Entre el este y el oeste:separados por el muro.

Capítulo 5

Mayo llegó con días más largos y un calor tímido que hacía que la gente sacara las sillas a las aceras. Klara había empezado a esperar las visitas de Markus con una mezcla de ilusión y nervios que no sabía nombrar. A veces aparecía al mediodía con las manos todavía manchadas de grasa y olor a aceite de motor. Otras veces llegaba al atardecer, cuando la luz entraba oblicua por las ventanas de la librería y Bach sonaba bajito en el tocadiscos. Aquella tarde de sábado, Markus apareció cuando ella estaba cerrando. Llevaba una camisa limpia bajo la chaqueta de mecánico y una sonrisa que ya conocía bien.

—¿Estás libre? —preguntó sin rodeos.

Klara miró el reloj de pared. —Dentro de diez minutos.

Diez minutos después caminaban juntos hacia el Tiergarten. Era uno de los pocos lugares donde el Este y el Oeste todavía se tocaban sin que nadie preguntara demasiado. Mientras cruzaban Unter den Linden, pasaron junto a un grupo de soldados soviéticos que charlaban y fumaban apoyados en un camión. Uno de ellos, muy joven, miró a Klara un segundo más de lo necesario.

Markus le puso la mano suavemente en la espalda para guiarla hacia el otro lado de la acera. —No mires —murmuró.

—No estaba mirando —respondió ella en voz baja.

Markus esperó a que los soldados quedaran atrás. —Mi jefe dice que cada vez hay más. Que están nerviosos porque la gente sigue huyendo al oeste.

Klara no contestó enseguida. Caminaron en silencio hasta que llegaron al parque. El césped estaba lleno de familias y parejas disfrutando del sol tardío.

—¿Tú tienes miedo? —preguntó ella al fin.

Markus se detuvo bajo un tilo. —A veces. Pero luego pienso en ti… y el miedo se hace más pequeño. Klara sintió que se le calentaban las mejillas. Bajó la mirada hacia la hierba.

—No digas esas cosas tan de repente —susurró.

—¿Por qué no? —Porque entonces me cuesta seguir fingiendo que solo somos… amigos.

Markus sonrió con esa timidez que la desarmaba. —Entonces dejemos de fingir un poco. Le ofreció la mano.

Klara la miró un segundo y, sin decir nada, entrelazó sus dedos con los de él. Era la primera vez que se tocaban así. La piel de Markus estaba áspera por el trabajo, pero el gesto era suave. Caminaron así un rato, sin hablar, solo sintiendo el calor de la otra mano. Al fondo, entre los árboles, se veía la silueta de un soldado soviético patrullando a lo lejos. Ninguno de los dos lo mencionó. Pero ambos supieron, en ese momento, que el tiempo que tenían para pasear así… tal vez no duraría para siempre.

Los días de junio y julio pasaron como un suspiro tibio. Lo que al principio eran encuentros casuales en la librería se convirtió en paseos casi diarios. A veces solo caminaban media hora antes de que Markus tuviera que volver al taller. Otras veces se quedaban hasta que oscurecía, sentados en un banco del Tiergarten o compartiendo un helado barato que él insistía en pagar.

Klara ya no se sorprendía cuando, al abrir la persiana por la mañana, encontraba una flor o una nota breve escondida bajo el felpudo. Markus nunca firmaba con su nombre completo, solo con una “M” y un pequeño dibujo de un engranaje. Ella guardaba todas las notas en una caja de galletas debajo de su cama.

Una noche de finales de julio, al volver a casa, su madre la esperaba sentada a la mesa de la cocina con una taza de té ya frío entre las manos.

—Llegas tarde —dijo sin reproche, solo con cansancio.

—Estuve paseando —respondió Klara mientras se quitaba el abrigo.

Su madre la miró un momento en silencio. —Con ese chico otra vez.

Klara se detuvo. No valía la pena negarlo. —Sí.

La mujer suspiró y bajó la voz, aunque estaban solas en el pequeño apartamento. —Klara, escúchame. No es que me parezca mal que tengas amigos. Eres joven. Pero… recuerda lo que te conté de cuando los rusos ganaron la guerra. Lo que hicieron a las mujeres.

Klara sintió un nudo en el estómago. Su madre nunca daba detalles, solo frases cortas, como si las palabras pesaran demasiado. —Lo sé, mamá.

—No, no lo sabes del todo —insistió la mujer, mirándola a los ojos—. Los rusos siguen aquí. Y aunque ahora sonrían y digan que son nuestros hermanos, siguen siendo los mismos. No hables con ellos. No les sonrías. No les des confianza. Ni siquiera si parecen amables. ¿Me entiendes?

—No mires a los soldados… —dijo en voz baja—. Yo lo hice una vez… y ojalá no lo hubiera hecho.

Klara asintió despacio. —Sí, mamá.

Su madre alargó la mano y le acarició la mejilla con los dedos ásperos por el trabajo en la fábrica.

—Eres todo lo que me queda. No quiero que te pase nada.

Klara se inclinó y le dio un beso en la frente. —No me va a pasar nada. Solo paseamos. Nada más.

La madre no pareció convencida, pero no insistió. Se levantó con esfuerzo y fue a lavar la taza. Esa noche, mientras Klara se preparaba para dormir, pensó en las palabras de su madre. Recordó las historias que había oído de boca de otras mujeres mayores: susurros en las colas del pan, miradas bajas cuando pasaba un uniforme soviético. Y sin embargo, cuando cerró los ojos, lo único que veía era la sonrisa tímida de Markus y el calor de su mano cuando se atrevían a caminar enlazados un rato.

A principios de agosto, el calor se volvió más pesado. La ciudad parecía más lenta, como si estuviera conteniendo la respiración. Una tarde, Markus apareció en la librería con la camisa arremangada y una mancha de aceite en la mejilla.

—Hoy termino temprano —dijo—. ¿Te apetece que vayamos al lago? Dicen que el agua está tibia.

Klara miró hacia la calle. El sol aún estaba alto. —Mi madre… —empezó.

Markus bajó la voz. —No haremos nada malo. Solo nadar un poco y volver antes de que anochezca. Nadie tiene por qué enterarse.

Klara dudó. Recordó la advertencia de su madre. Pero también recordó cómo se sentía cuando Markus la miraba como si ella fuera lo único importante en toda Berlín.




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