Entre el este y el oeste:separados por el muro.

Capitulo 24

La tarde estaba gris cuando Klara salió de la librería. Había sido un día largo, lleno de clientes curiosos y miradas que la ponían nerviosa. Anna la esperaba apoyada en la pared, con los brazos cruzados y el ceño fruncido.

—Hoy te acompaño yo —dijo sin preámbulos—. No quiero que vuelvas sola.

Klara abrió la boca para protestar, pero Anna levantó una mano.

—Ni lo intentes. Ya he decidido.

Caminaron juntas por la calle, hablando de cosas pequeñas: el frío, la sopa de patata, un libro nuevo que había llegado a la librería. Pero Klara estaba inquieta.
Markus había dicho que intentaría verla ese día.
Y si aparecía…
¿Qué pasaría cuando se encontrara con Anna? Al llegar a la esquina de la plaza, Klara lo vio: Markus.
Apoyado en una pared de un edificio, con las manos en los bolsillos y la bufanda oscura alrededor del cuello.
Su sonrisa apareció en cuanto la vio.

—Meine Liebe… —empezó a decir, pero se detuvo al ver a Anna.

Anna también se detuvo, lo miró de arriba abajo y luego miró a Klara, para luego volver a mirarlo a él.

—¿Este es Markus? —preguntó, sin suavidad alguna.

Klara sintió que se le encendían las mejillas.

—Sí… este es Markus.

Markus dio un paso adelante, educado, respetuoso.

—Encantado. Tú debes ser Anna.

Anna entrecerró los ojos.

—Depende. ¿Quién pregunta?

Klara casi se atraganta.

—¡Anna!

Markus sonrió, sin ofenderse.

—Soy Markus. El… amigo de Klara…

Anna arqueó una ceja.

—¿Amigo?
—¿Amigo? —repitió Markus, al mismo tiempo.

Klara deseó que la tierra la tragara.

—Bueno… —balbuceó—…sí, amigo.

Anna cruzó los brazos.

—Ajá. Amigo. Claro.

Markus respiró hondo, intentando mantener la calma.

—Klara me dijo que eres importante para ella.

Anna lo miró con una mezcla de desconfianza y curiosidad.

—¿Ah, sí? ¿Y qué más te ha dicho?

—Que eres valiente. Y que la cuidas.

Anna parpadeó.
No esperaba eso. —Bueno… —dijo, bajando un poco la guardia—. Eso es verdad.

Klara los miraba a los dos, sintiendo que estaba presenciando un duelo silencioso. Markus dio otro paso hacia ellas.

—He venido porque quería asegurarme de que Klara llegara bien a casa.

Anna levantó una ceja.

—¿Y por qué te preocupa tanto?

Markus no dudó.

—Porque la quiero.

Klara sintió que el corazón se le detenía.
Anna abrió los ojos como platos.

—¿La quieres? —repitió, incrédula.

—Sí —respondió Markus, firme—. Mucho.

Anna lo observó largo rato.
Luego suspiró. —Bueno… al menos eres directo.

Klara se llevó una mano al pecho, intentando recuperar el aire.

—Anna…

—¿Qué? —dijo Anna—. Podría haberlo negado. Podría haber dicho “somos amigos”. Pero no. Lo ha dicho claro. Eso me gusta.

Markus sonrió, aliviado. —Gracias.

—No me des las gracias todavía —respondió Anna—. Aún no he decidido si me caes bien.

Klara se tapó la cara con las manos.

—Por favor…

Anna ignoró su súplica. —Dime una cosa, Markus. ¿Sabes lo que significa para ella cruzar al Oeste?

—Sí —respondió él, sin vacilar—. Y sé que no es fácil. Por eso la admiro.

Anna lo miró con más atención; algo en su expresión cambió.

—¿Y sabes lo que significa para ella volver al Este?

Markus bajó la mirada un instante.

—Sí. Lo sé. Y por eso quiero protegerla.

Anna respiró hondo. —Bien. Porque si le pasa algo… —Lo señaló con un dedo—… Te juro que cruzo yo misma al Oeste para arrancarte las orejas.

Markus abrió los ojos, sorprendido; luego rió.

—Trato hecho.

Klara los miró a ambos, sin saber si reír o llorar.

—¿Podemos… no amenazar a Markus, por favor?

Anna la abrazó por los hombros. —Solo lo necesario.

Markus dio un paso más cerca.

—Klara… ¿Puedo hablar contigo un momento?

Anna levantó una mano.

—Un momento, sí. Pero no más. Y aquí mismo. Donde yo pueda veros.

Klara suspiró. —Anna…

—Ni una palabra —dijo ella—. Soy tu amiga. Es mi trabajo.

Markus se acercó a Klara, lo justo para que Anna no protestara.
Le tomó la mano con suavidad.

—Solo quería decirte que me alegra que ella esté contigo. Que no estés sola.

Klara sintió un nudo dulce en el pecho. —Gracias.

—Y también quería decirte que… —la miró a los ojos—… no importa quién esté mirando. Yo voy a seguir viniendo por ti.

Klara sintió que las lágrimas le ardían en los ojos. Anna los observaba, pero ya no con desconfianza.
Sino con algo parecido a ternura.

—Bueno —dijo finalmente—. Creo que puedo soportarlo.

Markus sonrió. —¿Eso significa que te caigo bien?

Anna se encogió de hombros. —Significa que… no te odio.

Klara rio por fin. —Eso es un gran avance.

Anna suspiró. —Está bien. Markus… cuídala. De verdad.

—Lo haré —respondió él, serio.

—Y tú, Klara —añadió Anna—. No me ocultes nada más. ¿Entendido?

Klara asintió. —Lo prometo.

Anna se giró para marcharse. —Bueno, tortolitos. Os dejo cinco minutos. Solo cinco. Luego la acompaño a casa.

Markus la miró, divertido. —Cinco minutos son suficientes.

Anna se detuvo.

—Para hablar —aclaró, señalándolo con un dedo.

Markus levantó las manos.

—Para hablar. Lo prometo.

Klara se tapó la cara, riendo. Y así, en medio de una calle gris del Este, bajo un cielo frío, Markus y Anna se miraron por primera vez como aliados.
No, amigos, no todavía, pero sí posibles aliados por Klara.




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