Entre el este y el oeste:separados por el muro.

Capítulo 2

El invierno parecía resistirse a morir. A finales de marzo, el viento seguía colándose entre los edificios como si buscara algo que aún le pertenecía. En la librería, Klara se ajustó el abrigo y encendió la pequeña estufa de carbón que apenas lograba templar el aire. Sobre el mostrador descansaba una circular oficial del Ministerio de Cultura. El papel, sellado y con tinta roja, indicaba que algunos títulos debían retirarse de la venta inmediata: obras extranjeras, novelas con contenido ideológicamente inapropiado.

Klara leyó la lista en silencio, y cuando vio uno de sus favoritos —Madame Bovary— sintió un nudo en la garganta. No preguntó nada. Dobló el documento y lo guardó en el cajón, como hacía todo el mundo. Durante los días siguientes, notó ausencias. El viejo Herr Klein ya no pasó por su periódico, y la joven Hilde, que solía comprar novelas de amor, tampoco volvió. Nadie comentaba nada, pero los huecos que dejaban parecían más elocuentes que cualquier noticia de radio. Una tarde, mientras barría cerca de la puerta, la campanilla sonó. Markus Adler estaba allí, con las manos en los bolsillos y una sonrisa apenas insinuada.

—Buenas tardes, Fräulein Hoffmann.

Ella se sobresaltó. No esperaba verlo tan pronto. —Buenas tardes, Herr Adler. ¿Ha terminado ya su novela?

Él asintió. —Y vengo a buscar otra. —Quizá algo menos triste —dijo con un tono que no lograba ocultar el cansancio.

Klara sonrió con suavidad. —Entonces será difícil. Los libros tristes son los que más abundan últimamente. Markus soltó una risa baja. —Debe de ser contagioso.

Ambos guardaron silencio unos segundos. Afuera, el ruido del tranvía y los pasos sobre la nieve derretida llenaron el vacío.

—¿Sabe? —dijo él al fin—. En la fábrica han empezado a revisar las cartas que llegan del extranjero. Dicen que es por seguridad, pero ya casi nadie se atreve a escribir. Klara bajó la mirada. —Aquí también cambian cosas. Hoy tuve que retirar varios libros del escaparate. Él la observó en silencio, como si quisiera decir algo más, pero se contuvo. —No deje de leerlos —murmuró—, aunque sea a escondidas.

Klara levantó la vista, sorprendida por la ternura en su voz. —Lo intentaré.

Markus dejó unas monedas sobre el mostrador y tomó el nuevo libro sin mirar el título. Antes de marcharse, añadió en voz baja: —Hay demasiadas cosas que se están borrando. Los libros no deberían ser una de ellas. Cuando la puerta se cerró, Klara permaneció de pie un momento, mirando el espacio vacío que él dejaba atrás. En la calle, el viento arrastraba polvo y ceniza. Por un instante, tuvo la sensación de que Berlín entera contenía el aliento, esperando algo que aún no sabía nombrar.

Al caer la tarde, la librería quedó en penumbra. Klara cerró la caja y apagó el tocadiscos. La melodía de Bach se extinguió poco a poco, reemplazada por el rumor del viento entre los edificios. Al salir, se ajustó el abrigo y comenzó a caminar hacia la parada del tranvía. Las luces amarillas temblaban en los escaparates, y el aire olía a carbón húmedo. A unos metros, reconoció la silueta de Markus. Estaba apoyado en la baranda del puente, fumando un cigarrillo con las manos metidas en los bolsillos.

—Pensé que ya se había ido —dijo ella, acercándose con cierta timidez.

Él sonrió sin girarse del todo. —El tranvía se retrasó. O quizá solo necesitaba respirar un poco de aire frío antes de volver a la fábrica. Caminaron juntos un trecho, sin prisa. Las botas resonaban sobre los adoquines mojados.

—¿Le gusta su trabajo? —preguntó ella.

—Depende del día. Hay jornadas en las que las máquinas parecen tener más vida que las personas —contestó, con una ironía triste—. Pero al menos me mantiene ocupado… y eso es algo.

Klara asintió. —A veces pienso que la rutina es lo único que nos protege del miedo. Markus se detuvo y la miró. —¿Miedo a qué? —A lo que no se dice —respondió ella después de un silencio—. A lo que todos saben, pero nadie se atreve a nombrar.

Él apagó el cigarrillo, lo pisó con cuidado y volvió a caminar. —Mi hermano vive en Viena —dijo de pronto—. Hace meses que no recibo una carta suya. Antes, al menos, llegaban postales. Ahora ni eso. Quizá ya ni siquiera pueda escribir.

Klara bajó la mirada. —A mi madre también le quitaron una carta. Venía de una prima de Hamburgo. La abrieron antes de entregarla… y algunas líneas estaban tachadas con tinta negra.

—Entonces ya lo sabe —susurró Markus—. Lo que empieza así nunca termina bien. El silencio que siguió fue largo, pero no incómodo. Caminaron junto al canal hasta que la neblina comenzó a espesarse. Al despedirse, Markus hizo un leve gesto con la cabeza, casi una reverencia.

—Gracias por acompañarme, Fräulein Hoffmann. —No tiene que agradecer —respondió ella—. El frío se soporta mejor cuando no se camina solo. Él sonrió, y por un instante, esa sonrisa bastó para iluminar la grisura del puente.




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