Entre el este y el oeste:separados por el muro.

Capítulo 18

La tarde había caído sobre Friedrichshain con un silencio extraño, más pesado de lo habitual. Klara cerró la librería con manos frías, aunque no hacía tanto frío. Había pasado un día tranquilo, demasiado tranquilo, y eso siempre la inquietaba. El Este tenía esa forma de guardar secretos en las esquinas.

Guardó las llaves en el bolso y se ajustó el abrigo. La calle estaba casi vacía, salvo por una mujer empujando un cochecito y un anciano que caminaba con paso lento hacia su edificio. El aire olía a carbón húmedo y a sopa de col.

Klara avanzó unos pasos… y entonces lo sintió.

Esa sensación. Ese peso en la nuca. Esa certeza de que alguien la observaba.

No quería girarse. No quería confirmar lo que su instinto ya sabía. Pero lo hizo y allí estaba. El hombre del abrigo gris.

Apoyado en la farola de la esquina, como si llevara horas esperándola. No se movía, no hablaba. Solo la miraba.

Klara sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Tragó saliva y fingió no haberlo visto. Caminó hacia la parada del tranvía, intentando que sus pasos sonaran firmes. El corazón le latía tan fuerte que temía que se oyera desde fuera.

El tranvía tardaría aún diez minutos. Diez minutos demasiado largos.

Se sentó en el banco de madera, pero no podía quedarse quieta. Miró de reojo. El hombre seguía allí, inmóvil. Observándola.

Klara apretó el bolso contra su pecho.

—No pasa nada —se dijo en voz baja—. No pasa nada.

Pero sí pasaba. El hombre dio un paso hacia ella.

Klara se levantó de golpe. El corazón se le subió a la garganta.

—Buenas tardes —dijo él, con una voz neutra, demasiado neutra.

Klara no respondió.

—La he visto salir de la librería —continuó él—. ¿Trabaja allí?

Ella asintió, sin mirarlo directamente.

—Es un lugar interesante —añadió él—. Mucha gente entra. Mucha gente sale. Uno puede aprender mucho observando.

Klara sintió que las piernas le temblaban.

—¿Necesita algo? —preguntó, intentando que su voz no temblara.

El hombre sonrió. Pero no era una sonrisa amable.

—Solo… información.

Klara tragó saliva.

—¿Qué tipo de información?

—Sobre los clientes. Sobre quién entra. Sobre quién sale. Sobre quién cruza al oeste.

Klara sintió que el mundo se le encogía.

—No sé de qué habla —susurró.

—Oh, claro que sí —respondió él, inclinando un poco la cabeza—. Usted es una joven inteligente. Y muy… observadora.

Klara dio un paso atrás.

—Tengo que irme.

—El tranvía aún tarda —dijo él, sin moverse—. Pero no se preocupe. No quiero hacerle daño.

Klara sintió que la sangre le abandonaba el rostro.

—Solo quiero… entender —continuó él—. ¿Por qué una joven como usted cruza tanto al oeste?

Klara abrió la boca, pero no salió ninguna palabra.

El hombre dio otro paso hacia ella.

—¿Es por alguien? —preguntó—. ¿Por un chico, tal vez?

Klara sintió que el corazón le explotaba en el pecho.

—No es asunto suyo —logró decir.

El hombre la observó un largo instante. Luego sonrió de nuevo.

—Tiene razón. No lo es.

Klara retrocedió hasta casi chocar con la marquesina del tranvía.

—Pero recuerde esto —añadió él, bajando la voz—

El hombre miró alrededor despacio.
Como si comprobara quién podía escucharlos.
Luego volvió a mirarla.
—Berlín del Este es una ciudad pequeña…

El tranvía apareció a lo lejos, como una salvación.

Klara subió casi corriendo. Se sentó junto a la ventana, con las manos temblorosas. El tranvía arrancó; ella miró hacia atrás; el hombre seguía allí de pie, inmóvil, mirándola marcharse.

Cuando llegó a casa, su madre estaba preparando té.

—Llegas tarde —dijo sin volverse.

Klara dejó el bolso en la mesa, intentando que su voz sonara normal.

—Había cola en el tranvía.

Su madre la miró con atención.

—Estás pálida. ¿Te encuentras bien?

Klara dudó. Quiso decirle la verdad, quiso contarle lo del hombre, lo que había dicho, lo que había insinuado, pero no pudo.

—Solo estoy cansada —mintió.

Su madre suspiró.

—Te dije que no cruzaras tanto. No quiero que te metas en problemas.

Klara apretó los labios.

—No estoy en problemas.

Pero mientras decía esas palabras, la imagen del hombre del abrigo gris volvió a su mente. Su mirada, su sonrisa, su voz, y supo que mentía a su madre, a sí misma.

Esa noche, cuando Markus llamó, Klara dudó antes de contestar.

—Klara, ¿estás bien? —preguntó él al oír su voz.

Klara cerró los ojos.

—Markus… hoy lo vi otra vez.

Hubo un silencio tenso al otro lado de la línea.

—¿Qué hizo? —preguntó él, con la voz baja y firme.

Klara tragó saliva.

—Me habló.

—Voy para allá.

—No —dijo ella rápidamente—. No puedes. No ahora.

—Klara, no voy a dejar que estés sola con esto.

Ella sintió que las lágrimas le ardían en los ojos.

—Tengo miedo, Markus.

—Lo sé —respondió él—. Pero no estás sola.

Klara apoyó la frente en la pared.

—¿Y si… y si esto se vuelve peligroso?

—Entonces nos cuidaremos —dijo él—. Los dos.

Klara cerró los ojos.

Y por primera vez, entendió que el peligro ya no era una posibilidad. Era una sombra que había empezado a seguirla.




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