Entre el este y el oeste:separados por el muro.

Capítulo 17

La mañana había empezado con un bullicio extraño en la plaza de Frankfurter Allee. Un camión descargaba cajas de manzanas mientras un grupo de mujeres discutía sobre si alcanzarían para todas. Los niños corrían entre los puestos improvisados, y un vendedor ambulante anunciaba con voz ronca que tenía “las últimas radios soviéticas del mes”, aunque todos sabían que eran las mismas de siempre.

Klara avanzó entre la gente con cuidado, sosteniendo una bolsa de tela vacía. No necesitaba comprar nada, pero le gustaba observar el movimiento del barrio a esa hora. El Este tenía una forma particular de despertar: lento, ordenado, con conversaciones en voz baja y miradas rápidas que se cruzaban sin detenerse.

En la esquina, un grupo de ancianos jugaba al ajedrez sobre una mesa de madera gastada. Uno de ellos levantó la vista al verla pasar.

—Buenos días, Fräulein Klara —saludó con una sonrisa desdentada.

—Buenos días, Herr Müller.

El aire olía a pan recién hecho y a carbón húmedo. Una mujer empujaba un cochecito mientras tarareaba una canción de cuna. Un hombre en bicicleta pasó tan rápido que levantó un remolino de hojas amarillas. Todo tenía ese tono gris suave que caracterizaba al Este: no triste, sino contenido, como si la ciudad respirara con prudencia.

Klara dobló la esquina y vio a Anna esperándola frente a la librería, apoyada en la pared con los brazos cruzados y una expresión que mezclaba impaciencia y cariño.

—¡Por fin! —exclamó Anna—. Pensé que te habías perdido entre las colas.

—Solo estaba mirando el mercado —respondió Klara.

—Pues date prisa, que tengo chismes, quejas y un secreto que contarte —dijo Anna, agarrándola del brazo—. Y no pienso guardármelo.

Klara rió mientras entraban juntas en la librería. Anna estuvo un rato hablando con Klara, contando los chismes de los vecinos.

—Klara llego tarde al trabajo. ¿Nos vemos en la tarde en mi casa?

—Allí estaré —dijo Klara con una sonrisa.

La tarde caía lentamente sobre Friedrichshain cuando Klara llegó al edificio de Anna. El bloque, de fachada gris y balcones estrechos, tenía ese aspecto uniforme tan típico del Este: práctico, sólido, sin adornos. En las ventanas se veían cortinas de encaje, macetas con geranios y alguna antena improvisada para intentar captar emisoras occidentales.

Klara subió las escaleras de cemento, escuchando el eco de sus pasos. En el segundo piso, la puerta de Anna estaba entreabierta y salía un aroma delicioso a sopa de patata con laurel.

—¡Pasa! —gritó Anna desde dentro—. Estoy peleándome con la olla.

Klara empujó la puerta y entró. El piso era pequeño pero acogedor: una sala con un sofá gastado, una mesa redonda cubierta con un mantel bordado por la madre de Anna y una radio soviética que sonaba con un programa de música clásica. En la pared había un póster viejo de una película checa que Anna adoraba.

—Hueles a otoño —dijo Anna sin volverse, removiendo la sopa—. ¿Has caminado mucho?

—Un poco. El aire está frío hoy.

—Frío y gris. —Como siempre —respondió Anna, apagando el fuego—. Siéntate. Te he guardado la mejor parte.

Klara se sentó en la mesa mientras Anna servía dos platos humeantes. La cocina era pequeña, con azulejos blancos y una ventana que daba a un patio interior donde se escuchaban voces de niños jugando.

—Tu casa siempre huele bien —dijo Klara.

—Porque cocino como si alimentara a un ejército —rió Anna—. Y porque mi madre me enseñó que una buena sopa arregla cualquier día malo.

Se sentaron a comer. La sopa estaba caliente, espesa, reconfortante. Klara sintió que el cuerpo se le relajaba.

—Entonces… —dijo Anna, apoyando los codos en la mesa—, ¿vas a contarme lo que te pasa o tengo que adivinarlo?

Klara bajó la mirada.

—No es nada grave.

—Klara, por favor. Te conozco. Cuando dices “no es nada grave”, significa que es algo importante.

Klara respiró hondo.

—He estado cruzando al oeste más seguido.

Anna dejó la cuchara en el plato.

—Ya lo imaginaba. ¿Por él?

Klara no respondió, pero el silencio fue suficiente.

Anna sonrió con ternura.

—Sabía que ese chico te había tocado el corazón. Se te nota en los ojos.

—No es tan sencillo —murmuró Klara—. Mi madre está preocupada. Y yo también. A veces siento que alguien me observa.

Anna se puso seria.

—¿El hombre del abrigo?

—Sí. Y hoy… otro hombre entró en la librería. No era él, pero… no sé. Me miró de una forma extraña.

Anna frunció el ceño.

—Klara, tienes que tener cuidado. No digo que sea algo grave, pero ya sabes cómo es este lado.

Anna bajó la voz automáticamente.
Klara entendió el gesto sin necesidad de palabras.

Anna tomó su mano.

—Pero también sé que no puedes vivir con miedo. Y si ese chico te hace feliz… no lo sueltes.

Klara sintió un nudo en la garganta.

—Anna… ¿Tú crees que estoy haciendo algo malo?

—¿Malo? —Anna soltó una carcajada suave—. Lo único malo sería que renunciaras a algo bonito por miedo. Y tú, Klara, mereces algo bonito.

Klara sonrió, agradecida.

—Gracias.

—Además —añadió Anna, levantándose para servir té—, quiero conocerlo. Quiero ver si es tan guapo como dices.

—¡Yo no he dicho eso! —protestó Klara, sonrojada.

—No con palabras —dijo Anna, guiñando un ojo—. Pero tu cara habla por ti.

Klara se tapó la cara con las manos, riendo.

Anna volvió con dos tazas de té negro.

—¿Sabes qué me dijo mi madre ayer? —preguntó mientras se sentaba—. Que en el Oeste ahora venden un pastel de chocolate que es “el mejor del mundo”. Imagínate. Aquí tenemos pan duro y allí tienen pastel de chocolate.

—No es tan perfecto como parece —dijo Klara—. También hay cosas difíciles allí.

—Sí, claro —respondió Anna con ironía—. Pobrecitos, con sus cafeterías llenas y sus tiendas con productos de verdad.

Klara rió.

—No es eso. Es… diferente. Más ruidoso. Más libre. A veces me siento fuera de lugar.




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