La noche seguía viva cuando Klara y Markus salieron del parque. Las luces del Oeste parecían más brillantes que nunca, como si la ciudad quisiera prolongar la magia del cine. El aire seguía oliendo a castañas asadas y a lluvia reciente, y las calles estaban llenas de jóvenes que reían, hablaban, corrían de un lado a otro. Markus tomó la mano de Klara. —No quiero que esta noche termine todavía —dijo con una sonrisa suave.
—Yo tampoco —respondió ella.
Caminaron sin rumbo fijo, dejándose llevar por el ambiente. Pasaron frente a una cafetería donde sonaba música francesa, luego frente a una tienda de discos donde un grupo de chicos escuchaba rock’n’roll desde un tocadiscos portátil.
—¿Escuchas eso? —preguntó Markus.
Klara asintió.
La música era alegre, vibrante, llena de ritmo.
Algo completamente distinto a lo que ella escuchaba en el Este.
—Ven —dijo Markus, tirando suavemente de su mano.
La llevó hacia una pequeña plaza donde un grupo de jóvenes había colocado un altavoz conectado a una radio portátil. La música llenaba el aire: guitarras rápidas, voces animadas, un ritmo imposible de ignorar. Algunos bailaban, otros aplaudían, otros simplemente miraban, contagiados por la energía.
Klara se detuvo, sorprendida. —¿Qué es esto?
—Un sábado cualquiera en el Oeste —respondió Markus—. ¿Te gusta?
Klara sonrió. —Es… diferente.
—¿Diferente bien?
—Diferente, muy bien.
Markus la miró con esa chispa traviesa que ella ya conocía.
—Entonces baila conmigo.
Klara abrió los ojos. —¿Aquí? ¿Ahora?
—Claro. ¿Por qué no?
—Porque… —Miró alrededor—. Hay gente.
—¿Y qué? —Markus se acercó un poco más.
—Nadie nos conoce. Nadie nos mira. Y aunque lo hicieran… —Le tomó la mano—… solo verían a dos jóvenes bailando.
Klara sintió un calor dulce en el pecho; la música subió un poco.
El ritmo la envolvió. —No sé bailar esto —admitió.
.—Yo tampoco —rió Markus—. Pero podemos aprender juntos.
La tomó por la cintura y la guio con suavidad.
Klara apoyó una mano en su hombro, tímida al principio, pero poco a poco dejándose llevar. La música era rápida, pero ellos bailaban despacio; no seguían el ritmo, no seguían los pasos.
Solo se seguían el uno al otro. Markus la giró suavemente, y Klara rió, sorprendida por lo fácil que era sentirse libre a su lado.
—¿Ves? —dijo él—. No hace falta saber. Solo sentir.
Klara lo miró a los ojos.—Contigo ...todo es más facil.
—Eso es porque todavía no me has visto intentar cocinar.
Klara soltó una carcajada.
—¿Tan malo eres?
—La última vez quemé una sartén.
La música cambió a una canción más lenta.
Las parejas alrededor se acercaron más.
Las luces de la plaza parecían volverse más cálidas. Markus deslizó sus manos por la espalda de Klara y la atrajo hacia él.
Ella apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el latido firme, constante.
—¿Sabes qué pensé cuando te vi salir del paso fronterizo hoy? —preguntó él en voz baja.
—¿Qué?
—Que eres lo más valiente que conozco.
Klara cerró los ojos. —No soy valiente.
—Sí lo eres —insistió él—. Vienes aquí aunque tengas miedo. Aunque las cosas se estén poniendo raras. Aunque ese hombre… —su voz se tensó—…te haya hecho sentir insegura.
Klara apretó un poco más su mano. —No quiero que pienses en eso ahora.
—No puedo evitarlo —susurró Markus. No quiero que nada te haga daño.
Klara levantó la cabeza y lo miró. —Contigo me siento segura.
Markus la besó en la frente. —Y siempre será así. La música siguió sonando.
Ellos se movían despacio, como si el tiempo se hubiera detenido solo para ellos dos.
La gente alrededor reía, bailaba, vivía sin pensar en fronteras ni sombras. Por un instante, Klara imaginó que ese era su mundo, un mundo sin miedo, sin vigilancia, sin límites, solo él y solo ella.
Solo la música. Cuando la canción terminó, Markus la tomó de la mano y la giró suavemente, haciéndola reír otra vez.
—Eres buena bailando —dijo él.
—Mentiroso.
—No. Solo necesitas práctica. Y yo estoy dispuesto a practicar contigo todas las noches.
Klara sintió que el corazón le temblaba. —¿Todas?
—Todas —repitió Markus—. Hasta que seas mejor que yo. —Eso no será difícil —bromeó ella.
Markus fingió indignación. —¿Me estás diciendo que bailo mal?
—Un poquito.
—Entonces tendré que mejorar —dijo él, acercándose—. Para ti.
Klara sintió que las mejillas se le calentaban.
—Markus…
Él la abrazó por la cintura. —¿Sí?
—Gracias por esta noche.
—Gracias a ti por venir —respondió él—. Por confiar en mí. Por bailar conmigo. Por… —la miró con ternura—…hacer que todo esto tenga sentido.
Klara apoyó la cabeza en su pecho una vez más.
—No quiero que termine.
—No va a terminar —dijo Markus—. No mientras tú y yo sigamos encontrándonos aquí. La música volvió a empezar, otra canción alegre.
Otro ritmo imposible de ignorar. Markus extendió la mano. —¿Bailas?
Klara sonrió. —Siempre.
Y volvieron a bailar, en medio de la plaza, en medio del oeste, en medio de un mundo que parecía, por un instante, perfecto.