La lluvia había parado por fin cuando Klara llegó al piso de Anna. El edificio olía a humedad y a sopa de verduras, un aroma que siempre flotaba en las escaleras cuando el otoño avanzaba. Klara subió despacio, disfrutando del silencio. Después de tantos días de tensión, necesitaba un respiro. Necesitaba a Anna. Golpeó la puerta suavemente.
—¡Pasa! —gritó Anna desde dentro.
Klara entró. La casa estaba cálida, iluminada por una lámpara amarillenta que hacía que todo pareciera más suave. Anna estaba sentada en el suelo, rodeada de revistas viejas, tijeras y una taza de té.
—Estoy haciendo recortes —dijo sin levantar la vista.
—. Terapia barata.
Klara sonrió y dejó su abrigo en la silla.
—¿Terapia para qué?
—Para no matar a nadie —respondió Anna con total naturalidad—. ¿Quieres té?
—Sí, por favor.
Anna se levantó, fue a la cocina y volvió con otra taza humeante. Klara se sentó a su lado, en el suelo, y tomó un sorbo. El té estaba fuerte, casi amargo, pero reconfortante.
—¿Cómo estás? —preguntó Anna, mirándola de reojo.
Klara suspiró. —Cansada.
—Ya. Se te nota en los ojos.
Klara apoyó la cabeza en la pared.
—A veces siento que todo va demasiado rápido. Que no puedo controlar nada.
Anna dejó las tijeras a un lado.
—No tienes que controlarlo todo. Solo tienes que respirar. Y dejar que la gente que te quiere te ayude.
Klara sonrió con tristeza. —A veces me cuesta.
—Lo sé —dijo Anna, dándole un golpecito en la pierna—. Eres fuerte, pero también eres terca como una mula.
Klara rió por primera vez en todo el día. —¿Y tú no?
—Yo soy una santa —respondió Anna, muy seria.
Klara la miró con incredulidad.
—Claro. Una santa.
—¡Oye! —Anna se llevó una mano al pecho—. Yo te cuido, te acompaño, te doy té… eso es santidad.
Klara apoyó la cabeza en su hombro. —Gracias, Anna.
Anna se quedó quieta un momento, sorprendida por el gesto. Luego sonrió y apoyó su cabeza sobre la de Klara.
—No tienes que darme las gracias. Somos amigas. De las de verdad. De las que se dicen las cosas aunque duelan.
Klara cerró los ojos. —¿Crees que estoy haciendo lo correcto?
Anna no respondió enseguida. Miró las revistas, el té, la ventana empañada.
—Creo que estás haciendo lo que te dicta el corazón —dijo finalmente—. Y eso nunca es incorrecto. Solo… complicado.
Klara rio suavemente. —Complicado es quedarse corto.
—Bueno, sí —admitió Anna—. Pero también es bonito. Y tú te mereces algo bonito.
Klara sintió un nudo en la garganta. —A veces tengo miedo de que todo esto termine mal.
Anna tomó su mano. —Klara… todo en la vida puede terminar mal. Pero también puede terminar bien. Y tú no estás sola. Ni ahora ni nunca.
Klara apretó su mano. —Markus dijo algo parecido.
—Claro que lo dijo —Anna sonrió—. Ese chico te mira como si fueras la única persona en el mundo. Es imposible no darse cuenta.
Klara se sonrojó. —Anna…
—¿Qué? ¿Voy a mentirte? —Anna se encogió de hombros—. Además, ya lo he aceptado. Markus me cae… bueno, no mal.
Klara abrió los ojos, sorprendida.
—¿Eso es un cumplido?
—Para mí, sí —respondió Anna. No le he dicho que me cae bien porque no quiero que se confíe. Pero… —hizo una pausa—…creo que es bueno para ti.
Klara sintió un calor dulce en el pecho. —Lo es.
Anna la miró con ternura. —Entonces cuídalo. Y deja que él te cuide a ti.
Klara bajó la mirada. —A veces siento que le doy demasiadas preocupaciones.
—Eso es amor, Klara —dijo Anna, con una voz más suave de lo habitual. Preocuparse. Tener miedo. Querer proteger. No es una carga. Es parte del trato.
Klara respiró hondo. —Ojalá todo fuera más fácil.
—Si fuera fácil, no sería real —respondió Anna—. Y lo vuestro es real. Se nota.
Hubo un silencio cómodo. La lluvia volvió a golpear la ventana, suave, constante. Anna se levantó y fue a la cocina.
—Voy a hacer más té. Y luego vamos a escuchar música. Nada triste. Algo alegre. Algo que te recuerde que todavía hay cosas buenas.
Klara sonrió. —Me parece bien.
Anna regresó con la tetera y puso un disco en la radio. Una melodía ligera llenó la habitación.
—¿Ves? —dijo Anna—. No todo es gris.
Klara la miró, con los ojos brillantes.
—Gracias por estar conmigo.
Anna se sentó a su lado y la abrazó.
—Siempre, Klara. Siempre.
Mientras escuchaba la música y el sonido de la lluvia contra el cristal, Klara comprendió que el miedo seguía allí. Pero también estaban Markus. Y Anna. Y por primera vez en mucho tiempo, eso parecía suficiente.