La primavera empezó a insinuarse en Berlín con timidez.
La nieve había desaparecido de las aceras, dejando manchas oscuras de humedad entre los adoquines.
Aquella mañana Klara abrió la librería como siempre. Levantó las persianas, barrió el suelo y puso un disco de Bach en el tocadiscos.
Cuando se acercó al mostrador, vio algo que no estaba allí la noche anterior.
Una pequeña rosa roja descansaba sobre el libro de cuentas.
Klara frunció el ceño, sorprendida.
Miró hacia la puerta justo cuando la campanilla sonó.
Markus entró con ese gesto tranquilo que ya empezaba a resultarle familiar.
—Buenos días, Fräulein Hoffmann.
Klara levantó la rosa.
—¿Esto es suyo?
Markus fingió pensar un momento.
—Podría ser.
Ella no pudo evitar sonreír.
—No sabía que los mecánicos reparaban motores… y repartían flores.
—Solo cuando encuentran una librera que les recomienda buenos libros.
El silencio que siguió fue cómodo, casi cálido.
—¿Le gusta? —preguntó él al fin.
Klara miró la rosa unos segundos antes de responder.
—Sí.
Después la colocó dentro de un vaso con agua sobre el mostrador.
—Entonces ha valido la pena.
Aquella tarde, Markus pasó por la librería poco antes de cerrar.
—Hace buen tiempo hoy —dijo, apoyándose en el mostrador—. Al menos para ser Berlín.
Klara levantó la vista del libro que estaba ordenando.
—Eso dicen todos los años… y luego vuelve a nevar en abril.
Markus sonrió.
—Quizá. Pero mientras tanto podríamos aprovecharlo.
Ella lo miró con curiosidad.
—¿Aprovechar qué?
—Dar un paseo.
Klara dudó solo un segundo antes de aceptar.
Caminaron hasta el río. Las calles estaban más animadas que de costumbre: niños jugando en la acera, parejas sentadas en bancos, el murmullo lejano de una radio saliendo por una ventana abierta.
Durante un rato caminaron sin hablar, simplemente disfrutando del aire más suave.
—Cuando era niño —dijo Markus al fin—, mi madre decía que la primavera siempre trae esperanza.
—¿Y usted lo cree?
Él se encogió de hombros.
—No lo sé. Pero me gusta pensar que sí.
Klara observó el agua del río correr lentamente.
—A veces pienso en irme de Berlín.
Markus giró la cabeza hacia ella.
—¿Irse?
—Solo es una idea —aclaró—. Mi padre hablaba mucho de una ciudad en el sur… Heidelberg. Decía que allí el río es tranquilo y que las colinas están llenas de viñedos.
Markus guardó silencio unos segundos.
—Suena bonito.
—Sí.
—Si algún día va —dijo él finalmente—, debería escribirme una postal.
Klara sonrió con suavidad.
—Solo si usted promete visitarla algún día.
Markus la miró un instante más largo de lo habitual.
—Trato hecho.
Continuaron caminando mientras el sol comenzaba a esconderse detrás de los edificios.
No se tomaron de la mano.
Por primera vez, ambos tuvieron la sensación de que el futuro —aunque incierto— ya no parecía tan solitario.
Una mañana, Klara abrió la ventana del apartamento y notó que el aire ya no cortaba la piel como en invierno. El cielo seguía gris, pero en los árboles de la calle empezaban a aparecer pequeños brotes verdes.
Los días empezaron a alargarse con la llegada de abril. En la librería, la luz entraba por las ventanas durante más tiempo y el aire ya no olía tanto a carbón como a tierra húmeda.
Klara estaba ordenando algunos libros en el estante de literatura cuando la puerta se abrió y entró una mujer mayor que solía pasar por allí de vez en cuando.
Era la señora Weber, una viuda que compraba novelas para llenar las tardes silenciosas de su apartamento.
—Buenas tardes, Fräulein Hoffmann —saludó con su voz ronca.
—Buenas tardes, Frau Weber.
La mujer dejó su bolso sobre el mostrador y miró alrededor, como asegurándose de que no hubiera nadie más en la tienda.
—¿Tiene algo nuevo para leer?
Klara buscó un momento entre los libros.
—Ha llegado una novela corta esta semana. No es muy alegre, pero está bien escrita.
La mujer tomó el libro, aunque parecía más interesada en otra cosa.
—La he visto paseando últimamente —dijo en voz baja.
Klara levantó la vista, confundida.
—¿Perdón?
Frau Weber acercó el libro al mostrador y habló aún más despacio.
—Con ese joven… el que viene a menudo.
Klara sintió un leve calor en las mejillas.
—Solo es un cliente.
La mujer suspiró.
—Quizá. Pero en estos tiempos es mejor no llamar demasiado la atención.
Klara frunció el ceño.
—No entiendo.
La mujer dudó unos segundos antes de continuar.
—Las cosas están cambiando, Fräulein Hoffmann. Y hay gente que observa más de lo que parece.
En ese momento la campanilla de la puerta sonó.
Las dos mujeres guardaron silencio.
Un hombre entró en la librería, alto, con un abrigo oscuro. No saludó. Solo miró los estantes durante unos segundos antes de acercarse a la sección de periódicos.
Frau Weber bajó la mirada y pagó el libro rápidamente.
Antes de marcharse, murmuró:
—Solo tenga cuidado.
Cuando la puerta se cerró, Klara se quedó quieta detrás del mostrador.
El hombre del abrigo seguía hojeando un periódico, aparentemente sin prestar atención a nada más.
Pero por primera vez desde que trabajaba en la librería, Klara tuvo la incómoda sensación de que alguien podía estar observándola.
Al terminar su turno, Klara cerró la librería; Markus ya estaba esperándola.
—¿Le apetece una taza de café?
—De acuerdo.
Caminaron hacia la cafetería; Klara miraba ambos lados recordando las palabras de Frau Weber.
El café estaba casi vacío aquella tarde. Afuera comenzaba a lloviznar y las gotas resbalaban por el cristal empañado de la ventana.
Markus giraba lentamente la taza entre las manos.