Entre el este y el oeste:separados por el muro.

Capítulo 10

El aire de la tarde seguía siendo cálido, pero para Klara todo parecía distinto.

Cerró la librería unos minutos más tarde de lo habitual. Markus la ayudó a bajar la persiana, y durante un instante sus manos volvieron a rozarse, como si ninguno de los dos quisiera romper del todo lo que acababa de ocurrir.

—Te acompaño —dijo él.

Klara negó suavemente.

—No hace falta, está cerca.

Markus dudó.

—Klara…

Ella sonrió apenas, una sonrisa tranquila, pero más firme que antes.

—Estaré bien.

No era del todo verdad, pero quería creerlo.

Markus la miró un segundo más, como si quisiera decir algo… pero al final asintió.

—Mañana paso a verte.

—Mañana —repitió ella.

Se separaron despacio. Klara empezó a caminar; la ciudad tenía ese tono extraño del final del verano: ventanas abiertas, radios sonando a lo lejos, pasos dispersos sobre el pavimento caliente.

Durante unos minutos, todo pareció normal, incluso ligero.

Entonces sintió algo, no un ruido, solo esa sensación de ser observada; se detuvo y miró al otro lado de la calle.

Un hombre estaba apoyado junto a una farola, medio cubierto por la sombra. No se movía. No hacía nada.

Pero estaba allí; observando, Klara parpadeó.

El hombre bajó la mirada, como si nunca hubiera estado mirando.

Y comenzó a caminar en dirección contraria.

Desapareció entre la gente. Klara se quedó quieta unos segundos; el corazón le latía más fuerte.

—No es nada… —Murmuró para sí misma—. No es nada.

Pero su voz no sonó convincente.

Luego Klara retomó el paso y, cuando llegó a la puerta de su casa, cerró la puerta con más fuerza de lo necesario.

Al día siguiente en la librería, Klara miraba a través de los cristales; últimamente había mucho movimiento, los soldados vigilaban más, el miedo se notaba por las calles.

Markus entró en la tarde para recoger a Klara; cerraron juntos la librería. Él quiso acompañarla a su casa; esta vez ella no se negó, tenía miedo de ser observada otra vez de camino a su casa. Klara le contó lo ocurrido; él la observaba en silencio. Cuando llegaron a la puerta de su casa, Markus la miró en silencio; ella también lo miró en silencio, sintiendo cómo algo se apretaba dentro de su pecho; no era solo miedo. Era otra cosa. Algo más difícil de nombrar.

—Markus…

No terminó la frase; él tampoco dijo nada, solo dio un paso más cerca durante un segundo. Ninguno de los dos se movió; el ruido de la calle parecía lejano, como si ya no perteneciera a ese momento.

—No quiero que te pase nada —murmuró él.

Klara sintió que esas palabras pesaban más que cualquier otra cosa que hubiera escuchado ese día.

Y, sin pensarlo demasiado, acortó la distancia y la besó; esta vez el beso fue más largo.

Cuando se separaron, ninguno de los dos habló.

Markus apoyó la frente contra la de ella, respirando despacio.

—Meine Liebe… —susurró.

Klara cerró los ojos un instante.

El miedo seguía ahí, pero ya no estaba sola.

Los días siguientes al beso en la esquina de la calle, Klara caminaba por el mundo como si llevara un secreto dentro del pecho. Era un secreto cálido, frágil, que la hacía sonreír sin motivo cuando barría el suelo de la librería o colocaba los libros en los estantes.

Markus seguía viniendo casi todos los días. Ya no fingían que solo hablaban de libros o de motores. Ahora había miradas más largas, roces de manos al despedirse y pequeñas promesas susurradas:

—Mañana te espero a las siete.

—Traeré algo dulce.

—No llegues tarde.

Una tarde de mediados de septiembre, el cielo se cubrió de nubes bajas y el aire olió a lluvia que no terminaba de caer. Markus apareció cuando Klara estaba cerrando la persiana.

—Hoy no podemos pasear —dijo él, con una sonrisa que intentaba ser despreocupada—. Está a punto de llover.

Klara lo miró, aún con la llave en la mano.

—¿Entonces?

—Entonces… ¿Quieres venir a ver dónde trabajo?

Ella dudó. El taller estaba en el sector occidental, aunque muy cerca de la línea. Cruzar significaba pasar por los controles, aunque en esa época todavía eran bastante relajados.

—No sé si debo… —murmuró.

Markus se acercó un paso.

—Solo un rato. Nadie te va a preguntar nada. Y te prometo que te traigo de vuelta antes de que oscurezca.

Klara pensó en su madre. Pensó en el hombre del abrigo oscuro. Pensó en cómo se había sentido cuando Markus la besó.

—Está bien —dijo al fin—. Pero solo un rato.

Cruzaron juntos. El control fue rápido: un guardia miró sus documentos con aburrimiento y les hizo una seña para que pasaran. En el Oeste el aire parecía distinto, aunque Klara sabía que era solo una sensación.

El taller de Markus estaba en una calle estrecha de Kreuzberg. Olía a aceite, metal caliente y café recalentado. Había dos coches viejos levantados sobre gatos y varias piezas desmontadas por el suelo.

Markus se quitó la chaqueta y se puso un mono sucio sobre la ropa.

—Este es mi reino —dijo con una sonrisa tímida—. No es muy bonito, pero es mío.

Klara miró alrededor. En una esquina había una radio pequeña que emitía música americana prohibida en el Este. Sobre un banco de trabajo vio una foto pequeña: una mujer joven con Markus cuando era niño.

—Es mi madre —explicó él al ver que la miraba—. Murió hace tres años.

Klara sintió un pinchazo en el pecho.

—Lo siento.

Markus se encogió de hombros, pero su voz sonó más baja.

—Desde entonces vivo con mi tío. Él es el dueño del taller. Por eso puedo quedarme aquí hasta tarde.

Se acercó a uno de los coches y empezó a trabajar en el motor, explicándole con paciencia qué estaba haciendo. Klara lo escuchaba, apoyada en el banco, sintiendo que ese lugar tan sucio y ruidoso era, de alguna manera, más íntimo que cualquier paseo por el parque.

En un momento, Markus se limpió las manos con un trapo y se acercó a ella.




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