(Meses despues)
Isabella
Mudarnos juntos no fue un momento épico.
No hubo discursos ni lágrimas. Hubo cajas, listas, discusiones pequeñas sobre dónde poner los libros y quién se quedaba con más espacio en el armario.
Y, sorprendentemente, eso fue lo mejor.
Las mañanas empezaron a tener un ritmo propio. Jonathan se levantaba antes que yo y dejaba el café listo. Yo abría las cortinas. A veces hablábamos. A veces no. Aprendimos que el silencio compartido también es intimidad.
Los domingos eran lentos.
Caminatas sin rumbo, mercados locales, tardes de sofá y películas que ninguno terminaba de ver. Jonathan se volvió experto en hacer pasta improvisada. Yo aprendí a dejar notas en el refrigerador.
Llego tarde, no me esperes.
Reunión larga, pero pienso en ti.
La vida no se volvió perfecta. Se volvió real.
Hubo días de cansancio. Días de poco tiempo. Días donde cada uno necesitó su propio espacio. Y lo respetamos.
Una noche, mientras cenábamos, Jonathan dejó el tenedor a un lado.
—¿Te das cuenta de que ya no hablamos de “si funciona”?
—¿Y de qué hablamos?
—De “cómo seguimos”.
Sonreí.
—Eso significa que funcionó.
Jonathan
Meses después, verla moverse por nuestro departamento todavía me sorprendía. No porque dudara, sino porque me recordaba que elegimos bien.
La oficina dejó de ser un terreno complicado. Todos se acostumbraron. Algunos incluso parecían aliviados. Isabella se movía con seguridad, con voz propia, sin depender de mí. Y eso me enamoró más.
Una tarde, mientras revisaba unos documentos, la encontré sentada en el balcón, mirando la ciudad.
—¿En qué piensas? —pregunté.
—En que antes creía que el amor era intensidad constante —respondió—. Ahora sé que también es constancia tranquila.
Me senté a su lado.
—¿Te arrepientes de algo?
—Solo de no haber confiado antes —dijo—. Pero llegamos cuando teníamos que llegar.
Semanas después, hicimos una cena pequeña. Amigos, familia. Risas. Historias compartidas. Mi madre tomó la palabra en algún momento.
—Nunca había visto a Jonathan así —dijo—. Y eso se lo debemos a Isabella.
Ella negó, incómoda.
—Nos lo debemos los dos.
Y supe que tenía razón.
Isabella
Una noche cualquiera, sin fecha especial, Jonathan apareció en la cocina con una expresión distinta. No nerviosa. Decidida.
—Quiero preguntarte algo —dijo.
Lo miré, curiosa, tranquila.
—No es una promesa grandiosa —continuó—. Es una intención clara. Quiero seguir eligiéndote. Hoy, mañana, cuando las cosas sean fáciles y cuando no lo sean.
No hubo anillo.
No hubo rodillas en el suelo.
Solo verdad.
—Entonces sí —respondí—. Sigamos eligiéndonos.
Nos abrazamos en medio de la cocina, con la cena aún en el fuego, con la ciudad brillando afuera.
Y entendí algo esencial:
El amor no siempre llega como una explosión.
A veces llega como una casa que se construye despacio.
Y cuando te das cuenta… ya estás en casa.