Entre el este y el oeste:separados por el muro.

Capítulo 13

El aire de finales de septiembre tenía un olor distinto, mezcla de hojas húmedas y chimeneas que empezaban a encenderse por las noches. Klara cerró la librería un poco antes de lo habitual; había menos clientes últimamente, quizá porque la gente prefería quedarse en casa escuchando la radio o viendo la televisión en casa de algún vecino.

Cuando salió, Markus ya la esperaba apoyado en una moto, con las manos en los bolsillos y una sonrisa que le calentó el pecho.

—Meine Schöne, pensé que hoy no saldrías —dijo él.

—Ha sido un día largo —respondió ella, acercándose.

—Entonces te vendrá bien despejarte. Ven, quiero enseñarte algo.

Caminaron por calles tranquilas hasta llegar a un pequeño café del Oeste, uno de esos que habían abierto hacía poco y que siempre estaban llenos de jóvenes escuchando música americana. Desde fuera se oía una canción suave, una balada que Klara no reconoció.

—¿Es… inglés? —preguntó.

—Sí. Está de moda ahora. Mi tío dice que dentro de poco todo el mundo tendrá una radio mejor y hasta televisión. Imagínate —sonrió—, ver películas sin ir al cine.

Klara rió, aunque en el fondo le parecía casi ciencia ficción.

Entraron. El café olía a café tostado y a pastel de manzana. Había carteles de la Berlinale de ese verano pegados en las paredes: actrices sonrientes, títulos de películas extranjeras, luces y glamour.

Klara se quedó mirándolos.

—Nunca he ido al cine del Oeste —murmuró.

—Podemos ir cuando quieras —dijo Markus, acercándose un poco más—. Mit dir ist alles schöner, Klara. Contigo todo es más bonito.

Ella sintió un rubor cálido subirle por el cuello.

Se sentaron junto a la ventana. Markus pidió dos cafés y un trozo de pastel para compartir. Klara observaba a la gente: chicas con faldas amplias y peinados modernos, chicos con chaquetas de cuero y radios portátiles. Era un mundo tan cercano y tan lejano al mismo tiempo.

—¿Te gusta? —preguntó Markus.

—Es… diferente. Pero sí. Me gusta.

Él sonrió satisfecho.

—Quería que vieras cómo es este lado cuando no estamos mirando por encima del hombro. Solo… viviendo.

Klara bajó la mirada hacia la taza.

—A veces siento que no debería estar aquí.

—¿Por qué? —preguntó Markus, inclinándose hacia ella.

—Porque mi madre tiene miedo. Porque yo también lo tengo. Porque cada vez que cruzo, siento que alguien me observa.

Markus tomó su mano por debajo de la mesa.

—Ich passe auf dich auf. Yo te cuido.

Klara levantó la vista. Sus ojos se encontraron, y por un instante el ruido del café desapareció.

—Markus… —susurró—. ¿Crees que algún día podremos hacer esto sin miedo?

Él respiró hondo.

—No lo sé. Pero quiero creer que sí. Y hasta que llegue ese día… ich bin bei dir. Estoy contigo.

Klara apretó su mano.

—Mi madre dice que debería dejar de cruzar.

—¿Y tú qué dices?

Ella lo miró con una mezcla de determinación y fragilidad.

—Que no puedo dejar de verte.

Markus sonrió, suave, casi triste.

—Mein Herz, si algún día las cosas cambian… si algún día se vuelve peligroso… quiero que recuerdes algo.

—¿Qué?

—Que siempre tendrás un lugar conmigo. Aquí. O donde sea.

Klara sintió que el corazón le latía más rápido.

—Markus…

Él le acarició la mejilla con el dorso de la mano.

—No tienes que decidir nada ahora. Solo… no tengas miedo de soñar conmigo un futuro.

Klara apoyó su frente contra la de él. Afuera, la lluvia empezaba a caer otra vez, golpeando los cristales con un ritmo suave.

Y por un momento, solo por un momento, el mundo parecía un lugar donde nada malo podía alcanzarlos.




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