Entre el este y el oeste:separados por el muro.

Capitulo 20

La lluvia había cesado al anochecer, pero el aire seguía húmedo y frío cuando Klara llegó a casa. Subió las escaleras despacio, sintiendo el peso del día en cada paso. El encuentro con el hombre del abrigo gris seguía clavado en su mente como una espina que no podía arrancarse.

Al abrir la puerta, encontró a su madre en la cocina, inclinada sobre la mesa mientras doblaba ropa. La radio sonaba en volumen bajo con una pieza de violín que llenaba el piso de una melancolía suave.

—Llegas tarde otra vez —dijo la madre sin levantar la vista.

Klara dejó el bolso en la silla.

—Había trabajo.

—Siempre hay trabajo —respondió la madre, doblando una camisa con precisión casi militar—. Pero últimamente llegas más tarde de lo normal.

Klara sintió un nudo en el estómago. Se quitó el abrigo con manos temblorosas.

—Solo… se me hizo tarde.

La madre levantó la mirada. Sus ojos, cansados pero atentos, se clavaron en los de Klara.

—Estás pálida.

—Estoy bien.

—No, no lo estás.

Klara tragó saliva. Su madre tenía esa habilidad inquietante de ver más allá de las palabras.

—¿Ha pasado algo? —preguntó la madre, dejando la ropa a un lado.

Klara dudó. Quiso decirle la verdad. Quiso contarle lo del hombre del abrigo, lo que había dicho, lo que había insinuado. Pero el miedo la paralizó.

—No —mintió—. Solo estoy cansada.

La madre se levantó y se acercó a ella. Le tomó la cara entre las manos, como cuando era niña.

—Klara… tú nunca has sabido mentir.

Klara sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—Mamá…

La madre permaneció unos segundos en silencio. Miró la ventana, la radio encendida y después volvió a mirar a su hija.
—Todo esto tiene que ver con ese muchacho del Oeste, ¿verdad?

Klara se quedó inmóvil.

—¿Qué chico?

—No me tomes por tonta —dijo la madre, con un suspiro cansado—.

Klara bajó la mirada.

—No es lo que piensas.

—¿Ah, no? —La madre cruzó los brazos—. ¿Entonces qué es? ¿Por qué vuelves nerviosa? ¿Por qué miras por la ventana cada cinco minutos? ¿Por qué te sobresaltas cuando alguien toca la puerta?

Klara sintió que el corazón le latía demasiado rápido.

—Mamá… no quiero meterte en problemas.

La madre se quedó en silencio un momento. Luego tomó aire y habló con una calma que a Klara le resultó más inquietante que un grito.

—Klara, soy tu madre. Si estás en peligro, tengo derecho a saberlo.

Klara cerró los ojos. La imagen del hombre del abrigo volvió a su mente. Su voz, su sonrisa, sus preguntas.

—Ayer… —Empezó a decir, con la voz temblorosa—. Ayer vi a un hombre. Me habló.

La madre se tensó.

—¿Qué hombre?

—Uno que… que me ha estado observando.

La madre se llevó una mano al pecho.

—¿Observando? ¿Desde cuándo?

—No lo sé. Dos veces. Tres, quizá.

—¿Y qué quería?

Klara respiró hondo.

—Preguntó por la librería. Por quién entra. Por quién sale. Por quién cruza al oeste.

La madre se quedó inmóvil. El silencio se volvió espeso, casi sólido.

—Klara… —susurró—. ¿Qué has hecho?

—Nada —respondió ella rápidamente—. No he hecho nada malo.

La madre se sentó en la silla, como si las piernas ya no pudieran sostenerla.

—Te dije que no cruzaras tanto. Te lo dije.

—Mamá…

—No entiendes el mundo en el que vivimos —dijo la madre, llevándose las manos al rostro—. Aquí, cualquier cosa puede ser malinterpretada. Una conversación. Una mirada. Un cruce de frontera. Y tú… tú eres tan transparente, Klara. Se te nota todo en la cara.

Klara sintió un dolor agudo en el pecho.

—No estoy haciendo nada malo —repitió, casi suplicando.

La madre la miró con ojos brillantes.

—Pero ellos no lo ven así.

Klara se sentó frente a ella.

—No quiero que tengas miedo por mí.

—Siempre tengo miedo por ti —respondió la madre—. Desde el día en que naciste, hubo un silencio largo. La radio seguía sonando, pero la música parecía venir de muy lejos.

—¿Es por ese chico? —preguntó la madre finalmente—.

—Sí —susurró.

La madre cerró los ojos un instante.

—¿Lo quieres?

Klara no respondió, no hacía falta; su madre tomó aire.

—Entonces escúchame bien. Si ese hombre vuelve, si te dice algo, si te sigue… vienes directamente a casa. No te quedas sola. No te quedas en la calle. ¿Entendido?

Klara asintió.

—Y Klara… —añadió la madre, con voz temblorosa—. Si ese chico te quiere de verdad… tendrá que entender que este lado no es un juego.

Klara sintió que las lágrimas le caían por las mejillas.

—Lo entiende, mamá. Más de lo que crees.

La madre la abrazó, un abrazo desesperado, lleno de miedo y amor.

—No quiero perderte —susurró.

Klara cerró los ojos.

—No me vas a perder.

Pero mientras lo decía, la sombra del hombre del abrigo gris seguía allí, acechando en algún rincón de su mente.

Y ambas sabían que el peligro ya había entrado en sus vidas.




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