Entre el deber y el deseo

75. Lo que sigue cuando nadie está mirando (Epilogo 2)

El tiempo no avanzó de golpe.
Lo hizo como siempre: de manera silenciosa, casi imperceptible, acumulándose en detalles pequeños que solo se notan cuando uno se detiene a mirar.

Isabella lo comprendió una tarde cualquiera, mientras observaba a Jonathan desde la cocina. Él estaba sentado en el suelo, ayudando a su hija con un rompecabezas. No parecía apurado, ni distraído. Estaba allí, completo, como si nada fuera más importante que encajar esas piezas de cartón una por una.

Hubo un momento en que Jonathan levantó la vista y la encontró mirándolo. Sonrió, con esa expresión suave que ya no intentaba esconder nada.

Isabella sintió un nudo en el pecho. No de tristeza. De reconocimiento.

Eso —pensó— era el amor cuando dejaba de ser expectativa y se convertía en presencia.

Más tarde, cuando la casa volvió a quedar en calma, se sentaron juntos en la sala. La televisión estaba encendida, pero ninguno prestaba demasiada atención. Jonathan apoyó el brazo en el respaldo del sofá; Isabella se acomodó contra él sin pedir permiso. Ya no lo necesitaban.

—A veces me pregunto —dijo ella— cuándo dejamos de tener miedo.

Jonathan reflexionó un instante.
—Creo que no dejamos de tenerlo del todo. Solo aprendimos a no dejar que decidiera por nosotros.

Isabella asintió. Recordó los inicios: las dudas, los silencios incómodos, la necesidad constante de protegerse. No porque no se amaran, sino porque ambos habían aprendido a sobrevivir antes de aprender a confiar.

—Antes pensaba que el amor debía ser algo que te sacudiera —dijo ella—. Algo que te hiciera sentir vivo todo el tiempo.
—Y ahora —respondió Jonathan— sabes que también puede ser algo que te permita descansar.

Esa noche, mientras cerraban las luces de la casa, Isabella se detuvo frente a una fotografía colgada en el pasillo. Era una imagen simple: los tres caminando, sin mirar a la cámara, tomados de la mano. Nada especial. Y, sin embargo, lo era todo.

—No sé si alguna vez escribiremos nuestra historia —dijo ella—.
—Tal vez no haga falta —respondió Jonathan—. Ya la estamos viviendo.

Los años habían cambiado cosas. Los había hecho más pacientes, más conscientes. No mejores personas de manera ideal, pero sí más honestos consigo mismos. Habían aprendido a pedir perdón sin orgullo, a escuchar sin necesidad de ganar, a quedarse incluso cuando el cansancio aparecía.

Una mañana de otoño, Isabella se despertó antes que todos. Salió al jardín con una taza de café y se sentó en silencio. El aire era frío, pero agradable. Escuchó pasos detrás de ella.

Jonathan se sentó a su lado, sin hablar.

—Gracias —dijo ella de pronto.
—¿Por qué?
—Por la vida que construimos. No la que imaginamos… sino la real.

Jonathan tomó su mano.
—Gracias a ti por no irte cuando hubiera sido más fácil hacerlo.

Permanecieron así un largo rato. No estaban pensando en el futuro ni revisando el pasado. Solo estaban allí, entendiendo que el amor que habían creado no necesitaba pruebas ni testigos.

Porque lo suyo no se sostenía en grandes momentos, sino en los días comunes.
En las conversaciones tranquilas.
En las decisiones compartidas.
En el silencio que ya no dolía.

Y mientras el mundo seguía girando con su caos habitual, ellos supieron que no necesitaban más finales ni comienzos.

Habían encontrado algo más raro que la pasión desbordada.
Algo más fuerte que las promesas.

Habían encontrado un lugar donde quedarse.

Y eso —sin ruido, sin prisa— era todo lo que siempre habían estado buscando.



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En el texto hay: jefe, secretaria, amor dificil

Editado: 10.01.2026

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