El frío de marzo se colaba por las rendijas de las ventanas, y el humo del carbón dibujaba una neblina gris sobre Berlín
A pesar del tiempo transcurrido desde el fin de la guerra, la ciudad seguía marcada por las cicatrices: muros descascarados, fachadas a medio reparar y un silencio extraño, como si los edificios aún recordaran los bombardeos.
Klara Hoffmann vivía con su madre en un apartamento modesto del sector oriental. Su padre había muerto en el frente y su hermano se había marchado a trabajar a Leipzig.
Ella tenía diecinueve años y trabajaba medio tiempo en una pequeña librería de la calle Friedrichstrasse.
Le gustaba aquel trabajo porque los libros eran su refugio. En las páginas encontraba todo lo que su vida no tenía: libertad, paisajes lejanos, amores imposibles y promesas que nadie podía censurar.
Cada mañana, abría las persianas de la tienda, barría el suelo de madera y colocaba un disco de música clásica en el viejo tocadiscos.
Los clientes solían ser los mismos: ancianos que compraban periódicos, mujeres que buscaban novelas románticas, jóvenes obreros que pedían manuales técnicos.
La rutina era predecible, y quizá por eso le resultaba tranquilizadora.
Pero aquella tarde, algo distinto sucedió.
La puerta se abrió y un hombre joven entró, sacudiéndose la nieve del abrigo.
Llevaba el cabello despeinado y las manos manchadas de grasa, como alguien que trabaja con motores.
Buscaba un libro sobre reparaciones eléctricas.
Klara le indicó el estante sin mirarlo demasiado.
Él sonrió y asintió, agradecido.
No hubo conversación, ni miradas prolongadas, solo un intercambio breve y educado.
Pero cuando él salió y la campanilla de la puerta volvió a sonar, Klara sintió algo diferente, una sensación leve, difícil de explicar.
Esa noche, al anotar las ventas del día, se dio cuenta de que había olvidado escribir el título del libro que aquel joven había comprado.
Y sin entender por qué, sonrió.
Pasaron varios días antes de volver a verlo.
Klara ya había convencido a su mente de que aquel encuentro no había significado nada, cuando la campanilla de la puerta volvió a sonar.
Era él.
Traía el mismo abrigo, el mismo gesto tranquilo.
—Perdone —dijo—, el libro que me llevó la otra vez estaba incompleto. ¿Tienen algún manual más reciente?
Klara le señaló el estante, intentando parecer indiferente.
—Quizá ese le sirva.
—Gracias —respondió—. Prometo no volver con quejas tan pronto.
La forma en que lo dijo, con una sonrisa tímida, la desarmó.
Durante unos minutos, el silencio entre ellos no fue incómodo, sino casi acogedor.
Más tarde, cuando él pagó, dejó unas monedas sobre el mostrador y, sin pensarlo demasiado, agregó:
—Soy Markus. Markus Adler.
Klara dudó antes de responder.
—Klara Hoffmann.
—Encantado, Fräulein Hoffmann.
La campanilla volvió a sonar cuando se marchó.
Klara se quedó mirando la puerta cerrada durante un largo instante, sin entender por qué le costaba tanto volver a concentrarse en los libros.
Esa noche, en casa, su madre le preguntó por qué sonreía sin motivo.
Ella negó con la cabeza.
—No es nada, mamá. Solo un buen día.
Pero en el fondo, sabía que algo había cambiado.
Pequeño, invisible todavía, pero real.
Los días siguientes transcurrieron con la misma grisura de siempre. El cielo de marzo se negaba a aclarar, y la nieve sucia se acumulaba en las aceras de Friedrichstrasse como un recordatorio de que el invierno no había terminado del todo. En la librería, Klara seguía abriendo temprano, barriendo el polvo que se colaba por debajo de la puerta y ordenando los pocos volúmenes nuevos que llegaban del almacén central. Los suministros eran escasos; los libros extranjeros, casi inexistentes, y los clásicos alemanes se vendían más por necesidad que por placer.
Pensaba en Markus Adler con menos frecuencia de lo que esperaba. O al menos eso se decía a sí misma. Era solo un cliente más, se repetía mientras colocaba un ejemplar desgastado de Die Leiden des jungen Werthers en el escaparate. Pero a veces, al pasar la mano por el lomo de un manual técnico, recordaba las manchas de grasa en sus dedos y se preguntaba qué tipo de motores repararía. ¿Camiones del ejército soviético? ¿Máquinas en las fábricas de Mitte? No preguntaba. No era asunto suyo.
Una semana después de la segunda visita, llegó de nuevo. Esta vez no nevaba, pero el viento cortaba como un cuchillo. Entró con las mejillas enrojecidas y el abrigo abrochado hasta el cuello.
—Buenos días, Fräulein Hoffmann —dijo, quitándose la gorra con un gesto casi formal.
Klara levantó la vista del libro de cuentas. Intentó que su voz sonara neutra.
—Buenos días, Herr Adler. ¿Otro manual?
Él negó con la cabeza.
—No exactamente. Buscaba algo… diferente. Una novela. Algo que no sea sobre válvulas ni circuitos.
Klara parpadeó, sorprendida. No lo imaginaba leyendo ficción.
—¿Algún autor en particular?
—Algo que no me haga pensar en trabajo. Algo… tranquilo.
Ella dudó un segundo antes de caminar hacia el estante de literatura contemporánea permitida. Sacó un ejemplar de Der geteilte Himmel de Christa Wolf, aunque aún era reciente y escaso.
—Este es nuevo. Habla de una mujer joven en Berlín, de sus dudas, de la vida cotidiana. No es romántico, pero es honesto.
Markus lo tomó con cuidado, como si temiera romperlo.
—Gracias. Lo probaré.
Pagó en silencio, dejó las monedas exactas y, antes de irse, agregó casi sin mirarla:
—Hace frío hoy. Cuídese.
Fue una frase común, nada más. Pero Klara sintió que el aire de la tienda se volvía un poco más denso cuando la puerta se cerró.
Esa tarde, mientras su madre hervía patatas en la pequeña cocina del apartamento, Klara se sentó junto a la ventana empañada. Miraba la calle donde la gente caminaba apresurada, con abrigos raídos y bufandas que habían visto mejores días. Pensó en cómo la ciudad parecía contener el aliento desde 1945: los escombros aún no removidos del todo, las colas para el pan, los rumores sobre la Stasi que empezaban a circular en voz baja. Nadie hablaba mucho de política en voz alta, pero todos sabían que las paredes tenían oídos.