Entre el este y el oeste:separados por el muro.

Capítulo 7

Klara ya no contaba los días entre un encuentro y otro; simplemente sabía que Markus aparecería. A veces era al mediodía, con las manos limpias pero todavía oliendo a aceite. Otras veces era al atardecer, cuando la librería estaba a punto de cerrar y la luz dorada entraba oblicua por las ventanas.
Una tarde, Markus llegó con una pequeña bolsa de papel en la mano.
—Hoy no vamos a pasear —dijo con una sonrisa.

—Hoy te invito a algo mejor.
Klara arqueó una ceja.
—¿Mejor que pasear?
—Mucho mejor.
La llevó hasta un pequeño parque cerca del canal. Extendió una manta vieja sobre la hierba y sacó de la bolsa dos trozos de pastel de manzana envueltos en papel de periódico y una botella de limonada tibia.
—No es Heidelberg —dijo mientras se sentaba—, pero es lo más parecido que he podido encontrar.
Klara se sentó a su lado, con las rodillas recogidas. El pastel estaba un poco aplastado, pero olía delicioso.
—¿Cómo lo has conseguido? —preguntó.
—Un cliente del taller me lo cambió por arreglarle el carburador. No pregunte más.
Ella sonrió y dio un mordisco. Durante un rato comieron en silencio, escuchando el agua del canal y el lejano rumor de una radio que alguien había dejado encendida en una ventana cercana.

La voz del locutor se volvió más seria por un instante, hablando de controles y movimientos entre sectores. Markus frunció el ceño, pero no dijo nada.
Se tumbó de espaldas y miró el cielo que ya empezaba a oscurecer.
—Klara… ¿Te has dado cuenta de que ya casi nunca hablamos de irnos?
Ella se quedó quieta con el trozo de pastel en la mano.
—Porque cada vez que lo pienso —continuó él—, me doy cuenta de que no quiero irme si tú te quedas aquí.
Klara tragó despacio. Dejó el pastel sobre el papel y se tumbó también, dejando unos centímetros entre los dos.
—Mi madre dice que no debo hacer planes con nadie —murmuró—. Dice que todo puede cambiar de un día para otro.
Markus giró la cabeza hacia ella. Sus rostros quedaron muy cerca.
—¿Y tú qué dices?
Klara lo miró a los ojos. Eran de un marrón oscuro, con pequeñas motas más claras que solo se veían de cerca.
—Digo que… me da miedo hacer planes. Pero también me da miedo no hacerlos.
Markus levantó la mano muy despacio y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos. Fue un gesto tan suave que Klara cerró los ojos un segundo.
—Entonces hagamos planes pequeños —susurró él—. Solo para mañana. Solo para la semana que viene. Nada más.
Klara asintió. Abrió los ojos y, sin pensarlo demasiado, acercó su mano a la de él sobre la manta. Entrelazaron los dedos.
El cielo se oscureció del todo. En algún lugar lejano sonó la sirena de un barco en el Spree. Ninguno de los dos se movió.
Cuando por fin se levantaron para volver, Markus la acompañó hasta la esquina de su calle, como siempre. Antes de despedirse, Markus dudó un segundo, como si quisiera decir algo más… pero en lugar de eso, acercó la frente a la de ella. Se inclinó y le dio un beso muy suave en los labios.
—Hasta mañana, kleine Bibliothekarin —murmuró.
Klara se quedó allí parada un momento después de que él desapareciera en la oscuridad. Tocó con los dedos el lugar donde la había besado y sonrió en la penumbra.
Al subir las escaleras, su madre la esperaba con la cena ya fría. No preguntó nada. Solo la miró con esa mezcla de cariño y preocupación que Klara conocía tan bien.
Esa noche, mientras se metía en la cama, Klara pensó que nunca había sido tan feliz.
Y, por primera vez, tuvo la sensación de que algo así… no podía durar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.