Entre el este y el oeste:separados por el muro.

Capítulo 15

El cielo de mediados de octubre tenía un tono gris perlado. Klara salió de la librería con el abrigo cerrado hasta el cuello y el bolso colgado del brazo. Había sido un día tranquilo, demasiado tranquilo. En el Este, la gente parecía hablar menos últimamente, como si cada palabra tuviera un peso que antes no tenía.Al doblar la esquina, vio a Markus esperándola, pero no estaba solo. A su lado había una mujer de unos cincuenta años, con el cabello recogido y una sonrisa cálida.

—Klara —dijo Markus, levantando la mano—, quiero presentarte a Frau Adler, mi vecina. Me conoce desde que era un crío.La mujer le estrechó la mano con firmeza

—Así que tú eres la joven de la que Markus no deja de hablar —dijo con un guiño.

Klara sintió cómo se le encendían las mejillas.

—Espero que hable bien.—Oh, querida, habla demasiado bien —rió la mujer—. Venís al Oeste muy a menudo, ¿verdad? Aprovechad mientras se pueda.

Las cosas cambian rápido en esta ciudad.Klara sintió un pequeño escalofrío, pero Frau Adler ya estaba despidiéndose con un gesto amable.

—Pasadlo bien, niños.

Cuando se alejó, Markus se acercó a Klara.

—¿Te apetece venir a cenar a casa de mi tío? Está preparando su famoso estofado. Y Jonas también vendrá.Klara dudó un instante.

No era solo cruzar la frontera; era entrar en el mundo de Markus, en su vida real.

—Sí —dijo finalmente—. Me gustaría.

Caminaron juntos hacia el paso fronterizo. A esa hora, el control era rápido: un guardia revisó los documentos con desgana y los dejó pasar. Klara siempre notaba el cambio de ambiente al cruzar. En el Este, las calles eran más silenciosas, los escaparates más sobrios, los colores más apagados. En el Oeste, en cambio, había luces de neón, cafés llenos, música americana saliendo de radios portátiles, moda más moderna en los escaparates.No era mejor ni peor. Era distinto y esa diferencia se sentía en la piel.

—¿En qué piensas? —preguntó Markus.

—En que aquí todo parece más… vivo.

—Es el Oeste —sonrió él—. A veces demasiado ruidoso, pero me gusta. Y quiero que tú también lo conozcas.

Llegaron al edificio donde vivía su tío, un bloque antiguo de ladrillo rojizo con balcones llenos de plantas. Al entrar, el olor a comida casera los envolvió. En la cocina, el tío de Markus removía una olla enorme mientras Jonas cortaba pan.

—¡Ah, por fin! —exclamó el tío—. Tú debes ser Klara. Bienvenida. Siéntate, siéntate. Aquí siempre hay sitio para uno más.Klara se sintió acogida de inmediato. La mesa estaba puesta con platos desparejados, una botella de vino barato y una radio encendida en volumen bajo. Sonaba una canción francesa que Klara no conocía.

—Es de la Berlinale de este año —explicó Jonas—

. La pusieron en una de las películas. Muy bonita, ¿verdad? Klara asintió.

En el Este, la Berlinale era un rumor lejano, algo que se veía en fotos de periódicos occidentales que circulaban de mano en mano.Durante la cena, hablaron de todo menos de política. El tío contó historias del taller, de coches viejos que parecían tener vida propia. Jonas habló de un bar nuevo donde tocaban rock’n’roll. Markus escuchaba a Klara con atención cada vez que ella decía algo, como si cada palabra fuera importante.

—¿Y en la librería? —preguntó el tío—. ¿Qué se lee ahora en el Este?

—Mucho Gorki, mucho Brecht —respondió Klara—. Y poesía. La poesía siempre encuentra su camino.

—Eso es verdad —dijo Markus, mirándola con ternura—. Meine Liebe, tú haces que hasta los libros suenen bonitos.

Klara bajó la mirada, sonriendo.Después de cenar, salieron los cuatro a caminar. El aire estaba fresco, y las luces de los cafés iluminaban las aceras. Pasaron frente a un escaparate donde se exhibía un televisor nuevo, grande y brillante.

—Mi madre quiere uno —dijo Jonas—. Dice que es el futuro.

—En el Este también hablan de eso —comentó Klara—. Pero allí todavía no es tan común.

Markus se acercó un poco más a ella.—Algún día veremos la televisión juntos —dijo en voz baja—. Quiero vivir eso contigo.

Klara sintió un nudo dulce en el pecho.Siguieron caminando hasta un pequeño parque. Había un grupo de jóvenes escuchando música americana en una radio portátil. Una pareja bailaba torpemente sobre la hierba. Klara los observó con una mezcla de fascinación y nostalgia por algo que nunca había tenido.

—¿Quieres bailar? —preguntó Markus.

—No sé bailar eso.—Yo tampoco —rió él—. Pero podemos intentarlo.

La tomó de la mano y la acercó a él. Klara apoyó la cabeza en su pecho mientras se movían despacio, sin ritmo, sin técnica, solo dejándose llevar por la música y por el momento.

—Mein Herz, ojalá pudiera darte un mundo sin fronteras —susurró Markus.

Klara cerró los ojos.—Con que estés tú, ya es suficiente.

Cuando regresaron al Este, la ciudad estaba más silenciosa. Las farolas iluminaban las calles con una luz amarillenta. Klara sintió el contraste como un golpe suave pero firme.En el Oeste había risas, música, movimiento. En el Este había calma, orden, rutina.Dos mundos. Una sola ciudad y ella, caminando entre ambos.

Antes de despedirse, Markus tomó su rostro entre las manos y le dio un beso en los labios. Le acomodó el pelo detrás de la oreja antes de que el viento se lo llevara otra vez.
—Mañana vendré temprano.

Klara apoyó su frente en la de él.

Y por un instante, el mundo pareció un lugar donde el amor podía sobrevivir a cualquier frontera




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