Entre el este y el oeste:separados por el muro.

Capítulo 16

La mañana en Friedrichshain amaneció fría, con un cielo blanco que parecía no decidirse entre lluvia o niebla. Klara caminaba deprisa hacia la librería, abrigándose con la bufanda que su madre le había tejido el invierno anterior. Las calles del Este tenían ese silencio particular que no era exactamente tranquilidad, sino más bien una especie de pausa contenida.

Al llegar a la esquina, escuchó una voz familiar.

—¡Klara! ¡Espera!

Se giró y vio a Anna, su amiga desde la escuela, corriendo hacia ella con una bolsa de tela llena de verduras. Anna siempre parecía tener prisa, incluso cuando no la tenía.

—Pensé que no te alcanzaba —dijo Anna, respirando agitada—. ¿Has visto la cola en la panadería? ¡Media hora para conseguir pan negro!

Klara sonrió.

—Es martes. Los martes siempre falta algo.

—Sí, pero hoy falta todo —bufó Anna—. Pan, mantequilla, azúcar… y paciencia.

Caminaron juntas hacia la librería. Anna trabajaba en una oficina estatal, un trabajo que no le gustaba pero que le daba estabilidad. Tenía un humor ácido que a Klara siempre le hacía bien.

—¿Y tu madre? —preguntó Anna—. ¿Sigue obsesionada con la radio?

—Más que nunca. Dice que la música clásica la calma.

—A mí me calma más un buen pastel —respondió Anna—. Lástima que aquí no haya.

Klara rió. Ese era el Berlín Este: colas, escasez, tiendas con estantes medio vacíos… pero también humor, resistencia y una forma de vivir que se había vuelto rutina.

Cuando llegaron a la librería, Anna entró con ella. Le gustaba acompañarla un rato antes de ir a su oficina.

—¿Tienes algo nuevo? —preguntó, mirando los estantes.

—Llegaron unos libros de poesía rusa —respondió Klara—. Y una edición vieja de Heine.

—¿Vieja? —Anna arqueó una ceja—. ¿De qué año?

—Del 1952.

—Entonces es un tesoro —dijo Anna, tomando el libro con cuidado.

Mientras Klara ordenaba unos volúmenes, Anna la observó con una sonrisa traviesa.

—Últimamente te veo… distinta.

Klara se tensó un poco.

—¿Distinta cómo?

—No sé… más luminosa. Como si llevaras un secreto bonito.

Klara sintió que el corazón le daba un vuelco.

—No es nada.

—Ah, claro —dijo Anna, cruzándose de brazos—. Porque tú nunca tienes secretos.

Klara intentó cambiar de tema.

—¿Vendrás esta tarde a tomar té?

—Depende. ¿Vas a estar tú… o vas a estar “ocupada”?

Klara la miró, fingiendo indignación.

—¿Ocupada con qué?

Anna sonrió como una gata satisfecha.

—Con ese chico del Oeste.

Klara abrió la boca, sorprendida.

—¿Cómo…?

—Klara, por favor. Te conozco desde que tenías trenzas. Cuando alguien te gusta, se te nota hasta en la forma de colocar los libros.

Klara se llevó una mano al pecho, avergonzada.

—No deberías decir esas cosas en voz alta.

—¿Por qué? —Anna bajó la voz, pero no el tono divertido—. ¿Es tan grave que te guste alguien?

—No es eso —susurró Klara—. Es… complicado.

Anna dejó el libro y se acercó a ella.

—Klara, estamos en 1960. Todo es complicado. Respirar es complicado. Pero si hay algo que te hace feliz… no lo sueltes.

Klara sintió un nudo en la garganta. Anna siempre tenía esa forma de decir las cosas que la desarmaba.

—No quiero que nadie tenga problemas por mi culpa —murmuró.

—¿Problemas? —Anna frunció el ceño—. ¿Te ha pasado algo?

Klara dudó. No quería preocuparla, pero tampoco quería mentirle.

—He visto a un hombre… un par de veces.Me observa. No sé si es casualidad o…

Anna se puso seria de inmediato.

—¿Cómo era?

—Alto. Abrigo gris. No dijo nada. Solo… miraba.

Anna respiró hondo.

—Klara, tienes que tener cuidado. No digo que sea nada grave, pero… ya sabes cómo son las cosas.

Klara asintió.
En el Este, todos sabían que había ojos en todas partes.
A veces eran ojos reales. A veces solo era el miedo.

Anna cambió de tono, intentando aliviar la tensión.

—Bueno, si ese hombre vuelve, me avisas. Le lanzo una barra de pan duro a la cabeza.

Klara rió, agradecida.

—Gracias, Anna.

—Para eso están las amigas —respondió ella—. Además, quiero conocer a ese Markus del que no hablas nunca.

Klara se sonrojó.

—No es…

—No empieces —la interrumpió Anna—. Te conozco. Y si ese chico te mira como tú lo miras a él, entonces quiero verlo con mis propios ojos.

Klara suspiró, derrotada.

—Quizá… algún día.

—Algún día no —dijo Anna, señalándola con el dedo—. Pronto.

En ese momento entró un cliente, y Anna se despidió con un beso en la mejilla.

—Nos vemos esta tarde. Y Klara… —añadió desde la puerta—, no dejes que el miedo te quite lo que te hace feliz.

Klara la observó alejarse por la calle, con su abrigo azul y su paso decidido.
Anna era como el Este mismo: fuerte, resistente, llena de humor incluso en los días grises.

Y mientras Klara atendía al cliente, pensó que quizá, solo quizá, no estaba tan sola como creía.




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