La librería estaba casi vacía aquella tarde. El calor de finales de agosto se colaba por la puerta entreabierta, trayendo el ruido lejano de la calle y el olor a polvo caliente.
Klara ordenaba unos libros en el mostrador cuando la campanilla sonó.
Alzó la vista y sintió un leve nudo en el estómago. Era el mismo hombre del abrigo oscuro.
Esta vez se quitó el sombrero al entrar. Tenía el pelo muy corto y la mirada tranquila.
—Buenas tardes, Fräulein Hoffmann.
Su voz era educada. Demasiado educada.
Klara tragó saliva.
—Buenas tardes.
El hombre se acercó despacio al mostrador. No miró los libros. La miró a ella.
—¿Trabaja aquí todos los días?
—Sí.
Asintió, como si ya lo supiera.
—¿Y vive cerca?
Klara apretó los dedos contra el borde del mostrador.
—Si no va a comprar nada, le agradecería que…
El hombre levantó una mano, interrumpiéndola con suavidad.
—Solo era curiosidad. Una joven tan bonita trabajando sola… hay que tener cuidado en estos tiempos.
Sonrió apenas. Una sonrisa que no llegó a sus ojos.
Antes de que Klara pudiera responder, él volvió a ponerse el sombrero.
—Que tenga buena tarde, Fräulein Hoffmann.
La campanilla sonó cuando salió.
El silencio que dejó atrás fue peor que cualquier palabra.
Markus llegó casi una hora después. Traía las manos aún manchadas de grasa y el gesto cansado, pero al ver la cara de Klara cambió de expresión.
—¿Qué ha pasado?
Klara dudó solo un segundo.
—Ha vuelto. El hombre del abrigo oscuro.
Markus se quedó quieto.
—¿Qué quería esta vez?
—Preguntar si trabajo todos los días… si vivo cerca… Dijo que una joven como yo debía tener cuidado.
Markus apretó la mandíbula. Dejó la bolsa de herramientas en el suelo con más fuerza de la necesaria.
—No me gusta nada esto.
—A mí tampoco —susurró Klara.
Él se pasó una mano por el pelo, dejando una pequeña mancha oscura en la frente.
—Escúchame. Si vuelve a aparecer, no le contestes. Ni una palabra. Solo dile que llame a otro día o que no tienes tiempo. ¿Entendido?
Klara asintió.
Markus la miró un momento más. Luego, con voz más baja, añadió:
—Y si alguna vez sientes que te sigue… ven directamente al taller. Da igual la hora.
Ella no contestó. Solo se quedó mirándolo, sintiendo cómo el miedo y la calidez se mezclaban dentro del pecho.
Esa noche, mientras caminaba de vuelta a casa, Klara miró varias veces por encima del hombro.
No vio a nadie. Pero por primera vez, el sonido de sus propios pasos le pareció demasiado fuerte en la calle vacía. El aire seguía siendo cálido, pero a ella le recorrió un escalofrío. Se abrazó a sí misma, acelerando el paso. Las farolas proyectaban sombras alargadas que se deformaban con cada movimiento, como si la ciudad respirara de forma irregular. Al girar en su calle, dudó un instante antes de seguir avanzando. No vio nada.
Solo una ventana iluminada en el edificio de enfrente y el murmullo lejano de una radio. Aun así, sacó las llaves antes de llegar al portal, apretándolas entre los dedos. Subió las escaleras más rápido de lo habitual. Cada peldaño crujía bajo sus pies, amplificando el silencio. Cuando llegó a su puerta, se detuvo un segundo antes de abrir, como si esperara oír algo al otro lado. Entró y cerró con llave. Su madre estaba en la cocina, de espaldas, removiendo algo en una olla.
—Llegas tarde —dijo sin girarse.
—Había trabajo. No era mentira. Pero tampoco era toda la verdad. Su madre se volvió despacio.
La miró con atención, como si buscara algo en su rostro. —Te pasa algo. Klara negó con la cabeza demasiado rápido.
—No.
La mujer no insistió de inmediato. Bajó el fuego y se acercó un poco más.
—Te conozco —dijo en voz baja—. Cuando entras así… es porque algo no va bien.
Klara dudó. Durante un segundo pensó en contárselo todo.
En hablarle del hombre del abrigo, de sus preguntas, de esa sensación constante de estar siendo observada. Pero algo la detuvo. Quizá el miedo o quizá no querer preocuparla más.
—Solo estoy cansada —murmuró al final.
Su madre la observó un instante más. Luego asintió, aunque no parecía convencida.
—Siéntate. La cena está fría, pero se puede arreglar.
Klara se sentó en la mesa pequeña de la cocina. Mientras su madre volvía a la olla, ella dejó la mirada perdida en la ventana. El reflejo del cristal le devolvió su propia imagen. Y por un segundo… le pareció ver algo más detrás. Giró la cabeza rápidamente, nada. Solo la pared desnuda del pasillo. Apretó los labios.
—¿Ha pasado algo en la calle? —preguntó su madre de pronto. Klara levantó la vista.
—¿Por qué?
—Hoy había más movimiento de lo normal —respondió ella—. Más hombres, más coches. No me gusta. Klara sintió un nudo en el estómago.
—Seguro que no es nada. Pero su voz no sonó convincente.
Esa noche, en la cama, le costó dormir. Cada pequeño ruido parecía amplificarse en la oscuridad: una tubería, un paso en el piso de arriba, el viento colándose por la ventana mal cerrada. Se giró hacia la pared, cerrando los ojos con fuerza. Intentó pensar en otra cosa.
En Markus. En su risa en el lago. Sus manos manchadas de grasa. En la forma en que la miraba, como si todo lo demás dejara de importar. Pero incluso ese recuerdo, normalmente reconfortante, no logró calmarla del todo. Porque por primera vez… Tuvo la sensación de que alguien más formaba parte de su vida. Alguien que no había elegido.