El camino hasta el lago era más largo de lo que Klara esperaba. Salieron de la ciudad poco a poco, dejando atrás las calles grises y el ruido constante, hasta que el aire empezó a oler a tierra húmeda y hierba.
Markus caminaba a su lado con paso tranquilo, como si no tuviera prisa por llegar.
—¿Vienes mucho aquí? —preguntó Klara.
—Cuando puedo —respondió él—. Es uno de los pocos sitios donde todo parece… normal.
Klara asintió. Entendía perfectamente a qué se refería. Cuando llegaron, el lago brillaba bajo el sol de la tarde. El agua estaba tranquila, apenas ondulada por el viento. Había algunas familias a lo lejos, pero suficiente espacio para sentirse solos.
—No está mal —murmuró ella.
—Te dije que te gustaría —respondió Markus con una sonrisa.
Se sentaron primero en la orilla. Klara se quitó los zapatos y dejó que sus pies tocaran el agua.
—Está fría —dijo, encogiéndose un poco.
—Solo al principio —contestó él.
Markus se quitó la camisa sin darle importancia, como si fuera lo más natural del mundo. Klara apartó la mirada un segundo, notando cómo se le calentaban las mejillas.
—No tienes que meterte si no quieres —añadió él, notando su duda.
Klara dudó apenas un instante. —He venido hasta aquí. No voy a quedarme mirando.
Se levantó y, con un gesto decidido, entró en el agua. El frío le recorrió el cuerpo de golpe.
—¡Está helada! —exclamó, riendo.
Markus rió también y se metió a su lado.
—Te lo dije.
Durante unos minutos, solo hubo risas, agua salpicando y ese tipo de ligereza que parecía imposible en Berlín.
Klara no recordaba la última vez que se había sentido así. En un momento, Markus la salpicó más fuerte de lo necesario.
—¡Eh! —protestó ella.
—Venganza —dijo él.
Klara respondió de la misma forma, y pronto estaban los dos riendo como niños.
—Deberías reír más —dijo Markus, acercándose un poco.
Klara lo miró, aún con la respiración agitada. —Solo si estás tú.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue distinto. Más cercano. Salieron del agua al poco rato y se sentaron en la hierba para secarse al sol. Markus se tumbó mirando al cielo, con las manos detrás de la cabeza.
—A veces pienso en irme —dijo de pronto. Klara giró la cabeza hacia él.
—¿Irte? —¿A dónde? —Al sur.
Donde haga calor de verdad. Donde nadie te pregunte de qué lado estás.
Klara sonrió levemente.
—Yo también he pensado en eso.
—¿Sí?
—Heidelberg.
Markus giró la cabeza hacia ella.
—Suena bonito.
—Dicen que lo es.
Se quedaron en silencio unos segundos.
—Podríamos ir —dijo él al fin.
Klara sintió cómo algo se movía dentro de ella.
—No es tan fácil.
—Lo sé —respondió Markus.
— Pero tampoco es imposible.
El viento movió suavemente el cabello de Klara. Markus alargó la mano y, con un gesto casi inconsciente, apartó un mechón de su cara. Ella no se apartó.
—Klara… —dijo él en voz baja.
Sus ojos se encontraron. Y esta vez ninguno miró hacia otro lado.
—Meine Liebe…
No fue una declaración.
Fue casi un susurro.
Pero Klara sintió que esas dos palabras se quedaban suspendidas en el aire, más fuertes que cualquier otra cosa que hubieran dicho antes.
No la beso, aún no.
No hizo falta.
El momento ya lo había cambiado todo. Cuando el sol empezó a bajar, recogieron sus cosas y emprendieron el camino de vuelta.
Esta vez caminaban más cerca, como si algo invisible los uniera. Al acercarse de nuevo a la ciudad, el ruido regresó poco a poco. Y con él, la realidad.
Antes de separarse, Markus le apretó la mano un segundo más de lo habitual.
—Cuídate —dijo.
—Tú también.
Klara lo vio alejarse hasta perderse entre la gente. No se dio cuenta de que, al otro lado de la calle, un hombre permanecía apoyado contra una farola. Llevaba un abrigo oscuro, demasiado pesado para el calor de agosto. Sostenía un periódico abierto. Pero no leía. Sus ojos seguían cada movimiento de Klara.