Entre el este y el oeste:separados por el muro.

Capitulo 25

La tarde estaba cayendo sobre Friedrichshain cuando Klara entró un momento a la librería para recoger un libro que había olvidado. Anna y Markus se quedaron fuera, en la acera, bajo una farola que parpadeaba con un zumbido eléctrico. El silencio entre ellos era espeso, no incómodo, pero sí cargado. Anna cruzó los brazos, observando a Markus con una mezcla de desconfianza y curiosidad.

—Bueno —dijo finalmente—. Ya que estamos solos… hablemos.

Markus respiró hondo. —Me parece bien.

Anna lo miró fijamente. —Klara te quiere mucho.

Markus bajó la mirada un instante, como si esas palabras le golpearan el pecho.

—Yo también la quiero. Mucho más de lo que sé explicar.

Anna asintió lentamente. —Eso ya lo había notado. Hubo un silencio breve; el ruido lejano de un tranvía llenó el aire.

—Pero quererla no es suficiente —continuó Anna—. No aquí. No ahora.

Markus levantó la vista. —Lo sé.

—¿De verdad lo sabes? —Anna dio un paso hacia él—. Porque tú vienes del Oeste. Allí la gente baila en las plazas, compra pasteles de chocolate y vive sin mirar por encima del hombro. Pero aquí… —señaló la calle gris—… aquí las cosas son distintas.

Markus apretó la mandíbula. —No creas que no lo entiendo. Sé que Klara corre riesgos por verme.

—¿Y tú? —preguntó Anna. ¿Qué riesgo corres tú?

Markus no respondió de inmediato. Miró hacia la librería, donde Klara buscaba su libro sin saber que afuera se libraba una conversación que cambiaría cosas.

—El riesgo de perderla —dijo finalmente.

Anna parpadeó; no esperaba esa respuesta.

—Eso no es un riesgo —dijo ella, aunque su voz sonó menos firme—. Eso es miedo.

—Es lo mismo —respondió Markus—. Y lo siento todos los días.

Anna lo observó con más atención; había sinceridad en su voz. Dolor también. —Markus… —dijo ella, bajando un poco la guardia—. No estoy en tu contra. Solo quiero asegurarme de que entiendes lo que está pasando.

—Lo entiendo —respondió él—. Y por eso estoy aquí. Por eso cruzo. Por eso la espero. Por eso me quedo aunque tenga miedo.

Anna frunció el ceño. —¿Tú también tienes miedo?

Markus rio sin humor. —Claro que sí. ¿Crees que no veo cómo la miran? ¿Crees que no noto cuando alguien la sigue? ¿Crees que no siento que algo se está acercando? Anna se tensó.

—¿También lo has notado?

—Sí —respondió Markus—. Y no pienso quedarme de brazos cruzados.

Anna respiró hondo. —¿Qué vas a hacer?

Markus se pasó una mano por el cabello. —Protegerla. Como pueda,como me deje

Anna lo miró con una mezcla de respeto y preocupación. —No puedes protegerla de todo.

—Lo sé —dijo Markus—. Pero puedo intentarlo.

Anna bajó la mirada; por primera vez parecía vulnerable.

—Klara es… —su voz se quebró un poco—… es como una hermana para mí. La conozco desde que éramos niñas. Siempre ha sido buena, demasiado buena para este mundo. Y ahora… ahora tengo miedo de que algo la rompa.

Markus dio un paso hacia ella. —No voy a dejar que eso pase.

Anna levantó la vista. —¿Y si no puedes evitarlo?

Markus tragó saliva. —Entonces estaré con ella. Pase lo que pase.

Anna lo observó largo rato; luego suspiró.

—Eres mejor de lo que pensaba.

Markus sonrió, cansado. —Gracias… creo.

Anna rio suavemente. —No te emociones. Aún no me caes del todo bien.

—Lo sé —respondió Markus—. Pero lo intentaré.

Anna lo miró con una expresión nueva. No desconfianza, no hostilidad, algo más cercano a respeto.

—Markus… —dijo ella—. Si alguna vez no puedes venir… si alguna vez algo pasa… dímelo. Yo estaré con ella. No la dejaré sola.

Markus asintió. —Lo sé. Y te lo agradezco.

Anna se encogió de hombros. —No lo hago por ti. Lo hago por ella.

—Y por eso te respeto —respondió Markus.

Anna abrió los ojos, sorprendida.

—¿Respetarme?

—Sí. Porque tú la quieres tanto como yo. Solo que de otra forma.

Anna bajó la mirada, con una sonrisa pequeña.

—Supongo que si.

En ese momento, la puerta de la librería se abrió y Klara salió con el libro en la mano.

—¡Ya está! —dijo, sonriendo—. ¿De qué habláis?

Anna y Markus se miraron, un pacto de silencio, una alianza inesperada.

—De nada importante —respondió Anna.

—De ti —dijo Markus al mismo tiempo.

Klara los miró, confundida.

—¿De mí?

Anna le pasó un brazo por los hombros.

—Sí. De que eres insoportable.

Markus rio. —Y maravillosa.

Klara se sonrojó.

—¿Qué habéis hecho mientras yo estaba dentro?

Anna y Markus se miraron otra vez.

—Hablar —dijo Anna.

—Entendernos —dijo Markus.

Klara no sabía exactamente qué habían hablado. Pero por primera vez sintió que las dos personas más importantes de su vida estaban del mismo lado.




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