Entre el este y el oeste:separados por el muro.

Capítulo 8

La mañana había amanecido extrañamente silenciosa.
Klara lo notó desde el momento en que levantó la persiana de la librería. No era el silencio habitual de las primeras horas, sino algo más denso, como si la calle entera estuviera conteniendo la respiración.
Barrió el suelo como cada día, colocó los libros en su sitio y puso un disco en el tocadiscos. La música sonó, pero no logró llenar del todo el vacío.
A media mañana entró un hombre que no había visto antes.
No parecía un cliente habitual.
Llevaba un abrigo oscuro, demasiado formal para la estación, y un sombrero que no se quitó al entrar. Sus ojos recorrieron la tienda con lentitud, deteniéndose más en las personas que en los libros.
—¿Busca algo en particular? —preguntó Klara.
El hombre tardó un segundo en responder.
—Solo estoy mirando.
Su voz era plana, sin matices.
Klara asintió y volvió a su lugar tras el mostrador, pero no dejó de sentir su presencia. El hombre se movía despacio entre los estantes, como si no tuviera prisa. Tomó un libro, lo abrió, lo cerró sin leer realmente.
Permaneció allí más de lo necesario.
Cuando por fin salió, la campanilla sonó más fuerte de lo habitual.
Klara soltó el aire sin darse cuenta de que lo había estado conteniendo.
Intentó convencerse de que no era nada.
Un cliente más.
Pero, sin saber por qué, se acercó a la ventana y miró hacia la calle.
El hombre seguía allí.
De pie, a unos metros de la puerta.
Como si esperara algo.
O a alguien.
Klara apartó la mirada y volvió al interior.
No tenía sentido darle importancia.
Aun así, el resto de la mañana trabajó más despacio.
Más atenta.
Markus llegó esa tarde, como casi siempre.
Pero algo en Klara había cambiado.
—Estás callada —dijo él, apoyándose en el mostrador.
—Estoy cansada —respondió ella, demasiado rápido.
Markus la observó un momento.
—¿Ha pasado algo?
Klara dudó.
No quería parecer paranoica. Ni preocuparlo por algo que quizá no era nada.
—Solo… un cliente extraño esta mañana.
—¿Extraño cómo?
—No lo sé —admitió—. Como si no estuviera interesado en los libros.
Markus frunció ligeramente el ceño.
—Puede que solo estuviera matando el tiempo.
—Sí… puede ser.
Pero ninguno de los dos sonó convencido.
Esa tarde no fueron al parque.
Caminaron sin rumbo fijo por calles menos transitadas.
Klara notaba cosas que antes no habría visto:
Un coche aparcado demasiado tiempo
Dos hombres hablando en voz baja que dejaron de hacerlo al pasar ellos.
Una ventana que se cerraba al mirarla.
Quizá siempre había sido así.
Quizá no.
—¿Te pasa algo? —preguntó Markus al fin.
Klara negó con la cabeza.
Pero, casi sin darse cuenta, buscó su mano.
Markus la entrelazó con la suya de inmediato.
—Estoy aquí —murmuró.
Klara asintió.
Durante unos minutos, el contacto fue suficiente.
Al despedirse, Markus la miró con más seriedad de lo habitual.
—Si algo no te gusta… si alguien te incomoda… me lo dices.
—No es nada —insistió ella, aunque ya no estaba tan segura.
Markus no respondió enseguida.
—De acuerdo —dijo al final—. Pero ten cuidado, meine Liebe.
Las palabras le dieron un poco de calma.
Solo un poco.
Esa noche, al subir a casa, Klara tuvo la sensación de que alguien había pasado por el rellano hacía poco.
No había nadie.
Solo el eco de sus propios pasos.
Al cerrar la puerta, apoyó la espalda contra ella durante unos segundos.
Escuchando.
Nada.
Silencio.
Demasiado silencio.




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