Entre el deber y el deseo

73. Lo que permanece (Final)

El silencio de la mañana no era incómodo. Era un silencio lleno. De esos que solo existen cuando dos personas ya no necesitan llenar los espacios con palabras para sentirse acompañadas.

Isabella despertó primero. Durante unos segundos se quedó observando el techo, escuchando la respiración tranquila de Jonathan a su lado. Le sorprendió, como tantas otras veces, la paz que sentía. No era euforia. No era expectativa. Era algo más profundo: estabilidad.

Se giró lentamente para mirarlo. Jonathan dormía boca arriba, una mano apoyada sobre el pecho, el rostro relajado, sin la tensión que antes parecía acompañarlo incluso en sueños. Ella recordó, sin nostalgia dolorosa, al hombre que había conocido meses atrás: reservado, controlado, siempre anticipándose a lo peor. Ese hombre seguía allí, pero ya no estaba solo.

Se levantó con cuidado y caminó hasta la cocina. Preparó café sin prisa, dejando que el aroma llenara el departamento. Afuera, Seattle comenzaba a moverse con su ritmo habitual, pero dentro todo parecía suspendido.

Jonathan apareció poco después, despeinado, con una camiseta vieja y esa expresión tranquila que solo tenía al despertar.

—Buenos días —dijo, con voz baja.
—Buenos días —respondió ella, sonriendo.

No se besaron de inmediato. No fue necesario. Se sentaron frente a frente, compartiendo el café, dejando que la mañana se instalara entre ellos.

—Anoche pensé en algo —dijo Jonathan finalmente.
—¿En qué?
—En lo distinto que se siente ahora. No porque todo sea perfecto… sino porque ya no estoy esperando que algo se rompa.

Isabella apoyó los codos en la mesa.
—Yo tampoco. Antes siempre pensaba en el “después”. En lo que podía salir mal.
—¿Y ahora?
—Ahora pienso en el presente. En esto.

Jonathan la observó con atención.
—Eso es nuevo para mí. Siempre viví proyectando, calculando, anticipando.
—Y aun así —dijo ella—, aquí estás.

Se levantó y caminó hasta él. Jonathan rodeó su cintura con naturalidad, como si su cuerpo ya supiera exactamente dónde pertenecía el de ella.

—Gracias por quedarte —murmuró.
—Gracias por no cerrarme la puerta —respondió Isabella.

Pasaron el día sin planes grandes. Salieron a caminar, hicieron compras pequeñas, rieron por cosas simples. No estaban celebrando un logro específico, sino algo más silencioso: haber llegado hasta allí sin perderse.

Por la noche, sentados en el sofá, Isabella apoyó la cabeza en el hombro de Jonathan.

—¿Sabes qué me da más tranquilidad? —preguntó.
—¿Qué cosa?
—Que no siento que tenga que ser otra persona contigo.

Jonathan besó su cabello.
—Eso es lo que más amo de nosotros. No nos construimos para impresionar… sino para sostenernos.

No hubo promesas grandilocuentes. No hicieron juramentos. No fue necesario. Porque el amor que habían construido no dependía de palabras dichas en voz alta, sino de decisiones repetidas.

Y mientras la ciudad seguía su curso, ellos se quedaron allí, entendiendo que el verdadero final no era un cierre… sino un punto de calma desde el cual todo podía continuar.



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En el texto hay: jefe, secretaria, amor dificil

Editado: 10.01.2026

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