Hacer espacio.

Nos sentamos en el sofá, uno frente al otro.

—Quiero hacerlo bien —dijo ella—. Sin correr. Sin borrar lo que somos individualmente.
—Prometo no invadir —sonreí—. Y decir cuando necesite silencio.
—Y yo prometo quedarme cuando tú lo necesites.

No fue una promesa solemne. Fue un acuerdo.

Esa noche dormimos abrazados, no como un final feliz, sino como el inicio real de algo que iba a necesitar paciencia, diálogo y presencia.

Y por primera vez, eso me entusiasmó más que cualquier triunfo profesional.



#1864 en Novela romántica
#668 en Chick lit

En el texto hay: jefe, secretaria, amor dificil

Editado: 10.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.