La noche estaba fría, pero el aire tenía ese olor dulce a castañas asadas que siempre llenaba las calles del Oeste en otoño. Las luces de los escaparates se reflejaban en los charcos, creando destellos dorados que parecían bailar con cada paso.
Markus no soltó la mano de Klara en ningún momento.
—¿Quieres caminar un poco? —preguntó él, con voz suave.
Klara asintió. No quería que la noche terminara todavía. No después de la película. No después de sentirlo tan cerca.
Caminaron por una calle tranquila, lejos del bullicio. Las farolas iluminaban la acera con una luz cálida. Klara aún llevaba puesta la bufanda de Markus; él la miró tiernamente.
—Así estás más calentita.
—¿Y tú?
—Yo estoy bien —sonrió—. Contigo siempre estoy bien.
Klara sintió un calor suave en el pecho. No era la bufanda, era él.
Siguieron caminando hasta llegar a un pequeño parque. A esa hora estaba casi vacío, salvo por una pareja sentada en un banco y un perro que olfateaba las hojas caídas. Markus se detuvo junto a un árbol grande, de ramas desnudas.
—¿Quieres sentarte un momento? —preguntó.
Klara asintió. Se sentaron juntos en un banco de madera. Markus se acercó un poco más, lo justo para que sus hombros se rozaran,no tenían prisa, no había ruido, no había casi nadie. Solo ellos dos y el murmullo lejano de la ciudad.
—La película te ha hecho pensar —dijo Markus, observándola.
Klara bajó la mirada.
—Era… demasiado parecida a nosotros.
—¿Por qué lo dices?
—Porque ellos también vivían en mundos distintos. Y aun así intentaban estar juntos.
Markus tomó su mano con cuidado, como si fuera algo frágil.
—Klara… nosotros no somos una película. No estamos destinados a un final triste.
Ella lo miró, con los ojos brillantes.
—¿Y si sí?
Markus negó con la cabeza.
—No. Yo no voy a dejar que eso pase.
Klara sintió que algo dentro de ella se aflojaba, como si hubiera estado tensada durante días.
—A veces tengo miedo —confesó—. Miedo de que todo esto desaparezca. De que un día no pueda cruzar. De que tú… —Su voz se quebró—… de que tú no estés.
Markus la tomó de los hombros con suavidad y la acercó a él.
—Klara, mírame.
Ella levantó la vista.
—No sé qué traerá el próximo año, Klara. Pero sé que quiero estar contigo cuando llegue.
Klara respiró hondo; el mundo parecía más pequeño cuando él la miraba así, más seguro.
Markus deslizó una mano por su mejilla, limpiando una lágrima que ella no sabía que había caído.
—No quiero que llores —susurró.
—No lloro por tristeza —dijo ella, con una sonrisa temblorosa—. Lloro porque… porque esto es importante para mí.
Markus apoyó su frente contra la de ella, un gesto simple, íntimo, profundo.
—Para mí también —murmuró.
Se quedaron así un momento, respirando el mismo aire, sintiendo el calor del otro en medio del frío de la noche.
Después, Markus la rodeó con un brazo y ella apoyó la cabeza en su hombro; el silencio era cómodo, el tipo de silencio que solo existe entre dos personas que se sienten seguras juntas.
—¿Sabes qué pensé durante la película? —dijo Markus, rompiendo el silencio.
—¿Qué?
—Que algún día quiero llevarte a París. No en una película. De verdad.
Klara rió suavemente.
—Eso es imposible.
—No para siempre —respondió él—. Algún día… cuando todo esto cambie… iremos donde tú quieras.
Klara cerró los ojos, imaginando por un instante un mundo sin fronteras, sin miedo, sin sombras. Un mundo donde caminar junto a Markus no fuera un riesgo.
—Me gustaría —susurró.
—Entonces lo haremos.
Klara levantó la cabeza y lo miró. Markus la miraba como si ella fuera lo más importante del mundo.
Y entonces él la besó, un beso suave, lento, lleno de cariño. No había prisa, no había urgencia, solo ternura.
Cuando se separaron, Markus apoyó su mano en la mejilla de ella.
—Gracias por venir conmigo hoy.
—Gracias por traerme —respondió Klara.
—¿Quieres que te acompañe hasta el paso fronterizo?
Klara dudó un instante, pero luego asintió.
—Sí. Me gustaría.
Se levantaron del banco y caminaron juntos, despacio, como si quisieran alargar cada segundo. La noche seguía fría, pero Klara ya no tenía frío, no mientras él estuviera a su lado.