Entre el este y el oeste:separados por el muro.

Capitulo 21

La tarde estaba fresca cuando Klara cruzó el paso fronterizo. El guardia revisó sus documentos con la misma expresión aburrida de siempre, pero aun así ella sintió un nudo en el estómago. Cada cruce era un salto al vacío. Un salto que solo hacía por él.

Markus la esperaba unos metros más allá, apoyado en la pared, con una bufanda oscura y esa sonrisa que siempre le calentaba el pecho.

—Meine Schöne, pensé que no te dejarían pasar hoy.

Klara sonrió, aunque el corazón aún le latía rápido.

—Todo ha ido bien.

Markus le tomó la mano, entrelazando los dedos con los suyos.

—Entonces ven. No quiero perder ni un minuto contigo.

Caminaron por las calles iluminadas del oeste .Los escaparates brillaban con luces cálidas, mostrando radios modernas, vestidos de moda y pasteles que parecían sacados de una revista. Klara no podía evitar comparar: el Oeste era ruido, color, movimiento. El Este era silencio, orden, rutina.

—¿Estás bien? —preguntó Markus, notando su expresión.

—Sí. Es solo que… aquí todo parece tan diferente.

—Diferente no significa mejor —dijo él, apretando su mano—. Solo… distinto. Y hoy quiero que lo veas conmigo.

Llegaron al cine, un edificio elegante con carteles grandes y luces de neón. En la entrada, un póster mostraba a una actriz francesa con un vestido blanco y una mirada melancólica.

—¿Es esta la película? —preguntó Klara.

—Sí. Dicen que es preciosa. Y un poco triste. Como tú cuando piensas demasiado.

Klara le dio un pequeño empujón, riendo.

—Tonto.

—Aber, mein tonto, ¿no? —bromeó él.

Entraron. El vestíbulo olía a mantequilla y azúcar. Había parejas jóvenes, familias, grupos de amigos. Klara se sintió fuera de lugar por un instante, pero Markus la rodeó con un brazo y la acercó a él.

—Estás conmigo. Eso es suficiente.

Compraron dos entradas y un paquete de caramelos de limón. Markus insistió en pagarlo todo, aunque Klara protestó un poco.

—Es nuestra primera salida al cine —dijo él—. Déjame hacer esto bien.

Entraron a la sala. Las luces estaban tenues, y la pantalla mostraba anuncios antiguos de perfumes y cigarrillos. Se sentaron en la penúltima fila, donde casi no había gente.

Klara respiró hondo; por primera vez en días, se sentía segura. La película comenzó. Una historia de amor imposible en París, con música suave y diálogos poéticos. Klara se dejó llevar por la trama, pero a veces desviaba la mirada hacia Markus. Él también la miraba, como si la película fuera solo un pretexto para tenerla cerca.

A mitad de la película, Markus tomó su mano. No como antes, no con timidez, sino con una necesidad profunda, casi desesperada.

Klara entrelazó sus dedos con los de él.

—Ich bin so froh, dass du hier bist, Klara —susurró él, apenas audible.

Ella sintió un calor dulce en el pecho.

—Yo también.

La película avanzó. Los protagonistas se besaban bajo la lluvia. Se separaban, se reencontraban, se prometían un futuro incierto.

Klara sintió un nudo en la garganta; la historia era demasiado cercana, demasiado parecida a la suya.

Markus lo notó.

—¿Estás llorando?

—No —mintió ella, limpiándose una lágrima.

Él sonrió y le acarició la mejilla con el pulgar.

—Klara, si pudiera, te llevaría a París ahora mismo.

Klara rio entre lágrimas.

—No digas tonterías.

—No es una tontería —dijo él, serio—. Contigo, nada es imposible.

Ella bajó la mirada, emocionada.

Cuando la película terminó, las luces se encendieron lentamente. La gente empezó a levantarse, comentando la historia, riendo, estirándose. Klara se quedó sentada un momento, como si no quisiera romper la magia.

Markus la observó.

—¿Te ha gustado?

—Mucho. Pero también… me ha dado miedo.

—¿Miedo de qué?

Klara respiró hondo.

—De que nosotros también seamos una historia imposible.

Markus tomó su rostro entre las manos.

—Quizá no podamos controlar el futuro. Pero sí podemos decidir estar juntos hoy.

Klara sintió que el corazón le temblaba.

—Markus…

Él la besó, suave,lento, como si el mundo entero se hubiera detenido para ellos.

Cuando salieron del cine, la noche estaba fría, pero las calles seguían llenas de luz. Markus le puso su bufanda alrededor del cuello.

—No quiero que te resfríes.

—¿Y tú?

—Yo solo me resfrío cuando no estás.

Klara rió, y él la abrazó por la cintura mientras caminaban.

Pero entonces, algo cambió. Klara se detuvo, sintió un escalofrío, una sombra en el borde de su visión; miró la esquina, un hombre inmóvil mirándolos. No era el del abrigo gris, pero la sensación era la misma.

Markus lo notó.

—¿Qué pasa?

Klara negó con la cabeza.

—Nada… creo.

Pero Markus siguió la dirección de su mirada. El hombre se dio la vuelta y desapareció entre la gente.

Markus frunció el ceño.

—No me gusta esto.

Klara tragó saliva.

—A mí tampoco.

Él tomó su mano con fuerza.

—No te preocupes.

Klara apoyó la cabeza en su hombro mientras caminaban. La noche seguía siendo hermosa. Pero ahora tenía un filo invisible.

Y ambos lo sentían.




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