La lluvia había cesado al amanecer, pero el aire seguía cargado, como si la ciudad no hubiera terminado de respirar. Klara caminó hacia su casa con el abrigo aún húmedo. Markus la acompañaba; no quería que fuera sola a su casa. Cada paso parecía más ligero que el anterior, hasta que abrió la puerta y encontró a su madre sentada en la mesa de la cocina, con los brazos cruzados y una expresión que no auguraba nada bueno.
—Llegas tarde —dijo sin levantar la voz.
Klara dejó el bolso sobre la silla.
—Estaba con… una amiga.
La madre la miró con esos ojos que siempre parecían ver más de lo que Klara quería mostrar.
—No mientas. Te vi desde la ventana. Venías con ese muchacho del oeste.
Klara sintió un nudo en la garganta.
—Mamá…
—¿Sabes lo que puede significar eso? —La madre se levantó despacio, como si cada palabra pesara—. ¿Sabes lo que dirán si alguien te ve cruzando tanto? ¿Si te ven con él?
Klara apretó los labios. No quería discutir, pero tampoco quería esconderse.
—Markus no es un criminal. Solo… solo es alguien que me importa.
La madre suspiró, cansada, como si esa confesión fuera una carga más que una alegría.
—No dudo que sea buen chico. Pero no entiendes el mundo en el que vivimos. Aquí, cualquier cosa puede ser malinterpretada. Una conversación, una mirada, un cruce de frontera. Y tú… tú eres tan transparente, Klara. Se te nota todo en la cara.
Klara bajó la mirada. Su madre tenía razón en algo: ella nunca había sabido ocultar lo que sentía.
—No quiero que te hagan daño —continuó la madre, más suave—. No quiero que te conviertas en un nombre en un informe. No quiero que un día alguien toque esta puerta para hacer preguntas.
Klara sintió un escalofrío.
El hombre del abrigo oscuro volvió a su mente.
—Tendré cuidado —susurró.
La madre la observó un momento más, como si quisiera decir algo que no encontraba forma de pronunciar. Al final, solo añadió:
—Prométeme que no cruzarás tan a menudo.
Klara no respondió.
Y ese silencio fue suficiente para que su madre entendiera que la promesa no llegaría.
A la mañana siguiente, Markus la esperaba frente a la librería. Llevaba el pelo aún húmedo por la llovizna y una sonrisa que se deshacía un poco cuando la veía llegar con el ceño fruncido.
—¿Todo bien, Liebling? —preguntó.
Klara dudó un segundo antes de asentir.
—Mi madre… está preocupada.
—¿Por mí?
—Por todo.
Markus guardó silencio mientras caminaban hacia el parque cercano. Las hojas de los árboles brillaban con gotas de lluvia, y el cielo tenía un tono gris que parecía no decidirse entre tormenta o calma.
—Klara —dijo él finalmente—, si esto te complica la vida, si te pone en peligro, dímelo. No quiero ser la razón de que tengas problemas.
Ella se detuvo. Lo miró con una mezcla de ternura y miedo.
—No eres el problema. El problema es el mundo.
Markus sonrió con tristeza.
—Eso sí que no puedo arreglarlo.
—No te lo estoy pidiendo.
Se sentaron en un banco bajo un castaño. El parque estaba casi vacío, salvo por un par de niños jugando con un balón y una mujer empujando un cochecito. Parecía un día cualquiera, pero Klara sentía que algo invisible se movía bajo la superficie.
—¿Has escuchado las noticias? —preguntó Markus.
—No hoy.
—Mi tío estaba hablando de eso en el taller. Dicen que la cumbre de París se ha ido al traste. Que los soviéticos están furiosos por lo del avión espía.
Klara frunció el ceño.
—¿Qué avión?
—Uno americano. Lo derribaron hace unas semanas. Y ahora todo está peor. Mi tío dice que cuando los de arriba se enfadan, Berlín siempre lo paga.
Klara sintió un peso en el pecho. No entendía del todo la política, pero sabía que cada vez que había tensiones entre las potencias, la ciudad se llenaba de soldados, controles y miradas sospechosas.
—¿Crees que… que algo malo va a pasar? —preguntó ella.
Markus se encogió de hombros.
—No lo sé. Pero últimamente todo el mundo está nervioso. En el Oeste también. Y cuando la gente está nerviosa, hace tonterías.
Klara bajó la mirada hacia sus manos.
—A veces pienso en el futuro —dijo en voz baja—. En cómo sería si… si no hubiera fronteras. Si pudiéramos vernos sin mirar por encima del hombro.
Markus tomó su mano con suavidad.
—Yo también lo pienso, mein Herz. Más de lo que debería.
Ella levantó la vista. Sus ojos se encontraron, y por un instante el mundo pareció detenerse.
—¿Qué ves cuando piensas en el futuro? —preguntó Klara.
Markus respiró hondo.
—Te veo a ti.
Klara sintió que el corazón le daba un vuelco.
—¿Y qué más?
—Un lugar donde no tenga que pedir permiso para estar contigo. Donde no tenga que despedirme en un control fronterizo. Donde no tengas miedo de que un día no te dejen cruzar.
Klara tragó saliva.
—¿Crees que ese lugar existe?
—No lo sé —admitió Markus—. Pero quiero creer que sí.
Ella apoyó la cabeza en su hombro. El olor a lluvia, a metal y a jabón barato la envolvió. Era un olor que ya empezaba a reconocer como hogar.
—Mi madre dice que debería dejar de cruzar —murmuró.
—¿Y tú qué dices?
Klara cerró los ojos.
—Que no puedo.
Markus sonrió, aunque había un brillo de preocupación en su mirada.
—Entonces tendremos que ser más cuidadosos, meine Liebe.
—Sí.
—Y si algún día las cosas se ponen feas… —Markus dudó—, si algún día necesitas un lugar donde quedarte, donde estar segura… puedes venir conmigo. Al oeste No tienes que decidir ahora. Solo quiero que lo sepas.
Klara levantó la cabeza, sorprendida.
—Markus…
Él le acarició la mejilla con el dorso de la mano.
—Ich lasse dich nicht allein.
Klara sintió un nudo en la garganta.
No sabía qué decir.
Pero sabía que Markus no hablaba por impulso.
Él hablaba desde el miedo.
Y desde el amor.